
El catolicismo se introdujo en Japón a mediados del siglo XVI. La religión fue generalmente tolerada hasta el principio del siglo XVII, pero el shogunado Tokugawa (1603-1867) la proscribió y persiguió a sus adherentes. Cuando se restauraron las relaciones con occidente a mediados del siglo XIX, el catolicismo fue reintroducido y ha continuado existiendo en Japón con variable suerte.
La introducción
Los comerciantes portugueses fueron los primeros en localizar Japón en 1543, siendo seguidos por San Francisco Javier, misionero jesuita, que llegó en 1549 con dos compañeros. La predicación de San Francisco Javier tuvo algún éxito, aunque sus esfuerzos se complicaban por la barrera del idioma.
En enero de 1552, San Francisco Javier había remarcado el espíritu de conversión de los primeros neófitos. Escribió
«Yo los vi , regocijándose con nuestros éxitos, manifestando un celo ardiente por extender la fe y ganar para el bautismo a los paganos que conquistaban».
Él previó los obstáculos que bloquearían el progreso de la fe en ciertas provincias, el absolutismo de este o aquel daimyo, una clase en ese momento muy independiente del Mikado y en revuelta contra su autoridad suprema. De hecho, en la provincia de Hirado dónde convirtió a cientos, y donde seis años después, se bautizaron 600 paganos en tres días, una mujer cristiana fue decapitada por orar ante una cruz. En 1561 los Daimyos forzaron a los cristianos a abjurar de su fe, «pero ellos prefirieron abandonar todas sus posesiones y vivir en el Bungo, pobres con Cristo, en lugar de ricos sin Él», escribió un misionero el 11 de octubre de 1562. Cuando, bajo el shogunado de Yoshiaki, el cristiano Ota Nobunaga, apoyado por Wada Koresama, dominó la mayor parte de las provincias y restauró la unidad monárquica, ocurrió lo que había esperado San Francisco Javier.
En Miyako (el Kiyoto moderno) la fe fue reconocida y se construyó una iglesia el 15 de agosto de 1576. Entonces la fe continuó extendiéndose sin oposición notable, cuando los Daimyos siguieron la primacía del Mikado (Ogimachi, 1558-1586) y Ota Nobunaga. La tolerancia o favor de la autoridad central provocó por todas partes la extensión de la religión católica.
Los refuerzos llegaron para continuar el trabajo del santo y fueron recibidos generalmente bien por los gobernantes locales que a menudo los asociaban con el lucrativo comercio portugués. La actividad se concentró sobre todo en Kyushu Nagasaki, aunque se establecieron las comunidades cristianas en Honshu.
En 1563 Omura Sumitada, se volvió el primer Daimyo (gobernador) que recibía el bautismo, y en 1579 no menos de seis daimyo se habían convertido. Por ese tiempo el número de cristianos rondaba los 100.000. En 1579 el jesuita Alessandro Valignano llegó para dirigir la primera de tres inspecciones de la misión. Cuando se fue, estaba acompañado por cuatro muchachos que formaron una embajada dirigida a Roma en nombre del Daimyo cristiano de Kyushu.
Para entonces el catolicismo había atraído la atención de figuras Nacionales. El unificador nacional Oda Nobunaga favoreció a los misioneros y les hizo generosas concesiones. Su sucesor Toyotomi Hideyoshi continuó esta política hasta 1587, cuando ordenó abruptamente que los misioneros dejaran el país al comprender la magnitud de la influencia cristiana en Kyushu.
Comenzaron las directivas anticristianas de los períodos Azuchi – Momoyama (1587 – 1600) y Edo (1600 – 1868). Hideyoshi emitió un aviso en Hakata (ahora Fukuoka) el 23 de julio de 1587 condenando las conversiones que él llamaba «forzadas», táctica más que frecuente para eliminar al «enemigo». El aviso fue seguido al día siguiente por un decreto que obligaba a los misioneros jesuitas (Bateren) a abandonar Japón «dentro de los 20 días siguientes». Aunque algunas Iglesias cristianas fueron destruidas, ningún misionero dejó Japón permanentemente como resultado de estos decretos debido al intenso celo cristiano de extender la fe del Señor sobre las almas orientales. Llegaba el fin de la recepción favorable…
Los jesuitas fueron eventualmente reunidos por frailes españoles mientras el nuevo influjo agregó ímpetu a la evangelización. Las rivalidades nacionales dieron lugar a riñas sin mayor importancia entre las órdenes religiosas.
