Tras la Revolución Mexicana (1910–1920), el nuevo Estado adoptó un rumbo marcadamente anticlerical. La Constitución de 1917, especialmente sus artículos 3, 5, 24, 27 y 130, impuso severas restricciones a la Iglesia Católica: se prohibía el culto público fuera de los templos, se cerraban seminarios, se impedía a los sacerdotes votar, y hasta se expropiaban bienes eclesiásticos.
En 1926, el presidente Plutarco Elías Calles dio un paso más al promulgar la infame Ley Calles, destinada a «hacer cumplir» la Constitución. Esta ley criminalizaba muchas expresiones religiosas, imponía multas y cárcel a sacerdotes, y forzaba el cierre de iglesias.
El Estado ordenó entonces hacer inventarios de los bienes eclesiásticos, supuestamente para “registrar” y “regular” el patrimonio de las iglesias conforme a la Constitución de 1917. Pero en la práctica, esta fue una excusa que les permitió irrumpir en el interior de los templos por medio de la fuerza pública, incluso con soldados armados, solamente para: robar objetos litúrgicos, profanar el Santísimo Sacramento (arrojando las hostias al suelo y robando los copones) y para convertir las iglesias en verdaderos almacenes, cuarteles y hasta caballerizas.
De esta manera por ejemplo, sucedió en la Iglesia de San José en Guadalajara, donde los soldados irrumpieron durante la celebración de la Misa para hacer un «inventario», pero sin embargo, terminaron profanando el altar. Así, en muchos pueblos, estos «inventarios» se convertían en la antesala del cierre total del templo y de la expulsión del párroco.
La persecución se intensificó: los sacerdotes que eran expulsados, comenzaban a celebrar misas clandestinas, mismas que se multiplicaron por todo el país. Este hecho, activó toda una inmensa red de vigilancia por parte del Estado, que tenía como objetivo la caza y el arresto de aquellos sacerdotes y de todos aquellos que les ayudasen.
Fue entonces cuando surgió una respuesta inesperada desde los sectores rurales y populares: el levantamiento cristero. Gritando “¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”, miles de hombres, mujeres y hasta niños, tomaron las armas en defensa de su fe. Tal fue la espontánea respuesta del pueblo mexicano contra lo que muchos percibían como una agresión directa al corazón mismo de la nación: su fe católica.
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Beato Anacleto González Flores (1888–1927)
El beato Anacleto González Flores, fue un maestro y líder laico mexicano nacido en Villa Guerrero, Jalisco, figura clave en la organización y defensa pacífica de los católicos durante la persecución religiosa de la llamada «Cristiada».

Anacleto también fue el Fundador y líder de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), desde donde promovió la defensa de la fe a través de medios no violentos, como la difusión de literatura, oraciones y resistencia civil.
A la par, fue fundador y editor de la revista «La palabra», revista que se convirtiera en un medio clave para denunciar la persecución religiosa. El objetivo de esta revista, era el informar, animar y organizar a los católicos mexicanos mediante la difusión de doctrina, noticias sobre la persecución y brindar recursos espirituales, como la promoción de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
La revista no se vendía abiertamente al público, sino que era más bien de distribución secreta, única manera posible de circunvalar las prohibiciones establecidas por el Gobierno antirreligioso de Calles.
Por ser un medio articular en la defensa de la libertad religiosa y por ayudar a fortalecer el ánimo de los católicos en medio de la persecución que arreciaba día tras día, Anacleto fue blanco de la persecución directa, acusado falsamente de incitar a la rebelión, muy a pesar de que la revista exponía sus argumentos desde una perspectiva pacifica. Debido a esta falsa acusación, la revista fue finalmente intervenida y clausurada.
La clausura fue parte en realidad, de una ofensiva para desmantelar las redes de resistencia laica. Sin este medio de comunicación, los católicos perdieron una de sus herramientas más poderosas para informarse, organizarse y mantener la moral alta en medio de la persecución.
Ya por aquellos días el Gobierno había intensificado la persecución contra todos aquellos percibidos como líderes, de manera especial, contra aquellos que influían de manera intelectual o espiritual. Es en este contexto, que el 29 de marzo de 1927, Anacleto González Flores es finalmente arrestado junto con otros compañeros, entre ellos Luis Padilla Gómez, Joaquín Silva y Miguel Gómez Loza.
Durante su encarcelamiento, a fin de hacerlo delatar a los demás miembros de la red católica, Anacleto fue sometido a diversas torturas, que no lograron arrancar palabra alguna de su boca. Uno de los soldados que lo vigilaba, impresionado por su serenidad, le preguntó:
— ¿Por qué no te defiendes, por qué no gritas, no te rebelas?
