La doctrina católica sobre la cremación.


En síntesis, la Iglesia Católica siempre ha enseñado en contra de la cremación por las razones que se exponen a continuación.

Cada uno de nosotros es un individuo compuesto de cuerpo y alma, hecho a imagen y semejanza de Dios. Tanto el cuerpo como el alma están esencialmente unidos para reflejar un aspecto o faceta particular de Dios.

La separación de cuerpo y alma es una violencia que vino como consecuencia del pecado original. Rompe esa unidad de la que cada uno de nosotros está llamado a reflexionar. Cuando un hombre justo muere, su alma va al cielo y disfruta de la felicidad. Sin embargo, esta felicidad es incompleta hasta que su cuerpo resucita y se une a su alma. Para permitir que el hombre justo viva en el cielo sin su cuerpo, Dios le da una gracia específica para compensar esa falta.

Por eso, el cuerpo que muere es muy importante. Debe resucitar para completar la imagen y semejanza de Dios que esa persona representa. Por lo tanto, se nos enseña a considerar la muerte como un sueño: los muertos duermen en Cristo (1 Corintios 15:18), porque resucitarán. Cuando el cuerpo se entrega a la tierra, simbólicamente, recordamos que germinará y brotará: “Se siembra en corrupción, resucita en incorrupción” (1 Co 15,42).

Reconociendo la dignidad del cuerpo humano, el templo del Espíritu Santo, enterramos el cuerpo con reverencia. Nuestro Señor Jesucristo, en quien nos modelamos, fue puesto en el sepulcro y resucitó. Por estas razones, los católicos estamos en contra de la cremación.

Por el contrario, los paganos defienden la cremación porque:

Creen en la reencarnación, es decir, el alma que abandona el cadáver vuelve a animar a otro ser. Cuando este ser termina, el alma vuelve a los demás seres una y otra vez. Por tanto, el cuerpo es una especie de caparazón que cambia en cada ciclo de este proceso. Entonces, para ellos, el cuerpo no tiene importancia.

No creen en nada después de la muerte, es decir, son materialistas. Para ellos todo termina con la muerte. Por lo tanto, es inútil respetar el cuerpo.

En ambos casos les disgusta la vista de los monumentos sepulcrales porque les recuerda la muerte, que perturba sus placeres terrenales.

Por estas razones, los paganos y los enemigos de la doctrina católica son favorables a la cremación.

Un poco de historia sobre la cremación

Muchos pueblos antiguos enterraban a sus muertos. La Sagrada Escritura habla a menudo del entierro de reyes y profetas. Que un cadáver se dejara sin enterrar era un castigo (Deut. 28:26). Solo en tiempos de pestilencia se les permitió quemar cadáveres.

Los romanos en épocas anteriores también enterraban a sus muertos, y la profanación de una tumba era severamente castigada. Sin embargo, en épocas posteriores, cuando sus costumbres fueron corrompidas por las influencias griegas, comenzaron a practicar la cremación.

La cremación está relacionada con el paganismo y la barbarie como se observa en el Catecismo explicado de Spirago:

«Todas las naciones bárbaras que en un estado incivilizado quemaron a sus muertos abandonaron la pira funeraria y adoptaron la tumba tan pronto como la civilización arrojó su luz en su tierra».

De hecho, el cristianismo abolió la cremación. San Agustín lo denunció como una práctica bárbara que los paganos usaban para negar la realidad de la resurrección y burlarse del cristianismo. Carlomagno prohibió a los sajones incinerar cadáveres.

No fue hasta finales del siglo XIX que la cremación volvió a la escena en Europa, promovida por la masonería. En aquellos días, cuando el paganismo y el panteísmo estaban en auge, la cremación volvió a ponerse de moda.

En el siglo XX, la Iglesia tenía nuevos motivos para insistir en la perpetuación de un entierro católico y la exclusión de la cremación. La Iglesia hizo claras prohibiciones al respecto. El Código de Derecho Canónico de 1917, canon 1203, prohibía la cremación porque podía causar escándalo, y su introducción fue ideada e implementada por los enemigos de la Iglesia.