El barco San Felipe
El 26 de agosto de 1596 el San Felipe, un barco comercial español, que viajaba desde Manilla a Acapulco, encalló en la costa de Shikoku, la isla sudasiática de Japón. La nave ancló en la bahía Urado, en lo que era entonces la prefectura de Tosa, ahora conocida como Kochi.
En ese tiempo el catolicismo todavía estaba ganando terreno en Japón. Ya habían transcurrido diez años desde la expulsión que Hideyoshi había ordenado sin resultados. El budismo zen, no tan pacífico como suele creerse, no toleraba el crecimiento que estaban teniendo los católicos en aquella tierra. Por este motivo, se buscó una excusa (en este caso la división que existía entre franciscanos y jesuitas) para terminar con el cristianismo en Japón.
Así, la historia que se contó fue la siguiente: los jesuitas originales (llegando primero a Japón en 1543 guiados por San Francisco Javier) y los franciscanos no trabajaban muy bien juntos. Y tenían muchas desigualdades debidas a la nacionalidad diferente (los jesuitas eran portugueses y los franciscanos españoles) y/o a los distintos carismas, que deterioraron las relaciones entre ambas órdenes.
Según el shogunado de entonces, el desembarco hizo que esta rivalidad estallara. Obviamente, y como veremos luego por las muertes que se sucedieron, es imposible que esta sea la explicación, pero veamos la historia que ellos adujeron para lo que había de suceder:
En 1596, entonces, el San Felipe encalló y su rica carga fue confiscada por el Shogun Hideyoshi. Se dice que el piloto se encolerizó por la pérdida de su carga y amenazó a los oficiales japoneses con la conquista militar de Japón por parte de España. Esta conquista estaría basada en el «trabajo de espionaje» hecho por los franciscanos.
Se supone que los franciscanos negaron la historia sinceramente y que luego (con un odio que se les atribuye pero que no existió realmente) insistieron en que era una mentira hecha por los jesuitas para librarse de ellos. La casa estaba dividida, según los budistas, y esto había que aprovecharlo…
El Shogun Hideyoshi, basado en esta «historia de espías», ordenó la captura de todos los misioneros franciscanos para su ejecución. Seis misioneros fueron arrestados junto con veinte japoneses conversos. Los prisioneros fueron obligados a marchar en invierno desde la prefectura de Tosa en Shikoku hasta Nagasaki en Kyushu dónde fueron crucificados públicamente a principios de 1597. Había entre ellos niños de doce años… ¿Serían también considerados peligrosos?
La verdadera historia es que por odio religioso (constatado con la canonización de los veintiséis mártires que cosechó el comienzo de este período de persecución), estas víctimas murieron heroicamente en el nombre de Cristo. Y fueron los primeros mártires de la persecución cristiana en Japón, a los que siguieron miles.
No hay en toda la historia de la Iglesia una gente sencilla que pueda ofrecer a la admiración de los anales mundiales cristianos mas gloria, y un martiriologio mas largo, que los de aquellas personas de Japón.
5 de febrero de 1597 – La historia de los 26 mártires
Muy pocos libros de historia mencionarán esta fecha, aunque debería aparecer en todos ellos, porque abre un nuevo capítulo en la historia de la Iglesia japonesa, un capítulo escrito con la sangre de los 26 Mártires sobre la piedra de una colina de Nagasaki. Sólo tomó unas pocas horas escribir esta página, pero el mensaje todavía está vivo, después de cuatrocientos años.
Permítanos primero presentar a los personajes principales de esta obra. El que sentenció a los mártires es Toyotomi Hideyoshi, mejor conocido como Taikosama, gobernante absoluto de Japón que vivía en el castillo de Osaka. En la Colina Nishizaka, Terazawa Hazaburo, hermano del gobernador de Nagasaki, realizó las ejecuciones. Los más importantes de este drama son los 26 hombres condenados a muerte, agotados después de una marcha forzada de treinta días. Y junto a ellos, compartiendo la tensión de sus últimas horas, estaba la gente común de Nagasaki, los misioneros Jesuitas y los marineros españoles, comerciantes de Macao, soldados, y los verdugos.
