La parábola del trigo y la cizaña, explicada por el mismo Divino Maestro, nuestro Señor Jesucristo, resume la historia de la humanidad y de cada individuo. Representa lo que acontece en nuestras vidas particulares.
Dios creó el mundo y lo hizo bueno. Creó al hombre y a la mujer, haciéndolos partícipes de su bondad. Entonces, surge la pregunta: ¿De dónde proviene el mal? ¿Qué torció el corazón del hombre? Esa experiencia de mal que anida en nuestro corazón fue expresada por San Pablo: “El bien que deseo no lo hago, pero el mal que no quiero, eso termino haciendo”.
Si Dios creó un mundo bueno, ¿cómo explicamos la existencia del mal? Los salmos reflejan esta inquietud, mostrando al justo, al enfermo y al perseguido clamando a Dios: ¿Por qué prosperan los malvados mientras los justos sufren? Jesús responde con claridad: el enemigo del hombre vino de noche a sembrar cizaña, sembrando duda y discordia. Tentó al hombre, quien, libremente, consintió y pecó, rebelándose contra su Creador.
Así, la historia de la humanidad y la vida personal de cada uno de nosotros se convierten en un campo sembrado por Dios con trigo bueno, pero donde también crece cizaña. Llegará el tiempo de la siega, cuando los ángeles separarán el trigo de la cizaña. Como dice el evangelio de Mateo (25), se distinguirán los buenos de los malos, las ovejas de las cabras. El trigo será llevado al granero celestial, y la cizaña, atada en manojos, será arrojada al fuego eterno.
El Misterio del Mal
Es un misterio cómo Dios, siendo omnipotente y bueno, permite la coexistencia del trigo y la cizaña. Sin embargo, nuestra fe enseña tres verdades esenciales:
1.- Dios no es el origen del mal.
El mal proviene de Satanás, el enemigo del hombre, quien introdujo el pecado en el mundo. Este ángel caído, rebelado contra Dios, busca sumar a los hombres a su rebelión mediante la tentación. Por él entraron el pecado, la enfermedad y la muerte, pues Satanás es el padre de la mentira y el príncipe del mal.
2. – El juicio corresponde sólo a Dios.
Ni nosotros ni las circunstancias actuales pueden discernir completamente entre buenos y malos. Dios juzgará a cada uno en el momento del Juicio Particular, tras nuestra muerte, y en el Juicio Final, cuando Cristo venga en gloria y majestad. Allí se ratificarán las sentencias y se revelará la verdad sobre la historia de la humanidad. Ese juicio final, que ratificará las sentencia de aquellos juicios particulares y que dará una sentencia final, sobre el mundo y sobre la historia, sobre las naciones, sobre cada uno de los hombres.
3.- Dios permite el mal por razones superiores.
Mientras tanto, la historia de la humanidad en este mundo, Dios, en su providencia y en este misterio que sobrepasa nuestra comprensión, hace salir el sol, sobre buenos y malos. ¿Cómo puede esto ser?, ¿Cómo puede ser que Dios permita que vivan los malos?¿Cómo es que Dios no los aniquila en el momento mismo en que cometen la maldad?, ¿Por qué incluso Dios los bendice y favorece con sus bienes? A esto, hemos de responder con Santo Tomás de Aquino, quien da cuatro razones:
Para ejercitar la virtud de los buenos: Dios permite la existencia de los hombres malvados para que los hombres buenos se ejerciten en la virtud. La paciencia, la humildad, la caridad. Pensad: Sin los malvados no habría mártires ni ejemplos de paciencia, humildad o caridad.
Para probar a los buenos: Los malos, incluso sin quererlo, se convierten en instrumentos divinos. Aquellos miles de mártires que derramaron su sangre, confesando la fe en Cristo, dieron grandísima gloria a Dios nuestro Señor y con su sangre, regaron la semilla fecunda en muchos otros cristianos, para que así aumentase la fuerza y el número de creyentes.
Porque espera su conversión: La segunda razón que da Santo Tomás de Aquino, por la que Dios consiente que los malos existan, es que Dios permite la existencia de los malos y no aparta de ellos su bondad, pues espera su conversión. Es otra verdad de fe, escrita en la Sagrada Escritura: Dios quiere que todos los hombres se salven. Dios en su paciencia infinita para con nosotros, espera que la cizaña se pueda convertir en trigo, que el pecador se pueda convertir en santo, que el hereje y el cismático puedan volver al seno de la Iglesia. La paciencia de Dios es nuestra salvación; pues si Dios dictara juicio y sentencia y la ejecutase en el mismo momento en que nosotros por nuestra maldad, cometemos un pecado ¿quién existiría sobre la faz de la tierra?
Decía el santo cura de Ars, alentando a sus parroquianos a la santidad: «No todos los santos comenzaron bien, pero todos terminaron bien. Esforcémonos nosotros en terminar bien. Veamos a un apóstol San Pedro que niega a Cristo, a un joven san Agustín apegado a los vicios, a una María Magdalena entregada a la mala vida, San Pablo, perseguidor de cristianos. No todos comenzaron bien, pero todos terminaron bien. Esforcémonos pues nosotros en terminar bien».
Para castigar a los malos mediante otros malos: Dios mismo permite la existencia de los malos como instrumentos -por su influencia y poder-, para ser azote y castigo de los mismos pecadores, para moverlos a la conversión. Así ha sucedido en la historia de la Iglesia, donde Dios incluso consiente que nos gobiernen los malos para ser purificados de nuestros pecados. Dice el catecismo romano, que Dios castiga más los pecados de su pueblo, más que con catástrofes y desgracias naturales, enviándoles malos sacerdotes.
Solo hace falta ver el tiempo en el que vivimos: Pues como hemos pecado mucho, Dios nos castiga y purifica, enviando malos pastores, malos gobernantes tanto en la Iglesia como en el mundo.
Llegará el día en que los ángeles recojan el trigo y la cizaña, y todos compareceremos ante el Divino Juez. Mientras tanto, debemos sufrir con santa paciencia a los malos, perdonando y soportándonos mutuamente, como enseña San Pablo: *“Sufríos mutuamente y perdonaos los unos a los otros”*.
Extracto de una homilía del Padre José Manuel González/ Iglesia del Salvador de Toledo. España.
