DÍA VII
Los jansenistas acusaban de «novedad», de «cosa nunca oída», el culto del Sagrado Corazón. Craso error.
Como ya hemos dicho, cuatro siglos antes de las revelaciones de Jesucristo a la venerable Alacoque, Santa Gertrudis había recibido de Nuestro Señor, acerca del Sagrado Corazón, revelaciones no menos espléndidas que las de Paray-le-Monial. Jesús mismo le ordenó que las pusiese por escrito.
«No saldrás de este mundo —díjole un día en que su humildad la hacía vacilar—, no saldrás de este mundo sin que hayas acabado de escribir. Quiero que tus escritos sean para los últimos tiempos una prenda de mi divina bondad. Por medio de ellos haré gran bien en muchas almas. Mientras escribieres, tendré tu corazón junto al mío, y verteré en él, gota a gota, lo que debas decir.»
Y el admirable libro de Santa Gertrudis la ha constituido en muy íntima evangelista del Sagrado Corazón de Jesús.
Tenía la Santa particularísima devoción al apóstol San Juan, y asistiendo a Maitines un día de su fiesta, se le apareció el Discípulo amado de Jesús, rodeado de una gloria incomparable.
«Amorosísimo discípulo del Señor —preguntó la Santa—, cuando reposaste sobre el pecho de Jesús durante la Cena, ¿por qué no escribiste algo acerca de los secretos de su Corazón divino y de sus sagrados latidos?»
Respondió San Juan:
«Mi misión consistía en anunciar al mundo el Verbo eterno de Dios, y la profundidad de aquella doctrina bastará para ejercitar la inteligencia de los hombres hasta el fin de los siglos. En cuanto a la dulzura y a los misterios del Corazón de Jesús, estaban reservados para tiempos posteriores, a fin de que, cuando la caridad se enfriase en el mundo, los hombres volviesen a inflamarse oyendo hablar del amor de su Salvador.»
En otra ocasión, permitiendo Jesús que Gertrudis reposara sobre su Corazón adorable, oyó ella los misteriosos latidos de aquel Corazón divino. Admirada de tan inefables maravillas, preguntó nuevamente a San Juan si había experimentado semejantes favores.
El santo Apóstol respondió:
«Sí, los experimenté; pero el conocimiento pleno de estos misterios ha sido reservado por Dios para los tiempos venideros.»
Meditando después sobre aquellos latidos, recibió de Nuestro Señor esta explicación:
«Por el primer latido de mi Corazón atraigo a los pecadores; les inspiro santos pensamientos, los llamo a penitencia y los conduzco hacia mi misericordia.»
«Por el segundo latido, no ceso de manifestar a mi Padre cuánto me felicito por haber dado mi sangre para rescatar a tantos justos, en cuyos corazones gusto delicias sin cuento. Invito a la Corte celestial a admirar conmigo la vida de esas almas perfectas y a dar gracias a Dios por todos los bienes que les ha dado ya o que les prepara.
»Finalmente, este latido de mi Corazón es el trato habitual y familiar que tengo con los justos, ya para testificarles deliciosamente mi amor, ya para reprenderles por sus faltas y hacerles progresar de día en día y de hora en hora.
»Así como ninguna ocupación exterior, ni distracción alguna de la vista ni del oído interrumpen los latidos del corazón humano, así tampoco el gobierno providencial del universo podrá hasta el fin de los siglos detener, interrumpir o retardar un instante estos latidos de mi Corazón.»
Otro día, teniendo su Corazón en las manos, Jesús lo presentó a Santa Gertrudis y le dijo:
«Mira mi dulcísimo Corazón, armonioso instrumento cuyos acordes embelesan a la Santísima Trinidad. Yo te lo doy, y estará a tus órdenes como un servidor fiel y solícito para suplir tus ineptitudes. Haz según mi Corazón te dictare, y tus obras encantarán la mirada y el oído de Dios.»
De este modo Gertrudis vivió, hasta su último suspiro, una vida de amor, de ternura y de sacrificios en el Sagrado Corazón de su Dios. En su agonía, el 17 de noviembre de 1292, la hermana a quien la santa abadesa había dictado su libro vio cómo Nuestro Señor se acercaba a la moribunda con el rostro radiante de alegría, teniendo a su derecha a la beatísima Virgen María y a su izquierda al Discípulo amado, San Juan. En derredor de ellos se agrupaba una multitud de ángeles, vírgenes y santos.
Junto al lecho de la santa moribunda leían el Evangelio de la Pasión; y al llegar a estas palabras:
«E inclinando la cabeza, entregó su espíritu»,
Jesús se inclinó hacia Gertrudis, entreabrió con ambas manos su propio Corazón y derramó sus llamas en aquella alma bienaventurada.
Momentos antes de expirar, Jesús le dijo con amor:
«Al fin ha llegado el momento de dar a tu alma el ósculo que debe unirla conmigo; al fin mi Corazón podrá presentarte a mi Padre celestial.»
Y al punto el alma bienaventurada de Gertrudis, rompiendo el lazo que la unía a su cuerpo, se elevó resplandeciente hacia Jesús y penetró en el santuario de su dulcísimo Corazón.
Este mismo misterio de amor, de misericordia y de santificación era el que Jesús debía revelar cuatrocientos años más tarde para ser en los últimos tiempos la prenda de su divina bondad.
Adorémosle y bendigámosle con todo nuestro corazón; elevemos a Él nuestro espíritu y digámosle con Santa Gertrudis:
«Aquí me tenéis cerca de Vos, oh Dios mío, que sois un fuego consumidor; haced que por la fuerza, por la violencia, por la abundancia de vuestro ardor, me abrase la llama de vuestro amor, y que, no siendo más que un grano de polvo, se sienta mi alma completamente devorada, consumida y perdida en Vos.
»Dadme, Señor mío Jesucristo, la gracia de amaros con todo mi corazón, de unirme a Vos con toda mi alma, de emplearme en vuestro amor y en vuestro servicio con todas mis fuerzas, de vivir según vuestro Corazón; y haced que en la hora de mi muerte, dándome Vos mismo las disposiciones necesarias, pueda entrar sin mancha en vuestro nupcial festín.
»¡Oh amor de Jesús! Absorbedme a la manera que la plenitud de un mar profundo absorbe una pequeña gota de agua. Otorgadme la gracia de abandonarme a Vos y de confundirme con Vos de tal manera que jamás vuelva a encontrarme sino en Vos, ¡oh Jesús, mi dulce amor, bien de mi vida! Así sea.»