Son las diez de la mañana. El lugar, el camino a Tokitsu y Omura, cercano a la puerta de Nagasaki. Alrededor, surge la muchedumbre, que retumbando como un trueno distante, se tensa con la inquietud y expectativa.
El Monte Mubonzan o Kompira como es llamado hoy se eleva sobre la Ciudad de Nagasaki. Bajando después en un patrón descendente de colinas ondulantes. Nishizaka, la colina más baja parecía la proa de un galeón hundiéndose en la Bahía de Nagasaki.
El camino a Omura es recto a través de la colina. Aquel día quien viajara desde Nagasaki vería un campo de trigo a su izquierda. Parte de la colina estaba frente a la ciudad y la Bahía de Nagasaki, mientras que el otro lado era un lugar oscuro, un barranco cubierto de restos humanos, una guarida para los perros salvajes y aves de rapiña. Allí se ejecutaba a los delincuentes comunes.
Fue en semejante lugar donde las cruces de los mártires fueron izadas pero un portugués influyente logró que Terazawa Hazaburo, el hermano del gobernador, no tratara a los mártires como delincuentes comunes, y le sugirió el campo de trigo al otro lado del camino como un buen lugar para la ejecución. Terazawa estuvo feliz con el cambio.
Terazawa era esperado allí por los 26 condenados a muerte. Era una tarea dolorosa de realizar. Uno de los mártires, Paul Miki era un íntimo amigo suyo y él había escuchado a menudo sus sermones. Estos hombres no eran culpables de ningún crimen. Y Terazawa Hazaburo lo sabía. Por mucho miedo que tuviera a Taikosama, estaba deseoso de hacer concesiones en los puntos menores. Uno de ellos fue el permitir a dos Jesuitas, Padre Pasio y Padre Rodriguez, atender a los mártires.
Eran las diez y media cuando la larga procesión alcanzó finalmente Nishizaka. Primero, una escolta de soldados abriendo camino a través de las muchedumbres que esperaban. Después de ellos, los mártires, divididos en tres grupos, cada uno de los cuales era guiado por franciscanos rezando el rosario. Venían andando todo el camino desde Urakami. La vieja calle todavía está en uso en algunos lugares. Sus manos estaban atadas firmemente, sus pies dejaban un reguero de sangre a lo largo del camino.
Les habían cortado la oreja izquierda un mes atrás, poco antes de salir de Kyoto. Fue un largo camino a la cruz, renovado todas las mañanas, en el corazón de invierno, un mes de crecimiento espiritual. Por todo el camino, el viento en los pinos les sugería el antiguo canto del salmo:
«Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre gritos de alegría. Se van, se van llorando los que siembran la semilla, pero regresarán cantando trayendo sus gavillas» (Sal. 126, 5-6).
Esto es verdad. Han estado sembrando la semilla del evangelio en todo el camino desde Kyoto. Sembrándolo con sus bocas, las cuales nunca podrán ser encadenadas. Con su mansedumbre de corazón al bendecir a sus verdugos, con sus canciones de alabanza a Dios mientras se esforzaban por avanzar a través de la nieve. Una mirada es suficiente para mostrar que no son ni delincuentes ni traidores. Sólo son sembradores.
Unos pocos testigos nos ayudarán a recrear la escena. El Padre Francis Blanco estaba sangrando de su oreja izquierda. El Padre Pedro Bautista mantuvo su caminata con vigorosos pasos, ávido de alcanzar el Golgota. Él no parecía siquiera notar las heridas en sus pies. El Hermano Felipe de Jesús se veía pálido y enflaquecido.
Unos pocos espectadores consiguieron acercarse a los mártires e intercambiar unas palabras con ellos. Alguien le pidió al Hermano Francis de St Michael su rosario como recuerdo. El buen Hermano sólo podría disculparse: «Por favor, espere un poco más. Yo no he terminado todavía.»
Francis Rodriguez Pinto, un portugués nacido en India, saludo al Hermano Gonzalo García con estas palabras:
«Mi buen amigo, Dios esté con usted. Me voy al cielo. Un cordial abrazo al Padre Sebastián Gonzalez en mi nombre.»
