Los espacios de escucha son una especie de caseta o biombo de carácter moderno y minimalista que propone un espacio abierto a todos y destinado a ofrecer un momento de encuentro y reflexión espiritual. No se va a recibir ningún sacramento, sino a hablar de lo que a uno le preocupe, y no necesariamente con sacerdotes, porque en el espacio de escucha también puede haber una religiosa o un laico.
Estos espacios de escucha, fueron impulsados principalmente durante la era Bergoglio, pero comenzaron a implementarse a partir del año 2021, cuando se inició el llamado proceso del Sínodo sobre la Sinodalidad, y se promovieron en diócesis y templos como herramientas de “escucha y discernimiento comunitario” bajo el concepto de una “Iglesia que escucha”.
Estos espacios están pensados para cualquier persona, incluso no católicos, ya que su función es ofrecer diálogo y acompañamiento, no administrar un sacramento ni exigir pertenencia a la Iglesia.
Estos espacios, se han ido implementando a nivel internacional (Europa y América) como “Centros Pastorales de Escucha”, con sedes físicas, dirigidos a personas que requieren acompañamiento frente a situaciones de sufrimiento o exclusión…
La idea de “espacio de escucha” como lugar donde alguien puede hablar y ser escuchado «sin juicio» viene de prácticas de acompañamiento humano, consejería o counseling, y de movimientos seculares asociados a la psicología humanista y al desarrollo personal. Organizaciones civiles usan ese término para talleres, atención a mayores, acompañamiento emocional y similares, con bases en teorías de comunicación interpersonal.
¿Que podemos pensar los católicos?
Todos hemos sido testigos que los cambios e innovaciones llevadas a cabo desde el Concilio Vaticano II, so pretexto de «abrir las puertas de la Iglesia al mundo», han sido los responsables del declive y de la lamentable situación en la que se haya la Iglesia Católica el día de hoy. Lo que antes era doctrina, hoy se tergiversa o relativiza, lo que antes era considerado pecado, hoy se permite con acompañamiento pastoral y por misericordia, lo que antes era un requisito indispensable para la comunión, hoy es accesorio.
En nuestros días somos testigos, de que los fieles son invitados a comulgar sin necesidad previa del sacramento de la confesión, principalmente bajo el argumento de que «la comunión es un banquete al que todos estamos invitados» y que solo debemos confesarnos si hemos cometido un «delito muy grave». Por eso, no ha de extrañarnos el ver, confesionarios vacíos (de ambos lados, ni sacerdotes confesando ni fieles esperando al sacerdote) y en contraste, las largas filas a la hora de la comunión. Así, las personas, gracias a la moderna teología de la (falsa) misericordia y de la inclusión, son invitadas a «comer su propia condenación» (1 Corintios 11, 27‑29).
Ya hemos visto en el pasado, el caso de Amoris Laetitiae y la comunión de los divorciados vueltos a casar, quienes gracias a una nota de pie de página y hallándose objetivamente en pecado grave, pueden recibir este sacramento previo «discernimiento pastoral».
Pero hay además factores externos que han empujado a este cambio en la percepción de los fieles sobre el sacramento de la confesión. Es indiscutible la influencia mediática y social que ha sumergido a la sociedad entera en la cultura de la autonomía y autojustificación (en la que todo es lícito siempre y cuando te sientas a gusto) en la que la conciencia y el sentido de «pecado» se han diluido.
En los Estados Unidos, según un estudio de la University of the Catholic Apostolate Research Institute el 18% de los católicos nunca va a confesión, el 24% se confiesa solo una vez al año y el 42% menos de una vez por año. Incluso en algunas regiones, el 75% de los católicos ya no se confiesan. Es evidente que existe un relajamiento en la práctica de este sacramento y se debe en su mayor parte, al poco trabajo que ha venido haciendo la Iglesia, ya durante décadas, para enseñar a los fieles, la importancia de los sacramentos.
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Para los católicos, los confesionarios son un lugar sagrado, en los que el sacerdote, actuando in persona Christi, otorga el perdón de los pecados mediante la absolución. Estos espacios de escucha, son a todas luces, remedos «modernos» y seculares de los confesionarios, que colocan al juicio y la misericordia en manos del hombre en lugar de reconocer la autoridad de Dios y de su Iglesia, lo que es un claro ejemplo de la acción del enemigo que busca elevar la voluntad del hombre por encima de la voluntad de Dios, triste señal de los tiempos en los que vivimos.
Para el fiel católico la confesión sacramental es siempre necesaria antes de la comunión (si el fiel se halla en pecado mortal) y requiere además de contrición verdadera, del propósito de enmienda y de la penitencia.
Después de que hemos ofendido a Dios… el demonio se esfuerza por dejarnos mudos… y luego nos conduce al infierno mediante un pecado aún mayor: el pecado de sacrilegio. Si no confesamos los pecados mortales, la confesión sería sacrílega y nula…
San Alfonso María de Ligorio / Theologia Moralis
Los que prefieren su propia voluntad a la de Dios, glorifican lo efímero y temporal, y por ello están sujetos a los males de este mundo, hasta que el juicio divino los separe definitivamente.[…] Porque, desde que el hombre, engañado por la soberbia, quiso ser como Dios, apartándose del que lo hizo, comenzó a morir espiritualmente; y todos los males del mundo se derivan de esa pretensión de autoelevarse sobre el Creador.”
San Agustín, De Civitate Dei
