Imagen arriba: La imagen titulada «Bundesarchiv Bild 146-1972-056-26, Spanischer Bürgerkrieg» muestra una escena de la Guerra Civil Española (1936-1939), específicamente una manifestación antirreligiosa en Madrid. En ella, se observa a milicianos profanando una iglesia, un acto que refleja el intenso anticlericalismo que caracterizó a ciertos sectores durante el conflicto. CC BY-SA 3.0 de
Con la llegada de la Guerra Civil Española (1936-1939) da inicio un período de intensa y «encarnizada» persecución religiosa contra los católicos en la zona leal a la República. Se estima que alrededor de 10.000 personas murieron por su fe, incluyendo unos 7.000 eclesiásticos (12 obispos, 4.000 sacerdotes seculares y 3.000 religiosos y religiosas). Esta persecución fue impulsada por un agresivo anticlericalismo y el deseo de establecer una sociedad radicalmente laicista. Muchos mártires de este período, al enfrentar la muerte, proclamaron valientemente «¡Viva Cristo Rey!».

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La Congregación de los Sagrados Corazones
En los días oscuros de la Guerra Civil Española, cuando el país estaba desgarrado por la persecución del comunismo a la Iglesia Católica, el eco de los disparos y la represión alcanzó hasta los rincones más santos. Fue entonces cuando un grupo de hombres humildes y apacibles, los miembros de la Congregación de los Sagrados Corazones, escribió con su vida una página de luz en medio de tanta oscuridad.
La Congregación había llegado a España en el siglo XIX, pero ya para 1936 contaban con varias casas, colegios y comunidades repartidas por todo el país, sobre todo en Madrid, El Escorial y Barcelona. Su vida diaria era tranquila, dedicada a la oración, la enseñanza, el trabajo parroquial, y la atención a los más necesitados. No tenían rasgos políticos ni mucho menos eran agitadores. Eran tan solo personas avocadas a la vida religiosa.
Pero la guerra había hecho relucir sus colores abiertamente anticristianos. Solo por el hecho de ser sacerdote o religioso se convertía uno en sospechoso, en «enemigo del pueblo». Las iglesias fueron quemadas, los conventos saqueados, y muchos consagrados perseguidos como si fuesen criminales.
Una de las comunidades más impactadas fue la de El Escorial. Allí vivían religiosos entregados al colegio que dirigían, al servicio de los jóvenes, y a la oración. El 20 de julio de 1936, un grupo armado irrumpió en la casa. Si bien es cierto no hubo violencia inmediata, todos los que allí se encontraban fueron sacados con amenazas y se les advirtió, que en adelante, estaban estrictamente prohibidos de ejercer su ministerio.
Durante las semanas que siguieron, la comunidad quedó en una situación muy precaria. Algunos religiosos buscaron refugio en casas de familiares o amigos, intentando pasar desapercibidos para evitar ser detenidos. Otros permanecieron ocultos, viviendo en constante miedo. Sin embargo, la represión se intensificaba y la red de control y vigilancia se cerraba sobre ellos. Sabían que si los encontraban, probablemente morirían. Aun así, ninguno renegó de su fe. Ninguno huyó del país.
Es necesario recalcar, que después de la irrupción del grupo armado en la casa de la comunidad religiosa en El Escorial el 20 de julio de 1936, los religiosos quedaron bajo una vigilancia estricta y amenazante. Durante las semanas siguientes, varios fueron localizados y arrestados en sus escondites o casas de familiares.
Uno a uno, fueron arrestados por milicianos. Estos arrestos se hicieron en distintas fechas, principalmente a lo largo del verano de 1936. La mayoría fueron detenidos por milicias y fuerzas leales a la República, quienes consideraban a estos religiosos como enemigos ideológicos. Tras ser arrestados, fueron trasladados a cárceles en Madrid, como San Antón y Ventas, donde quedaron en condiciones muy duras. Muchos fueron llevados al llamado «Cementerio de los Mártires», otros al Paseo del Soto, a las afueras de El Escorial. Allí, sin juicio y sin posibilidad de defensa, fueron fusilados. Algunos murieron bendiciendo a sus verdugos. Otros murmuraban oraciones. Ninguno suplicó por su vida.

