En 1793, mientras la Revolución Francesa se abría paso por la espada; la sangre de miles de civiles contrarios a esta impía revolución, corría por las calles de Francia. Entre los años de 1972 y 1973, la guillotina comenzaría a trabajar ya sin descanso. Durante el periodo llamado del Terror (1793–1794), se ejecutaban personas por miles, incluyendo mujeres, ancianos y niños. Así, la radicalización del gobierno revolucionario y el avance del terror anticristiano finalmente dejaban ver sus verdaderos colores de persecución religiosa, misma que estaba a punto de llegar a su momento culmen: El 21 de Enero de 1793, el rey Luis XVI habiendo sido hallado culpable (entre otros cargos) de «Intento de restaurar la monarquía absoluta», fue guillotinado públicamente en la llamada plaza de la Revolución (hoy Place de la Concorde) en París.
Persecución religiosa
Aun antes de este infame evento, el tinte de persecución religiosa ya había quedado de manifiesto: miles de sacerdotes, monjas y laicos fieles a la Iglesia, fueron perseguidos, guillotinados, fusilados y masacrados sin descanso, por negarse a jurar la Constitución Civil del Clero (el número de sacerdotes muertos durante la revuelta se estima que unos 12,000 ).

Iglesias, conventos y monasterios a lo largo y ancho de toda Francia, eran intervenidos, clausurados y sus propiedades confiscadas. El 10 de Noviembre de 1793, durante la «Fiesta de la Diosa Razón» la catedral de Notre Dame de París, fue convertida en el «Templo de la Razón», así, todas las imágenes religiosas fueron removidas. La imagen de Nuestra Señora, a quien estaba dedicada la catedral, fue también quitada: en su lugar se colocó a una prostituta, mujer que representaba a la «diosa Razón», encarnación de la nueva religión revolucionaria que deificaba la razón humana y negaba el culto cristiano. Posteriormente fue paseada en andas como si fuera una procesión religiosa, coronada con un gorro frigio (símbolo revolucionario), y recibida con cantos y bailes profanos. Actos como este, que buscaban hacer burla de la verdadera Fe, ocurrían a diario a lo largo y ancho de toda Francia.
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El 11 de Marzo de 1793, agentes del Gobierno Revolucionario llegaron a la aldea de Saint-Florent-le-Vieil. Tenían por misión, la leva obligatoria de 300,000 hombres. La reacción del pueblo fue inmediata: con los gritos de «¡Viva el Rey!» y «¡Viva la religión!» se negaron a obedecer y expulsaron a los reclutadores. La noticia de este levantamiento, correría como un verdadero reguero de pólvora por toda aquella región, la que bien pronto, vino a organizarse, aunque de manera un tanto calamitosa al principio, pues los improvisados contra revolucionarios carecían de cohesión y de estrategia militar.
Jacques Cathelineau (1759–1793)
Hombre de corazón sencillo y humilde, era conocido por sus seguidores como «el santo de Anjou». Antes de la Revolución, trabajaba como modesto, pero muy piadoso cartero. Era un líder natural que lograba reunir a los hombres con su sola palabra.
Siempre andaba descalzo y rezaba el Rosario frente a los suyos. Ayunaba, frecuentaba la Eucaristía y era visto por sus compañeros como un cristiano auténtico, guiado más por la fe que por ambiciones militares.
Cuando estalló la insurrección, fue el primero en levantarse, por ello es considerado el corazón del levantamiento. Tomó las armas para proteger a los sacerdotes perseguidos, las iglesias profanadas, y la libertad de culto de su pueblo.
Fue nombrado generalísimo del ejército católico y real tras las primeras victorias. Bajo el grito de «¿Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» Iniciaba sus cargas contra el enemigo. Fue herido de muerte durante el fallido asedio de Nantes.