La cara enflaquecida del Hermano Felipe de Jesús irrumpió en una sonrisa. Con un toque de humor intentó confortar a uno de sus amigos:
«El galeón San Felipe estaba perdido así que el Fraile Felipe será salvado».
Los mártires saben que cada uno tiene su propia cruz, porque los han hecho medir. El Padre Gonzalo, el primero en llegar, va derecho a una de las cruces: «¿Esta es la mía?» No es. Llevado a otra cruz, él se arrodilla y se abraza a ella. Uno tras otro, comienzan a hacer lo mismo. «Era toda una visión, la manera en que el Hermano Felipe estaba abrazando su cruz…» comenta uno de los testigos.
Las 26 cruces ya estaban en la tierra, una alfombra de ligero trigo verde aparecía en la superficie de la tierra. Habían sido pulcramente cortadas. La mayoría tenía más de dos metros de alto, con dos maderas cruzadas y un sostén a dónde los víctimas se sentarían a horcajadas.
Después de la llegada del último mártir, la escolta se unió a los otros guardias, intentando mantener a la muchedumbre a distancia. Uno por uno los prisioneros fueron fijados a los maderos. No se usaron clavos. Las manos, los pies y el cuello fueron mantenidos en posición con anillos de hierro y una soga alrededor de la cintura manteniendo así a las víctimas firmemente sujetas a la cruz. Para el Padre Pedro Bautista, los anillos de hierro no eran suficiente. «Clávelos abajo, hermano,» le pidió al verdugo, estirando sus manos.
Amarrar a Paul Miki a la cruz resultó ser inesperadamente difícil. El Jesuita japonés era demasiado bajo y sus pies no alcanzaban los anillos más bajos. Con la presión de tiempo, el verdugo tuvo que hacerlo sin los anillos, así que ató el pecho de Miki a la cruz con un pedazo de lino. Cuando pisó al mártir para apretar el nudo, un misionero que estaba entre la multitud se molestó. «Permítale hacer su trabajo, Padre – dijo el mártir – realmente no duele».
Una vez que quedaron atados a las cruces, los veintiséis mártires fueron alzados simultáneamente. Un golpe súbito los dejó caer en los agujeros del suelo, creando un shock de dolor en el cuerpo de las víctimas.
Conquistadores de la Muerte
Ya es el ocaso. Los últimos rayos del sol dejan un halo dorado en el Monte Inasa y bajan hasta alcanzar las cruces de los mártires. Allí se detienen, acariciando los cuerpos rotos en un claroscuro que los prepara para el alivio del cuerpo. Parecen estar probando si los mártires están muertos, porque todos parecen dormidos, como viajeros cansados que descansan después de una larga jornada.
Ni uno ha perdido su cita con la muerte. Los veinte seis están aquí, sus brazos estirados en un abrazo fraternal, sus labios medio abiertos con la última canción jubilosa, la última oración amorosa que pudieron terminar.
Los veintiséis mártires… Todos los escritores contemporáneos dan la misma descripción cuidadosa de las cruces.
1. San FRANCISCO, carpintero de Kyoto, resuelto y fiel, quién insistió en seguir a los mártires hasta que él mismo fue arrestado y unido al grupo. Algunas de las crónicas lo llaman Adautus, debido a un caso similar en la iglesia primitiva.
2. San COSME TAKEYA, fabricante de espadas de Owari. Fue bautizado por los jesuitas y trabajó como catequista con los franciscanos en Osaka.
3. San PEDRO SUKEJIRO, un hombre joven de Kyoto, enviado por el Padre Organtino para cuidar a los mártires en su camino a Nagasaki. Su devoción al deber le aseguró la gracia de unírseles.
4. San MIGUEL KOZAKI, un nativo de Ise, de 46 años y fabricante de arcos. Él ya era cristiano cuando se encontró con los frailes y su habilidad como carpintero era una gran ayuda para la construcción de los conventos franciscanos y las iglesias de Kyoto y Osaka. Él también confió en ellos con algo que él valoraba por encima de todo: su propio hijo Thomas.