Otros fueron llevados a Paracuellos del Jarama para ser fusilados en las ejecuciones masivas que marcaron uno de los capítulos más oscuros de la persecución religiosa durante la Guerra Civil.
Entre ellos estaban los Padres Eladio López, Teófilo Fernández, Isidro Íñiguez, Gonzalo Barrado, y varios más. El último en morir fue el P. Victoriano Picañol, superior de la comunidad. Le ofrecieron salvarse si renunciaba a su fe y denunciaba a otros miembros de la congregación. El padre Victoriano se negó con serenidad. Cuando lo llevaron al paredón, pidió unos minutos para poder así rezar por sus asesinos… Y cayó como vivió: en paz, firme, con el corazón entregado.
Años más tarde, la Iglesia reconoció la santidad de estos hombres. No porque murieran como víctimas del odio a la Fe, sino porque lo hicieron por amor a Cristo, perdonando a sus verdugos. Fueron beatificados por Benedicto XVI en el año 2007 junto a otros mártires del siglo XX en España.
Los Salesianos
Durante la Guerra Civil Española (1936–1939), los Salesianos fueron brutalmente perseguidos, especialmente durante la llamada Persecución religiosa (1936-1937), en la que miles de religiosos y laicos católicos, fueron asesinados por odio a la fe. Los Salesianos, muy visibles por su labor educativa y pastoral entre los jóvenes, fueron blanco frecuente.
La razón? A los Salesianos se les identificaba con la Iglesia “tradicional”, vista por muchos sectores republicanos radicales como aliada del franquismo o del “antiguo orden”. Además, su devoción al Sagrado Corazón de Jesús y su labor evangelizadora eran vistas como formas de “adoctrinamiento”. Los colegios salesianos al ser grandes, visibles y por estar muy ligados a la vida parroquial, se convirtieron en objetivos rápidamente identificables.
Muchos de los salesianos llevaban medallas o insignias del Sagrado Corazón, lo cual fue motivo suficiente para ser delatados o ejecutados. Esta devoción era parte viva de la identidad salesiana, inspirada por la espiritualidad de Don Bosco:
“Formad corazones buenos, y el Sagrado Corazón reinará.”
Así, serían perseguidos, arrestados, procesados de manera exprés, sin posibilidad de defensa y ejecutados cerca de 100 Salesianos entre sacerdotes, hermanos coadjutores y jóvenes en formación. Muchos de ellos han sido beatificados como mártires:
Beato Enrique Saiz Aparicio (1900–1936)
Provincial salesiano. Fue arrestado en Madrid, ofreció su vida por la salvación de sus hermanos y fue fusilado en agosto de 1936.
Beato José Calasanz Marqués (1901–1936):Fue arrestado en Barcelona y fusilado el 23 de agosto de 1936 en El Prat de Llobregat, junto a otros religiosos escolapios. Según relatos, antes de morir perdonó a sus ejecutores y animó a sus compañeros de martirio.
Madrid fue una de las zonas con mayor represión religiosa al inicio de la guerra. Entre los Salesianos ejecutados por odio a la fe destacan:
Beato Félix Vivet Trabal (1905–1936): Coadjutor salesiano. Detenido junto a otros salesianos en el colegio de Atocha. Fue ejecutado tras negarse a renegar de su fe.
Beato Enrique Sáiz Aparicio, SDB (1900–1936): Al estallar la persecución, ya de manera abiertamente religiosa en julio de 1936, los salesianos optaron por dispersarse y esconderse por temor a represalias.
El padre Enrique, en lugar de huir, decidió buscar a sus hermanos, animarlos y acompañarlos, aún sabiendo que corría el riesgo de ser arrestado. Se movía en secreto de casa en casa, llevando consuelo, confesando, celebrando la Santa Misa de manera clandestina, organizando redes de apoyo tanto para los fieles como para otros miembros de la orden, hasta que fue capturado el 18 de julio de 1936. Lo interrogaron y se le ofreció la libertad si delataba a otros salesianos, a lo que se negó rotundamente.