Maurice d’Elbée (1752–1794)
Se trataba de un noble de origen franco-alemán que se unió a la causa tras el levantamiento de Saint-Florent-le-Vieil. Fue elegido para suceder a Cathelineau como comandante general de las fuerzas católicas. Era considerado por enemigos y propios como un estratega piadoso. Así, imponía disciplina Cristiana entre sus hombres: prohibiendo terminantemente las represalias contra los prisioneros, a los que muchas veces llegaba incluso hasta liberar sin antes decirles «Yo te perdono como Cristo perdonó desde la cruz». También fue herido durante el fallido asedio de Nantes y ejecutado pocos días después en una silla, pues la gravedad de sus heridas le impedían mantenerse de pie. Negándose a delatar a sus compañeros, fue fusilado el 6 de Enero de 1794 junto a otros 12 oficiales católicos. Sus últimas palabras fueron: «Señor, perdónalos; no saben lo que hacen.»
Henri de La Rochejaquelein (1772–1794)
Considerado como «Santo y caballero» por muchos , fue uno de los líderes mas jóvenes de la contrarrevolución: Con solo 21 años fue nombrado general de las fuerzas católicas. Tras la ejecución y muerte de d’Elbée, este joven noble considerado valiente, carismático, apasionadamente católico y monárquico, fue nombrado su sucesor. Antes de los combates, arengaba a sus tropas gritándoles:
«¡Si avanzo, síganme; si retrocedo, mátenme; si muero, vengadme!»
A pesar de su juventud, impresionó a todos por su valentía temeraria, honestidad, y amor por sus soldados. Sus fuerzas tomaron parte en decenas de batallas, viendo tanto la victoria como la derrota, y recorrió a pie largas distancias junto a su tropa, sin ningún tipo de privilegios.

A comienzos de enero de 1794, La Rochejaquelein estaba reorganizando a los últimos focos de resistencia en la zona de Nuaillé. Había reducido sus fuerzas al mínimo por razones estratégicas, y se movía casi sin escolta, sin uniforme ni insignias militares visibles, cuando su grupo fue sorprendido por una patrulla enemiga, que lo reconoció de inmediato por su porte. Identificándose como oficial (con la esperanza de ser tomado prisionero) pidió parlamentar, recibiendo de inmediato – en un verdadero acto de traición a la virtud militar- un disparo en el rostro.
François-Athanase Charette de La Contrie (1763–1796)
«Combato por Dios y por el Rey.»
Fue uno de los más brillantes y temidos jefes del levantamiento católico y realista en la Vendée durante la Revolución Francesa. Oficial de la Marina Real, convertido en general del pueblo, encarnó la resistencia valiente, tenaz y profundamente cristiana contra el terror de los revolucionarios.
Al igual que muchos otros nobles que en un inicio juraron fidelidad al nuevo orden constitucional, vio con preocupación cómo la Revolución degeneraba en persecución religiosa, odio de clases y violencia política.
En 1792, cuando finalmente pudo ver a las claras que servir a la nueva república implicaba luchar contra su fe, su rey y perseguir a su pueblo, decide abandonar el ejército.
Se retira discretamente a su propiedad en la región de Retz, donde pretendía mantenerse alejado de las luchas. Hasta allí, llegaría a tocar su puerta, un grupo de campesinos para pedirle que tomara el mando y los liderara:
“¡Usted conoce la guerra! ¡Sabe mandar! ¡Nosotros queremos pelear, pero necesitamos un jefe cristiano!”
Se mantuvo reacio al principio, pero al ver la fe, el coraje que no la desesperación de aquella gente sencilla, no pudo vivir su retiro en paz. Así decide tomar un breve periodo de aislamiento, que le serviría para ejercitar la oración y la reflexión. Finalmente, movido por el deseo profundo de proteger al inocente, a los sacerdotes y a las familias perseguidas por el odio a la fe, acepta en convertirse en su líder:
“Si el Cielo me lo pide, no me rehusaré a combatir.”
Es de esta manera; con apenas unos cientos de campesinos mal armados, que nació una de las guerrillas más heroicas de la historia moderna de Europa.
Charette se destacó por su inteligencia táctica, su conocimiento del terreno y su coraje personal. Con el apoyo masivo de campesinos fieles, practicaba la guerra de guerrillas: Capitalizó su conocimiento del terreno para golpear y retirarse con rapidez. Empleando la misma táctica, protegía aldeas, conventos ocultos, sacerdotes perseguidos, y misas clandestinas. Charette protegía a estos religiosos como si fueran joyas preciosas. Los escondía, los escoltaba, y garantizaba su libertad para celebrar la Eucaristía en secreto.