El Código prohibía que cualquier persona ordenara que se incineraran sus propios restos o los de otra persona. Asimismo, era ilegal unirse a cualquier sociedad cuyo objeto fuera difundir la práctica de la cremación. Tampoco se permitía cooperar en la cremación de un cuerpo. Ningún católico que decidiera ser incinerado podía recibir los últimos ritos a menos que revocara su decisión. Nadie que dejara en su testamento la orden de ser incinerado podía ser enterrado con los ritos de la Iglesia.

Así fueron las cosas hasta el 8 de mayo de 1963, cuando Pablo VI derogó el canon 1203. Las razones que dio para este acto contradicen frontalmente las enseñanzas anteriores de la Iglesia. Pablo VI dijo que se permitiría la cremación siempre que no reflejara una negación de la fe en la resurrección del cuerpo. Según él, la cremación no destruiría esa fe, ya que independientemente de que tengamos un cuerpo o cenizas, en el Día del Juicio, Dios transforma ese material en el cuerpo glorificado de un hombre.

En general, los católicos no siguieron esta nueva decisión, pero continuaron guiándose por las pautas anteriores. La práctica general de la Iglesia continúa siguiendo la antigua costumbre de enterrar los cuerpos de los muertos.

Qué dice el Código de Derecho Canónico

El Código de Derecho Canónico, en el canon 1176, establece lo siguiente sobre la sepultura de los muertos:

1.- A los fieles difuntos se les han de dar exequias eclesiásticas, a tenor del derecho.

2.- Las exequias eclesiásticas, mediante las cuales la Iglesia impetra para los difuntos la ayuda espiritual y honra sus cuerpos a la vez que proporciona a los vivos el consuelo de la esperanza, se deben celebrar a tenor de las leyes litúrgicas.

3.- La Iglesia recomienda encarecidamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar los cuerpos de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a menos que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana’.

Código de derecho canónico 1917

Canon 1203: Los cuerpos de los fieles han de ser enterrados, y la cremación está condenada. Si alguno ha ordenado en manera alguna cremar su cuerpo, será ilícito ejecutar su deseo; y si esta orden ha sido adjuntada a un contrato, a un último testamento o a cualquier otro documento, debe considerarse como inexistente.

Canon 1240: Las siguientes personas quedan privadas de un entierro eclesiástico, a menos que antes de morir hayan dado señales de arrepentimiento:

…(5) las personas que han dado instrucciones para la cremación de sus cuerpos…

Santo Oficio, Instrucción, junio 19 de 1926.

Puesto que se nos informa que la práctica de la cremación está en aumento en ciertas localidades, en menosprecio a las repetidas declaraciones y decretos de la Santa Sede, y con el fin de impedir que tan grave abuso se vuelva inveterado donde ya se ha prendido, y que lo mismo se extienda a otras partes, esta Suprema y Sagrada Congregación del Santo Oficio juzga deber suyo llamar una vez más, y con mayor formalidad, la atención de los ordinarios del mundo entero hacia este problema, con la aprobación del Santo Padre.

Y en primer lugar, puesto que no pocos entre los católicos tienen la osadía de sostener como uno de los mayores logros de lo que llaman progreso civil y de la ciencia de la salud esta práctica bárbara contraria no sólo a los cristianos sino hasta al respeto natural tenido por los cuerpos de los fallecidos, y totalmente opuesta a la disciplina constante de la Iglesia aún desde los primeros tiempos; esta Sagrada Congregación muy seriamente exhorta a los pastores del rebaño de Cristo a que instruyan a la gente que les ha sido encomendada de que los enemigos del cristianismo alaban y propagan la práctica de la incineración con ningún otro propósito que el de gradualmente borrar de su mente la idea de la muerte y la esperanza en la resurrección del cuerpo, y que de tal manera allanan el camino para el materialismo. Por tanto, aunque se permita la cremación de los cuerpos, pues no es mala en sí, y de hecho es permitida en ciertas circunstancias extraordinarias y graves relacionadas con el bien público; con todo, es totalmente evidente que adoptar o favorecer esta práctica regularmente, y como regla ordinaria, es acto impío y escandaloso, y, por ello, gravemente pecaminoso. De ahí que haya sido justamente condenada más de una vez por los supremos pontífices, y más recientemente por el nuevo Código de Derecho canónico (c. 1203, §1).