“Si alguno debe morir, que sea yo. Ellos son más jóvenes. Que vivan para seguir sirviendo a Dios.”
Fue juzgado sumariamente y ejecutado mientras rezaba, en una «checa» de Madrid, el 18 de julio de 1936, tan solo a pocas horas de su arresto. Su cadáver nunca fue recuperado.
Los Misioneros del Sagrado Corazón (MSC)
La orden fue fundada en 1854 por el P. Jules Chevalier en Francia en 1854, siendo el carisma principal, la evangelización misionera, especialmente en lugares difíciles y olvidados, destacando por su gran amor y devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Su labor se enfocaba en llevar la esperanza y el amor de Cristo a los pueblos marginados.
Fueron muy activos en Hispano América, África, Asia y, por supuesto, también en España, donde tuvieron casas, colegios y misiones pastorales, especialmente en zonas rurales y pobres. Su misión era tanto pastoral como social, cuidando de los más necesitados, enfermos y excluidos.
Como otros muchísimos religiosos, los MSC sufrieron la persecución del bando republicano, por ser vistos como representantes del orden católico tradicional. Muchos sacerdotes y religiosos fueron asesinados o encarcelados por mantener su fe y por no apartarse de su labor. Algunos de entre ellos, ya han beatificados o están en proceso de canonización como mártires.
Beato Julio Rodríguez Sánchez (1910–1936): Estudiante de teología. Su serenidad ante el martirio impresionó a sus captores.Algunas fuentes sugieren que en realidad habría pertenecido a la orden de los dominicos.
Los Requetés
El nombre, tiene su origen en el verbo “requetear”, que en sentido antiguo significaba “repetir” o “reforzar”. En la práctica, el término “Requeté” pasó a usarse para designar a las milicias de voluntarios carlistas que se organizaron para defender los ideales religiosos de España Católica y las tradiciones forales frente a un liberalismo anticristiano y centralizador.
Entre los Requetés, que fueron los voluntarios carlistas que lucharon en el bando nacional durante la Guerra Civil Española, también hubo figuras profundamente devotas del Sagrado Corazón de Jesús. Su lema era “¡Por Dios, por la Patria y el Rey!” y en sus uniformes, solían portar el detente del Sagrado Corazón.
Antonio Molle Lazo (1915–1936) el “mártir de los Requetés”: Nació en Arcos de la Frontera, Cádiz y se «enlistó» como Requeté con apenas 21 años. Fue capturado por milicianos republicanos en el frente de Ronda. Sus captores le exigían blasfemase y pisotease una imagen del Sagrado Corazón a lo que el contestaba: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Sagrado Corazón de Jesús!”. Fue humillado y torturado brutalmente: le sacaron los ojos, lo apalearon y finalmente lo ejecutaron. Su cuerpo fue hallado con una estampa del Sagrado Corazón entre sus ropas. Su causa de beatificación ha sido introducida oficialmente por la diócesis de Asidonia-Jerez.

Arturo Cajal Gamboa (1915–1936) “El requeté de la pureza”: Este joven nació en Pamplona y destacaba por ser profundamente católico. Con sólo 20 años, se incorporó como parte del Requeté Navarro, reconocida como una de las columnas más aguerridas y católicas del movimiento carlista. Sus compañeros identificaban en él, una espiritualidad profunda y limpia, con fuerte vida sacramental. Era muy devoto del Sagrado Corazón de Jesús, la Eucaristía y la Virgen del Pilar. En varias oportunidades había manifestado a sus compañeros, su deseo de morir en gracia, sin mancha.
Fue herido de muerte durante un combate en el norte de Navarra, en agosto de 1936, rodeado de sus compañeros y con una estampa del Sagrado Corazón sobre el pecho dijo a sus camaradas:
«Si Dios me pide la vida, quiero ofrecerla como mártir de la pureza y del Corazón de Jesús.»
Murió en paz, con una sonrisa dibujada en el rostro, mientras pasaba las cuentas del Rosario entre sus dedos.