Anacleto respondió con calma:
— Mi defensa está en Dios. No tengo miedo porque sé que lucho por la verdad y la justicia. No busco violencia ni odio, sino que mi sangre sirva para la reconciliación de México.
Esta actitud de Anacleto, terminó por desconcertar a sus captores, pues esperaban estos ver a un hombre quebrado, resentido o agresivo. Muy por el contrario, se encontraron con un líder pacífico, lleno de paz interior, que incluso perdonaba a sus verdugos.
Luego de los fallidos intentos de obtener «confesiones», Anacleto, sin mediar un juicio justo, fue condenado al paredón. Antes de su martirio, Anacleto escribió una carta a sus familiares y amigos en la que les pedía:
“No guardéis rencor, sino amor y oración por quienes nos persiguen. La victoria es de Cristo Rey.”
Al momento de ser fusilado, Anacleto, como muchos otros mártires del Sagrado Corazón gritó:
Yo muero pero Dios no muere. “¡Viva Cristo Rey!”
Su cuerpo fue arrojado a una fosa común junto con el de otros mártires, pero sus familiares y amigos lograron – no sin interminables gestiones – recuperarlo. Actualmente sus restos se encuentran en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en Guadalajara, en un lugar especial que honra su memoria.
Padre Miguel Pro (1891–1927)
El padre Miguel Pro, fue un sacerdote Jesuita mexicano, quien destacó por su ingenio y valentía durante la persecución religiosa acaecida en México, conocida históricamente como la «Guerra Cristera».
Nació en Guadalajara. Después de varios años de formación católica en el exilio (pues en México ya existía un entorno hostil contra los Jesuitas) fue ordenado sacerdote en Bélgica en 1925.
A pesar de lo complicado de su salud (el padre Pro padecía una gastritis crónica avanzada), decide – en plena efervescencia anticatólica del gobierno de Calles – regresar a México.
“Allí donde los hijos de la Iglesia sufren, allí quiero estar yo.”
En algunas oportunidades, tan así se complicaba su estado de salud, que sus superiores dudaron en permitirle el regreso a México, a lo que él respondió:
“Quiero morir en mi tierra, sirviendo a Cristo.”
El padre Pro regresó a México en Julio del año 1926. Ya para ese entonces, el gobierno de Calles, había ordenado el cierre de los templos, el arresto de los sacerdotes y la represión de la práctica religiosa pública.
Para evitar ser arrestado, el padre Pro tuvo que echar mano a su astucia, haciendo gala de un gran ingenio improvisador. Una vez, sabiendo que era perseguido por un grupo de «*secretas», entró corriendo al interior de un callejón, en donde ensuciándose la ropa y el rostro con tierra, pretendió ser un borracho más de los que allí habían, logrando con esto eludir a sus perseguidores.
Utilizaba mayormente taxis para movilizarse entre «casas seguras» (casas de amigos y personas comprometidas con la causa cristera).
En otra oportunidad, mientras caminaba por la ciudad (probablemente en la zona de la colonia Roma), sintió que lo seguían los «secretas». Rápidamente, y con su típica calma interior, vio a una joven caminando sola por la calle. Se le acercó sin aviso, le tomó del brazo con total naturalidad y le dijo en voz baja:
«No te asustes, hija. Me están siguiendo. Ayúdame a parecer tu novio. Sino me matan…»
La joven, aunque sorprendida, comprendió la situación al instante. Siguieron caminando como si fueran una pareja normal, tomados del brazo, conversando como si nada. Los agentes pasaron de largo. Una vez seguros, él le dio las gracias, la bendijo discretamente y se alejó para continuar su misión: Seguramente, llevar el Santísimo Sacramento a algún enfermo o a celebrar alguna Misa.
En los últimos meses de 1927, el gobierno de Plutarco Elías Calles ya lo tenía en la mira. Lo consideraban una amenaza, no por usar armas ni fomentar el levantamiento armado, sino por su capacidad de mover almas, su carisma y su acción pastoral clandestina.
En ese tiempo, también crecía la resistencia cristera en el campo, y en la ciudad hubo intentos de rebelión civil, incluyendo un atentado fallido contra el expresidente Álvaro Obregón el 13 de noviembre de 1927.
Ese día, un grupo de jóvenes intentó matar a Obregón con una bomba pero fracasaron. Uno de los autos usados en el intento había sido propiedad del hermano del padre Pro, Humberto Pro. El vehículo fue localizado poco después del ataque. El gobierno no pudo encontrar mejor pretexto para ordenar el arresto de los tres hermanos Pro: Miguel, Humberto y Roberto. Cabe resaltar aquí, que el padre Pro, no tuvo ni conocimiento ni vínculo alguno con aquel atentado. El arresto tuvo lugar el 18 de noviembre.
