Luego del Concilio de Trento, y con la finalidad de proteger la fe frente a la confusión doctrinal generada tras la Reforma protestante, el papa San Pío V, promulgó en 1570 la bula Quo Primum Tempore. En esta bula, se fijó el uso del rito romano tal como había sido transmitido garantizando su unidad. Establece que ese Misal (El Misal Romano de San Pío V) debe ser usado en toda la Iglesia latina, cerrando la puerta a innovaciones arbitrarias. Dicho en otras palabras, al promulgar Quo Primum, San Pío V, no solo fija la Misa romana como normativa, sino que la blinda jurídicamente y la protege a perpetuidad, evitando que nadie la manipule arbitrariamente.
La Bula también afirma explícitamente que ningún sacerdote puede ser obligado a celebrar de otro modo ni puede ser molestado, reprendido o castigado por usar ese Misal. Ese derecho no se concede por tiempo limitado ni como concesión revocable, sino que se declara válido in perpetuum, es decir, para siempre.
Adicionalmente, introduce una cláusula de protección excepcional, afirmando que nadie —ni siquiera autoridades eclesiásticas futuras— puede añadir, quitar o cambiar nada en ese Misal, y que quien lo intente incurre en la ira de Dios y de los Apóstoles Pedro y Pablo. Es decir, Anatema.
Luego del Concilio Vaticano II y las reformas litúrgicas promovidas por Bugnini, Ratzinger, Montini y otros, se crearon condiciones que, de facto, marginaron a quienes querían mantener la forma antigua y alteraron la transmisión de la fe sacramental tal como había sido enseñada y vivida por siglos. Así, la misa que debía ser celebrada en todo tiempo y lugar y que no podía ser modificada nunca (bajo pena de Anatema Divino), fue relegada y desaparecida en favor de la «Misa del Nuevo Orden» (Novus Ordo Missae). Irónicamente, se la bautizó con el mote de «Rito Extradordinario», cuya celebración requiere de permiso excepcional.
Entienda el lector los tiempo en los que vivimos.