Y aun cuando el decreto del 15 de diciembre de 1886 diga que los ritos y preces de la Iglesia no están prohibidos “en el caso de aquellos cuyos cuerpos fueron cremados, no por decisión propia, sino a instancia de otros”; no obstante, por la claridad de los términos del mismo decreto, esa regla se aplica sólo cuando se evita eficazmente el escándalo con la oportuna declaración de que “la cremación fue decidida, no a petición del fallecido, sino a instancia de otros”; pero, si las circunstancias no proporcionan razones suficientes para esperar que se evitará el escándalo con dicha declaración, aún en este caso permanece en vigor la prohibición del sepelio eclesiástico.

Evidentemente se encuentran lejos de la verdad quienes, basándose en la ilusión de que el difunto, estando vivo, practicó habitualmente algún acto de religión, o que tal vez se haya retractado de su mala intención en el último instante de su vida, creen permisible realizar ritos funerarios de la Iglesia como usual sobre el cuerpo, el cual ha de ser después incinerado de acuerdo a los arreglos hechos por el mismo fallecido. Y como nada puede saberse por cierto en cuanto a esta supuesta retractación, se sigue que no puede dársele consideración alguna en el foro externo.

Apenas si parece necesario observar que en todos estos casos en los que está prohibido celebrar los ritos funerarios de la Iglesia por el fallecido, ni siquiera está permitido honrar sus cenizas con entierro eclesiástico, ni preservarlas en manera alguna en un cementerio bendito; sino que han de guardarse en un lugar separado de acuerdo al c. 1212. Y si las autoridades civiles de la región, siendo hostiles a la Iglesia, requieren a la fuerza el curso contrario, conviene que los sacerdotes responsables del caso no fallen en resistir esta abierta violación de los derechos de la Iglesia con decoroso valor, y, habiendo hecho la debida protesta, se abstengan de toda cooperación. Luego, cuando se ofrezca la ocasión, que no cesen de proclamar, privada y públicamente, la excelencia, las ventajas y la sublime significancia del entierro eclesiástico, de tal manera que los fieles, bien instruidos en cuanto al pensar de la Iglesia, puedan ser disuadidos de la impía práctica de la cremación…

En la actualidad…

En la actualidad, la iglesia se ha apartado de la doctrina tradicional.  Ahora se sostiene que el cadáver, una vez privado del elemento espiritual que sustancialmente le daba forma, no puede considerarse ya una persona esencialmente inviolable en sus atributos, por lo que ningún motivo de carácter intrínseco podría evitar su incineración. Puede, pues, afirmarse que la cremación de suyo no es contraria a ningún precepto, ni de ley natural ni de ley divina positiva. En algunos casos, incluso, puede ser el modo conveniente de proceder (por ejemplo, en casos de epidemias, grandes mortandades, catástrofes, etc.). Sin embargo, se convierte en algo ilícito cuando es realizada como una afirmación de ateísmo, o como una forma de manifestar que no se cree en la inmortalidad del alma o en la resurrección de la carne. En estos casos, se hace ilícita por ser el modo de profesar públicamente una doctrina errónea y herética.

Los puntos para cumplir esa práctica según la doctrina de la actual iglesia son:

– “Cuando razones de tipo higiénicas, económicas o sociales lleven a optar por la cremación”.

– “Cuando no sea contraria a la voluntad expresa del fiel difunto”.

– “Que no haya sido elegida (la cremación) por razones contrarias a la doctrina cristiana”.

– “Las cenizas del difunto deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente”.

– “Queda prohibida la conservación de las cenizas en el hogar, sólo en casos de graves y excepcionales circunstancias, dependiendo de las condiciones culturales de carácter local, el Ordinario, de acuerdo con la Conferencia Episcopal o con el Sínodo de los Obispos de las Iglesias Orientales, puede conceder ese permiso”.

– “Las cenizas no pueden ser divididas entre los diferentes núcleos familiares y se les debe asegurar respeto y condiciones adecuadas de conservación”.

– “Para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista, no sea permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos”.