Así, con los supuestos artífices del atentado bajo arresto (y decimos supuestos pues jamás se presentaron pruebas contra ninguno de ellos), Calles ordena la sentencia de ejecución directa «por conspirar contra el gobierno», sin mediar juicio alguno ni defensa posible.
A fin de evitar la intervención de cualquier entidad, ya sea local o extranjera, el proceso se expeditó tan ilegalmente y de tal manera, que su fusilamiento fue programado para el 23 del mismo mes.
El hecho tuvo lugar en el patio de la Penitenciaría de la Ciudad de México. El padre Pro salió tranquilo, con su sotana negra y un rosario en la mano, rechazó que le vendaran los ojos y pidió permiso para rezar. Se arrodilló unos momentos, besó su crucifijo y murmuró oraciones al Sagrado Corazón de Jesús. Después de rezar, abrió los brazos en forma de cruz, miró de frente a sus verdugos y gritó con voz clara:
«¡Viva Cristo Rey!»
Plutarco Elías Calles, profundamente anticatólico, ordenó que la ejecución fuera fotografiada paso a paso. Por ello, la ejecución del padre Pro, es posiblemente uno de los fusilamientos mejor documentados gráficamente que existen, mediante una secuencia de fotos que se viralizó – por así decirlo – de tal manera, que repercutió en el ámbito internacional, impactando la opinión pública y exponiendo la brutal represión del gobierno mexicano.

Aunque las fotografías del martirio del padre Pro, tenían por intención el intimidar a los católicos y al movimiento cristero, tuvieron mas bien el efecto contrario; pues no solo avivaron el fervor cristero, sino que también, despertaron en muchos, el espíritu combativo del Cristiano, el que ahora encontró una razón de peso para combatir directamente la persecución. Que no este de más decir, que la secuencia fotográfica, generó el repudio internacional. En pocas palabras, lo que según Calles planeó como una victoria propagandística, terminó convirtiéndose en uno de los mas grandes golpes a su legitimidad moral.
*Los “secretas” fueron agentes encubiertos del gobierno de Plutarco Elías Calles, una especie de policía secreta y red de informantes civiles, encargados de detectar, infiltrar y delatar actividades religiosas «ilegales» durante la Cristiada. Su existencia fue clave para la represión del culto católico.
José Sánchez del Río (1913-1928)
José Sánchez del Río es sin duda uno de los mártires más emblemáticos y conmovedores de la Guerra Cristera, conocido más comúnmente como “el niño mártir”, encarna la valentía y la fe frente a la persecución.

Nació en Sahuayo, Michoacán, mostrando desde pequeño una profunda fe católica y un amor grande por su país. Durante la guerra, se enlistó en el ejército Cristero, donde recibió el apodo de «pequeño roque» debido a su gran determinación (en referencia a San Roque González de Santa Cruz, un misionero jesuita mártir en América del Sur durante el siglo XVII). Llevó a cabo tareas de mensajería y de apoyo en el campo de batalla, demostrando siempre gran valor y lealtad.
A principios de febrero de 1928, cerca de Cotija, Michoacán, durante un enfrentamiento entre los cristeros y las fuerzas del gobierno, el caballo del general cristero Prudencio Mendoza fue alcanzado por una bala y cayó herido. José, que estaba asignado como «mozo de espuelas» (asistente personal del general), vio que a la distancia, un grupo de enemigos se había percatado del incidente y se apresuraba para capturar al general. José, viendo que su superior estaba en peligro y, sin pensarlo dos veces, le ofreció su propio caballo para que escapara.
— “¡Tome usted mi caballo, mi general! ¡Yo me quedo!”
— “¡No José, tú eres tan solo un niño!”
Pero José, con total decisión, lo miró a los ojos y respondió:
— “Usted tiene más responsabilidad. Váyase. Si me capturan, que sea por Cristo.”
Ante esa determinación, el general, conmovido y sin más opción, aceptó montar en el caballo del niño, logrando así escapar del enemigo, para seguir comandando a los Cristeros. Al quedarse a pie en el campo de batalla, José fue pronto capturado por los soldados federales, recibiendo el trato de «Cristero».
Lo llevaron prisionero a su pueblo natal, Sahuayo, con la intención de escarmentarlo públicamente. Fue encarcelado en la sacristía del templo local y presionado durante días para que renunciara a su fe y delatara a otros cristeros. Le ofrecieron la libertad a cambio de colaborar… pero él se negó rotundamente. Incluso, en el cautiverio, le escribiría a su madre:
“Mamita:
Me capturaron en combate, creo que voy a morir pronto. No te preocupes por mí. Estoy totalmente resignado a la voluntad de Dios.
No te preocupes por mi muerte, que me da gusto. Muero muy contento, porque muero en la raya.
No me aflojes, ni le des flojera a mis hermanos. Tú aguanta, que todo es por Cristo Rey.
Nos vemos en el Cielo.