5. San JAMES KISAI, un hermano lego jesuita. Era un hombre de profunda devoción a la Pasión de Cristo. Con sesenta y cuatro años de edad, había conocido una vida de penalidades, y se destacaba por su bondad y paz de corazón. Nacido en Okayama, había estado a cargo de los invitados a la residencia jesuita.
6. San PAULO MIKI. Nacido en el distrito de Tsunokuni, era el hijo de un soldado valiente, Miki Handayu. Educado en las escuelas jesuitas de Azuchi y Takatsuki, había presenciado las altas y bajas de la Iglesia en Japón. Paul Miki valoraba su vocación de extender el evangelio por sobre todo lo demás, y estaba cerca de ordenarse como sacerdote. El mejor predicador del país se quedó callado cuando la espada del verdugo estrelló su corazón. Tenía sólo treinta años.
7. San PABLO IBARAKI, nacido en Owari, de una familia samurai. Bautizado por los jesuitas, su fe pasó por un tiempo de prueba, y sólo en sus últimos años pudo encontrar paz en su alma, gracias a los franciscanos en Kyoto. Él llevó la vida de un hombre pobre cerca del convento franciscano de Nuestra Señora de los ángeles, trabajando en una pequeña cervecería para apoyar a su familia, y todavía podía permitirse el lujo de ayudar a otros más pobres que él. También era activo como predicador.
8. San. JUAN DE GOTO, un retrato de inocencia y alegría, con una corta vida de 19 años usada totalmente en el servicio de Dios. Nacido en las islas Goto de padres ya cristianos, él estudió con los jesuitas en Nagasaki, y después en la escuela jesuita en Shiki (Amakusa), un centro de entrenamiento para catequistas que también ayudaban a los misioneros como pintores o músicos. Su próximo puesto fue Osaka dónde trabajó bajo las órdenes del Padre Morejon hasta que el Señor le ofreció la corona del martirio.
9. San LUIS IBARAKI, el más joven del grupo, de sólo 12 años. Nació en Owari y era sobrino de Paul Ibaraki y Leo Karasumaru. Un muchacho cariñoso que siguió cantando y riéndose cuando le cortaron una oreja, después cuando hacían la larga marcha a Nagasaki y también en la cruz. Demostró su temple cuando se negó a apostatar. «Tenemos al pequeño Louis con nosotros – escribió el Padre Francis Blanco en la víspera del martirio – y está tan lleno de valor y con tan alto espíritu que asombra a todos».
10. San ANTONIO, nacido en Nagasaki de padre chino y madre japonesa. Era un muchacho de 13 años. Había recibido su primera educación en la escuela de los jesuitas en Nagasaki y fue entonces al convento franciscano en Osaka. Lo más amargo que el chico tuvo que ver fue a su madre llorando no lejos de la cruz. Murió como mártir cantando.
11. San PEDRO BAUTISTA. Superior de la Misión franciscana en Japón, antes embajador de España, un padre para los leprosos pobres, un capitán de mártires. Desde San Esteban del Valle (Avila, España) donde nació, hasta la Colina de Nishizaki, su vida de 50 años es demasiado rica en méritos y santidad para resumirla aquí.
12. San MARTÍN DE LA ASCENSIÓN, nacido en Guipuzcoa, España. Él tenía 30 años. Su pureza de corazón era extraordinaria, y ésta puede ser una pista a su afición por cantar. Al decirle sus superiores que estaba listo para ir a las Filipinas, fue a Sevilla. En el viejo convento franciscano pasó las noches en oración, tomando turnos con otro fraile. Su trabajo misionero en Japón (Osaka) tuvo corta vida, pero su muerte fue excepcional.
13. San FELIPE DE JESÚS, mexicano, 24 años. Un vaso de plata que Dios supo realzar. Su joven vida fue un laberinto de caminos contradictorios, un concurso de fuerza entre Cristo y Felipe, sin que ninguno de los dos deseara conceder la derrota. Al final, Cristo salió vencedor, y Felipe estuvo ansioso por recuperar el tiempo perdido: él sería el primero en morir.
