Lamentablemente, hoy, todo católico conoce una gran cantidad de malos sacerdotes, haciendo que las palabras de San Antonio María Claret sean más oportunas que nunca.
Si ves a un mal sacerdote al frente de una parroquia, deberías afligirte y temer que quizás por culpa de nuestros pecados, merecemos un castigo tan horrible, pues la Sagrada Escritura nos enseña que el mayor y más terrible flagelo que Dios envía a un pueblo, es el de los malos sacerdotes.
Hasta que la ira del Señor alcance su cúspide, Él permite que las naciones se armen unas contra otras; que los campos se vuelvan estériles; que el hambre, la desolación y la muerte ejerzan su dominio sobre la tierra.
Sin embargo, cuando su justa indignación alcanza su punto culminante, envía el último y más atroz de sus castigos al permitir que ministros infieles, sacerdotes manchados, pastores escandalosos aparezcan entre los hombres. Entonces sucede que las abominaciones del pueblo son la causa de los malos sacerdotes, y los malos sacerdotes son el mayor castigo con el que Dios castiga al pueblo.