Tu hijo que te ama,
José.”
La noche del 10 de febrero de 1928, lo sacaron con su rosario en la mano para llevarlo a empellones y a puntazos de bayoneta al cementerio del pueblo. Lo llevaron caminando: sus captores, previamente le habían torturado hollando la planta de sus pies. Así, el pequeño mártir dejaba su sangre a cada paso del camino. La soldadesca, a modo de sorna le decía:
Vamos niño… grita “¡Muera Cristo Rey!” y te dejamos vivir.
Pero él respondía una y otra vez:
“¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!”
Habiendo llegado al cementerio luego de la penosa marcha, uno de los soldados que le conocía desde pequeño, no pudiendo soportar la escena, quiso terminar con todo sin mediar más, a lo que José con calma respondió:
«Tú, si me matas, solo me abres las puertas del Cielo. Nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo como ahora.»
Entonces el niño se puso de rodillas, con su propia sangre trazó una cruz en la tierra, y pronunció por última vez: “¡Viva Cristo Rey!”, recibiendo luego el cobarde y criminal disparo que terminaría con la vida de nuestro mártir.
El pueblo entero lloró la muerte del niño y verdaderas multitudes se acercaron al cementerio. Muchos recogieron tierra – a manera de reliquia – del lugar mismo donde el niño había sido martirizado.
Sus restos se conservan en el templo del Sagrado Corazón de Jesús en Sahuayo. Fue proclamado Santo patrono de la juventud mexicana el año 2016.
Beato Luis Batiz Sáinz (1870–1926)
El beato Luis Batiz Sáinz nació el 13 de septiembre de 1870 en Zacatecas, México, en el seno de una familia católica profundamente arraigada en la fe. Desde joven mostró inclinación por la vida religiosa, ingresando al seminario local y ordenándose sacerdote en 1894. Fue un hombre de gran cultura, elocuente en la predicación y muy dedicado al servicio pastoral y educativo.
Desarrolló su ministerio sobre todo en el estado de Zacatecas, especialmente en Chalchihuites, donde se convirtió en una figura muy querida. Fue director espiritual del seminario de Zacatecas, y trabajó con intensidad en la formación de jóvenes y en la promoción de vocaciones. Además, se destacó por su obra catequética y por su caridad con los pobres.
En 1925, se convirtió en uno de los fundadores de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) en su región, viendo en ella un medio para preparar a los jóvenes a vivir y defender su fe en tiempos de persecución.
Tras las Leyes Calles, que imponían severas restricciones al culto católico (prohibición de escuelas religiosas, clausura de seminarios, registro obligatorio de sacerdotes), el episcopado mexicano suspendió el culto público en señal de protesta el 31 de julio de 1926.
Pocos días después, comenzaría la oleada de arrestos y ejecuciones arbitrarias. El P. Luis Batiz fue uno de los primeros sacerdotes asesinados por el régimen, lo que lo convierte en uno de los protomártires de la Cristiada.
El 1 de agosto de 1926, apenas un día después de que el episcopado mexicano suspendiera el culto público como respuesta a la Ley Calles, fue arrestado sin juicio por el ejército federal, acusado sin pruebas de fomentar la resistencia armada. Aunque no se le pudo probar participación alguna en actividades subversivas o armadas, se le acusó falsamente de estar implicado en la supuesta planificación de una rebelión religiosa. En realidad, su «delito» fue haber seguido evangelizando y celebrando los sacramentos en un contexto donde el Estado ya consideraba eso un acto sedicioso.
Cuatro días después, el 15 de agosto de 1926, día de la Asunción de la Virgen María, fue fusilado sin juicio en el camino que va de Chalchihuites a Fresnillo, junto a tres laicos miembros de la ACJM: Manuel Morales, David Roldán y Salvador Lara, quienes lo acompañaron voluntariamente en su martirio. Murió rezando por sus verdugos, con una profunda paz y fidelidad a Cristo hasta el final. Con el Rosario en la mano, gritó “¡Viva Cristo Rey!”, la consigna que se volvería símbolo del movimiento cristero. Según testigos, bendijo a los jóvenes laicos antes de morir, agradeciendo su valentía.
Su ejecución sin juicio, junto a tres laicos comprometidos, fue un mensaje intimidatorio del gobierno que tuvo el efecto contrario: encendió el fervor y la resistencia de miles de católicos en todo el país.
El P. Luis Batiz Sáinz fue beatificado el 22 de noviembre del año 1992 en la Basílica de San Pedro, junto a otros 24 mártires mexicanos. La memoria litúrgica del Beato Luis Batiz y sus compañeros mártires se celebra el 21 de mayo, aunque el martirio de Batiz ocurrió el 15 de agosto. Su figura ha sido promovida en particular por los grupos de la ACJM y la pastoral vocacional en México.