14. San GONZALO GARCIA, 40 años, nacido en el remoto Bazain (India) de un padre portugués y una madre india. Catequista con los jesuitas y comerciante en Macao, ingresó con los franciscanos como hermano lego, y fue la mano derecha de San Pedro Bautista. Hablaba portugués tartamudeando, pero cuando confrontó Hideyoshi, el gobernante absoluto de Japón, su japonés salió perfecto. Es el santo patrono de Bombay.
15. San FRANCISCO BLANCO, nació en Monterrey (Galacia, España) y vino a Japón con San Martin de la Ascención. Él también había viajado a pie a Sevilla antes de abordar una nave para México y seguir a Filipinas. Un hombre tranquilo, de hablar suave y sumamente inteligente.
16. San FRANCISCO DE SAN MIGUEL, 53 años, nacido en La Parrilla (Valladolid, España). Era tan modesto en vida que bien merece un elogio especial después de la muerte. «Viendo su buen corazón, fuerza física y simplicidad, fue aceptado dentro de la Orden como hermano lego», dice un viejo cronista apropiadamente. El hermano Francisco tenía su propio estilo de humor también: «La campanilla de la cena tocará mañana», solía responder cuando se le decía que rompiera su ayuno. Cuando estaba en Manilla disfrutó respirando «los vientos desde Japón» pero una vez que puso el pie en la misión japonesa tuvo que pasar por una noche oscura del alma en que sintió que era inútil y que sería mejor regresar a Filipinas. Murió en silencio, así como había vivido.
17. San MATTHIAS. No sabemos nada sobre su edad, lugar de nacimiento o fecha de bautismo, sólo su nombre y la razón de por qué se unió a los mártires. Los soldados estaban buscando a otro Matthias que no podían encontrar. El santo se ofreció a sí mismo y los soldados lo aceptaron gustosos. Dios también lo aceptó.
18. San LEO KARASUMARU, de Owaru, era hermano más joven de San Paul Ibaraki. Bonzo en su juventud, luego se convirtió por los jesuitas japoneses y siempre llevó una vida ejemplar. Cuando llegaron los franciscanos, él se volvió su mayor apoyo. Cuando tenían que construir una iglesia, comprar un pedazo de tierra o hacer funcionar un hospital, los monjes contaban con Leo. Celoso catequista y hombre de oración, fue una figura principal entre los mártires laicos.
19. San BONAVENTURE. Su joven vida va por los inescrutables caminos de la Providencia. Bautizado de niño, pronto perdió a su madre, y su madrastra lo envió a un monasterio budista. Un día, él se enteró de su bautismo, y vino a visitar el convento franciscano en Kyoto, su lugar de nacimiento, ávido por tener mayor información. Aquí encontró paz de alma. En su camino a la cruz él oró por la fe de su padre y la conversión de su madrastra.
20. San TOMÁS KOZAKI. Con los modales rudos de un muchacho rural, este chico de catorce añoso tenía un hermoso corazón, parecido a las Perlas de su Ise nativo. Él ya era cristiano cuando conoció a los franciscanos mientras ayudaba a su padre como carpintero, y se quedó en el convento franciscano una vez que el trabajo terminó. Era sincero, resuelto y totalmente dedicado en su servicio a Dios. La carta de despedida a su madre, escrita desde el castillo de Mihara, es otra piedra preciosa en la saga de los 26 Mártires.
21. San JOACHIM SAKAKIBARA, 40 años, nativo de Osaka. En agradecimiento por su bautismo, recibido de un catequista cuando estaba gravemente enfermo, Joachim ayudó en la construcción del convento franciscano en Osaka y se quedó allí como cocinero. De carácter muy fuerte, se destacaba por su bondad y prontitud al servir, una preparación digna para la corona de los mártires.
22. San FRANCIS. Nacido en Kyoto, 48 años. Era médico y un predicador celoso. Cuando todavía era pagano, llevaba un rosario que había pertenecido a Otomo Sorin, el señor cristiano de Bungo. La Divina Providencia lo trajo al contacto con los franciscanos. Después de su Bautismo y la conversión de su esposa, vivió al lado del convento franciscano, tratando a los enfermos gratuitamente, y guiándolos a Cristo.
23. San TOMÁS DANGI. Farmacéutico, con una disposición sumamente violenta. Maduró con la ayuda de Dios en un catequista de buen corazón. Un cristiano de muchos años, él abrió su tienda al lado del convento franciscano de Nuestra Señora de los Ángeles, y mientras vendía la medicina también tuvo el cuidado de mostrarles a sus clientes el camino al cielo.
