La elección de Sixto V está rodeada de una anécdota que ilustra no solo su carácter, sino también las intrigas y actitudes de su tiempo.
Los días del mal llamando Renacimiento trajeron consigo una mezcla peculiar de luces y sombras. A menudo, el mundo parecía más preocupado por el poder y el lujo que por la santidad. Fue en este contexto que surge la figura de Sixto V, elegido Papa en 1585, un hombre singular cuya vida y obra dejaron una huella imborrable en la historia de la Iglesia.
Ante la inminente muerte de Gregorio XIII, los cardenales comenzaron a buscar un sucesor que fuera anciano y aparentemente débil, de modo que su pontificado fuese breve y no interfiriera demasiado en sus propios intereses. Félix Peretti, el futuro Sixto V, pareció encajar perfectamente en ese perfil: se mostró frágil, apoyado en un bastón, con una voz apagada y aspecto enfermizo. Los cardenales, confiados en su aparente debilidad, lo eligieron. Pero tan pronto como fue proclamado Papa, el anciano encorvado se irguió, arrojó el bastón, y con una voz firme y poderosa entonó un canto de alabanza a Dios. Los cardenales, atónitos, comprendieron de inmediato que habían subestimado a este hombre.
El nuevo Papa no tardó en demostrar su determinación. Había sido, en su juventud, un humilde cuidador de cerdos que, gracias a su inteligencia, su fe y el apoyo de unos franciscanos que lo descubrieron leyendo el catecismo mientras vigilaba su rebaño, logró ascender hasta las más altas esferas de la Iglesia. Este hombre de origen humilde no era del agrado de los cardenales, muchos de los cuales provenían de familias nobles y ricas, acostumbrados a mirar por encima del hombro a quienes consideraban inferiores. En su desdén, conspiraron para humillar al Papa encargando un cuadro en el que aparecía rodeado de cerdos, en alusión a su pasado.
Sin embargo, Sixto V, con una mezcla de humor e ingenio, convirtió la afrenta en una lección. Al ver el cuadro, lejos de ofenderse, pidió al pintor que vistiera a cada cerdo con las vestiduras de un cardenal. Así, devolvió la broma con elegancia y dejó claro que no se dejaba intimidar por las intrigas de sus detractores.
El pontificado de Sixto V se caracterizó por un profundo sentido del deber y una firme voluntad de reforma. Restableció el orden, reorganizó la administración eclesiástica, y trabajó incansablemente por el bien de la Iglesia, demostrando que incluso en los momentos más oscuros, la Providencia elige a sus instrumentos para renovar la faz de la tierra. Su vida es un recordatorio de que la humildad y la santidad pueden elevar a los hombres más allá de sus orígenes, y que incluso en medio de los errores humanos, la Esposa de Cristo permanece guiada por la mano de Dios, destinada siempre a resplandecer con gloria eterna.
