La oración de Marcos de Aviano antes de la batalla de Viena

La oración de Marcos de Aviano antes de la batalla de Viena

Publicado el 26 de julio de 2026

Actualizado el 1 de agosto de 2026

Archivado en: Interesante, Oraciones

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Esta es la oración atribuida al beato Marco d’Aviano, y que habría sido pronunciada luego de la celebración de la Santa Misa y durante la bendición de las tropas cristianas que tuviese lugar en una colina situada al norte de Viena, Austria, conocida como Kahlenberg, horas antes de la batalla de Viena.

El ejército otomano de Kara Mustafa Pasha (que por lo menos doblaba en número a los defensores) llevaba meses sitiando Viena, cuyas murallas comenzaban a ceder.  Juan Sobieski, quien lideraba la coalición cristiana, sabía que la caída de la ciudad en manos otomanas era inminente. Así, después de la bendición de dAviano, y a la cabeza de sus legendarios húsares  alados, descendió desde aquella colina a todo galope. Desde las murallas de la ciudad, los defensores observaron que  como «una legión de ángeles» los cristianos descendieron sobre los otomanos, siendo tan devastadora aquella carga, y las arremetidas posteriores, que ocasionaron tantas bajas y el consiguiente pánico entre los otomanos, que estos se vieron forzados a escapar a Hungría abandonando todos sus pertrechos en el campo de batalla.

Oh gran Dios de los ejércitos, míranos postrados aquí a los pies de Tu Majestad, para impetrarte el perdón de nuestras culpas.

Bien sabemos haber merecido que los infieles empuñen las armas para oprimirnos, porque las iniquidades que cada día cometemos contra Tu bondad han justamente provocado Tu ira.

Oh gran Dios, Te pedimos perdón desde lo más profundo de nuestros corazones; execramos el pecado porque Tú lo aborreces; estamos afligidos porque frecuentemente hemos excitado a ira Tu suma Bondad.

Pero ahora, por amor de Ti mismo, preferimos mil veces morir antes que cometer la mínima acción que Te desagrade.

Socórrenos con Tu gracia, oh Señor, y no permitas que nosotros, Tus siervos, rompamos el pacto que solamente contigo hemos estipulado.

Ten pues piedad de nosotros, ten piedad de Tu Iglesia, para oprimir la cual ya se prepara el furor y la fuerza de los infieles.

Si bien por nuestra culpa ellos han invadido estas bellas y cristianas regiones, y si bien todos estos males que nos suceden no son sino consecuencia de nuestra malicia, séanos todavía propicio, oh buen Dios, y no desprecies la obra de Tus manos.

Acuérdate, Señor, que para arrancarnos de la esclavitud de Satanás has derramado toda Tu preciosísima Sangre.

No permitas que se Te eche en cara haber dejado vencer por la furia de los lobos a aquellos que Te invocan en su miserable angustia.

¡Ven a socorrernos, oh gran Dios de las batallas!

Si Tú estás con nosotros, los ejércitos de los infieles no podrán hacernos daño.

Dispersa, Señor, a esta gente que ha querido la guerra.

Libera, pues, al ejército cristiano de los males que recaen sobre él; sostiene el brazo de Tu ira suspendido sobre nosotros, y haz comprender a nuestros enemigos que no hay otro Dios fuera de Ti, y que Tú tienes el poder de conceder y negar la victoria y el triunfo cuando Te agrada.

Como Moisés, extiendo mis brazos para bendecir a Tus soldados; sosténlos y apóyalos con Tu poder, para la derrota de los enemigos tuyos y nuestros, para la gloria de Tu Nombre.

¡Amén!

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.

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