24. San JOHN KINUYA, 28 años, de Kyoto. Tejedor de seda y comerciante, había sido bautizado recientemente y había movido su tienda al lado del convento. Sus tejidos de seda, lisos, suaves y de colores brillantes, expresaban la calidad de sus oraciones y de su amor. Y Dios aceptó la vida de trabajo y oración de John.
25. San GABRIEL, nativo de Ise, 19 años, otra de las jóvenes vidas ofrecidas a Dios. Convertido por el Hermano Gonzalo, hizo un rápido progreso en su camino a Dios, superando todo tipo de obstáculos. Gabriel trabajó como catequista.
26. San PABLO SUZUKI, 49 años, de Owari. Su cruz estaba al final de la fila y su voz, toda fuego y celo, podría oírse sin impedimento. Él había recibido el bautismo 13 años antes. Un hombre de carácter impetuoso – y con muchas cicatrices en su cuerpo para testificarlo – que se destacó por su celo apostólico y era uno de los mejores catequistas que ayudaba a los franciscanos. También estaba a cargo del Hospital de San Joseph en Kyoto.
La vida continua… empeorando…
Después de este primer martirio, no hubo en principio otras acciones hostiles públicas, y el trabajo misionero continuó discretamente. Por este tiempo la iglesia había alcanzado, a pesar de todo, la mayor expansión, con un número de cristianos estimado en 300.000.
Tokugawa Ieyasu que se hizo el gobernante de facto en 1600, al principio tolerará la presencia de los misioneros por causa del comercio portugués aprovechable, pero cuando llegaron los comerciantes holandeses e ingleses protestantes, que alentaron su odio religioso, actuó más libremente contra los misioneros católicos.
La última confrontación entre Ieyasu y Toyotomi Hideyori, hijo del último Hideyoshi, hizo a Ieyasu volverse contra la Iglesia, sabiendo que su rival tenía considerable apoyo en Japón occidental dónde la influencia cristiana era más fuerte.
Tras la victoria de Ieyasu, en 1614 el shogunato Tokugawa formuló su postura anticristiana en la Declaración sobre la Expulsión de los Bateren, redactada por el monje zen Konchiin Suden por encargo de Ieyasu el 1 de febrero de ese año. En ella se ordenaba a los misioneros abandonar el país. La mayoría obedeció y partió, pero unos 40, incluidos sacerdotes japoneses, decidieron quedarse y continuar su labor en la clandestinidad.
Persecución y Supresión
Año tras año después de 1614 el número de martirios fue de 55, 15, 25, 62, 88, 15, 20. En poco tiempo comienzaría la persecución organizada.
Los reinados de Ieyasu que es mejor conocido en los anales cristianos por el nombre de Daifu Sama y de sus sucesores Hidetada y Iemitziu, fueron los más desastrosos. Esta persecución duró medio siglo con algunos breves intervalos de paz.
El año 1622 fue particularmente fructífero en héroes cristianos. El martiriologio japonés cuenta 128 con nombre original, nombre cristiano y lugar de ejecución. Se ejecutó a 51 cristianos sólo en Nagasaki. Antes de esto las cuatro órdenes religiosas, los dominicos, franciscanos, agustinos y jesuitas, habían tenido sus mártires, pero el 10 de septiembre de 1622, 9 jesuitas, 6 dominicos, 4 franciscanos, y 6 laicos cristianos fueron dejados morir en una estaca después de ser testigos de la decapitación de aproximadamente 30 creyentes.
Desde diciembre hasta fines de septiembre de 1624, hubo 285 mártires. El capitán inglés, Richard Cocks (Calendario de Papeles Estatales: Indias Orientales coloniales, 1617-1621, pág. 357)
Ví 55 martirizados en Miako en una oportunidad. . . y entre ellos niños de 5 o 6 años de edad quemados en los brazos de su madre, mientras exclamaban: ‘Jesús recibe nuestras almas’. Muchos más fueron a prisión y esperaban hora tras hora que los vinieran a matar, pero muy pocos se volvieron paganos».
No podemos entrar en los detalles de estas horribles matanzas, las expertas torturas del Monte Unaen, la crueldad refinada de la trinchera.
De estos 285, alrededor de 50 también fueron quemados vivos en Edo (ahora Tokio). Se estima que unos 3000 creyentes fueron martirizados; esto no incluye a muchos que murieron como resultado de los sufrimientos en la prisión o en el destierro. A esta altura se hace bastante incomprensible la excusa de «espías» que inició la matanza.
Después de 1627 la muerte creció más y más terrible para los cristianos; en 1627, murieron 123, durante los años que siguieron, 65, 79, y 198.
En 1633 fueron ejecutados unos 30 misioneros, y en 1637, salieron sólo cinco en libertad. El Levantamiento de Shimabara de 1637-38, incitó al gobierno a romper contacto con occidente, salvo algunos comerciantes de la compañía holandesa de India oriental, confinada a Dejima. Los subsecuentes intentos misioneros de entrar y trabajar en el país fueron infructuosos.
La persecución siguió incesantemente siempre que había misioneros, y la última conocida fueron 5 jesuitas y 3 seglares que sufrieron la tortura de la trinchera desde el 25 hasta el 31 de marzo de 1643. La lista de mártires conocidos (por nombre original, nombre cristiano, y lugar de ejecución) alcanza los 1648 nombres. Si agregamos a este grupo la lista de los misioneros, o más tarde la lista de los viajeros holandeses entre 1649 y 1660, el total llega a 3125, y esto no incluye a los cristianos que fueron desterrados, cuya propiedad fue confiscada, o que murieron en la pobreza.
Al cierre del reino de Iemitzu (1650) un inmenso número de cristianos, de los que hay poco registro, pereció.
Sin contar a los miembros de Órdenes Terceras y Congregaciones, los jesuitas tuvieron, según el martiriologio (Delplace, II, 181-195; 263-275), 55 mártires, los franciscanos 36, los dominicos 38, los agustinos 20. Pío IX y León XIII declararon dignos de culto público a 36 mártires jesuitas, 25 franciscanos, 21 dominicos, 5 agustinos y 107 laicos cristianos.
El fruto de aquellos dolores…
Cuando en 1854, Comodoro Perry forzó una entrada a Japón, se supo que la fe cristiana, después de dos siglos de intolerancia, no había muerto. En 1865, sacerdotes de las Misiones extranjeras encontraron 20.000 cristianos practicando su religión en secreto en Kiushu. La libertad religiosa no se les concedió por la ley japonesa hasta 1873. Hasta ese momento, en 20 provincias, 3404 habían sufrido por la fe en el destierro o en la prisión; 660 de éstos murieron, y 1981 regresaron a sus casas. En 1858, 112 cristianos murieron por tortura. Un misionero calcula que en total unos 3.200 murieron por la fe.
Reflexión final
Curiosamente, tras un breve descanso que siguió a dos siglos y medio de persecusión, las dos únicas aldeas católicas de Japón eran a mediados de este siglo Hiroshima y Nagasaki. Las mismas que fueron víctimas del bombardeo aliado que no afectó a ninguna otra ciudad o punto estratégico que pudiese realmente dañar el poder militar japonés. Dos sencillas ciudades sin importancia alguna, desaparecieron bajo el fuego atómico que destruyó implacablemente, una vez más, a la castigada pero fuerte cristiandad, alimentada de los santos y mártires que generosamente regaron con su sangre aquellas tierras que sustentan hoy a los pocos descendientes que resurgieron de las cenizas provocadas por el odio que tantos tienen a Nuestro Señor Jesucristo…
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Fuentes:
Obras consultadas:
«Histoire de la religion chretienne au Japon» (París, 1869).
«Beschryving» (ordrecht, 1716)
«Gezantschappen, Japón» (Amsterdam, 1669)
«Le Catholicisme au Japon», I, 1540-1593; II, 1593-1640 (Bruselas, 1910)
«Katholische Missionen» (Friburgo, 1894).
Enciclopedia católica, Volumen IX.
Enciclopedia de Kodansha de Japón
Articulo publicado originalmente en el blog de http://web.archive.org/web/20030111041830fw_/http://www.cristiandad.org/investigaciones/holoc_japon.htm