Se cuenta que, en algunas noches de luna nueva, campesinos caminaban horas en silencio hasta una gruta o un bosque, donde un sacerdote celebraba misa con un cáliz escondido en una caja de madera. Charette mismo montaba guardia cerca, con sus hombres.
Profundamente creyente, nunca se separó de su crucifijo. Antes de las batallas, todos sus soldados tenían que rezar el Rosario. Luego, tras la victoria, respetaba a los enemigos vencidos, y evitaba las represalias innecesarias.
Finalmente, tras años de guerra y de resistencia, la insurrección en la Vendée estaba prácticamente sofocada. Además, muchos líderes católicos habían sido asesinados, capturados o habían rendido las armas. Charette sin embargo, decidió resistir hasta el fin… y no se rendía, pues se negaba a firmar acuerdos que excluyeran la libertad religiosa y el retorno del rey.
Sus reducidas fuerzas fueron acosadas día y noche durante meses por las tropas republicanas bajo el mando del general Hoche, en un terreno que se volvía cada vez más inhóspito y contando cada vez con menos recursos. Aun así, seguía protegiendo sacerdotes y organizando misas secretas cuando era posible.
El 23 de marzo de 1796, fue herido de bala en la cara y la pierna, a consecuencia de una emboscada muy bien planeada. Casi desangrándose, fue capturado por tropas republicanas, junto con algunos de sus fieles mas cercanos.

Fue trasladado a Nantes, bastión del poder revolucionario. Estaba extenuado, pero sereno. Allí fue juzgado sumariamente por un tribunal militar que lo acusó de fidelidad al rey y a la Iglesia, de desobediencia al estado y de rebelión armada.
No negó ninguno de los cargos y confesó sin temor:
Sólo me arrepiento de no haber hecho más por defender a mi Dios y a mi rey.
El 29 de marzo de 1796, fue llevado al cadalso. Charret, vistiendo un uniforme blanco (el de los insurgentes del Sagrado Corazón de Jesús) caminó hacia él con paso firme y con el Rosario en la mano. Su último deseo fue recibir la Comunión y el que se le permitiese rezar por algunos minutos, luego de los cuales, besó un crucifijo y perdonó a sus verdugos. Antes de su fusilamiento dijo:
Cuando se ha sabido vivir como cristiano y como caballero, se sabe morir de la misma manera. ¡Muero por Dios y por el Rey!
Acto seguido, la descarga de una andanada de disparos de fusil, terminó con su vida. Charette tenía 33 años.
El padre Noël Pinot (1747-1794)
Es realmente impresionante el caso del padre Noël Pinot, quien fuese párroco de la diócesis de Angers (al sudoeste de París). Pinot fue un sacerdote fiel a Cristo y a Roma, por esta razón rechazó manifiestamente la Constitución Civil del Clero, que exigía jurar lealtad al nuevo régimen revolucionario antes que a la Iglesia.
El padre Pinot fue arrestado en secreto mientras celebraba una misa clandestina en casa de una familia de campesinos que lo protegía. Lo arrastraron por las calles de Angers con la sotana puesta y los ornamentos litúrgicos, para hacer burla de él.
Acusado de «rebelión contra la República», fue guillotinado vistiendo la ornamenta sacerdotal el 21 de febrero de 1794, mientras pronunciaba las palabras del ofertorio de la misa:
Introibo ad altare Dei, ad Deum qui lætificat juventutem meam. (Subiré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud).
Fue beatificado por el Papa Pío XI en 1926, junto a otros mártires de la Revolución Francesa. Su fiesta se celebra el 21 de febrero.
Las Carmelitas Mártires de Compiègne (1794)
Es el año 1794 y la revuelta en París está en plena ebullición. Las cabezas ruedan interminables bajo la guillotina todos los días. En las calles, se oyen gritos de “¡Viva la República!”. Es el tiempo del Terror.
En medio de esta tormenta, en la ciudad de Compiègne, un grupo de mujeres vive apartado del mundo. Son las carmelitas descalzas. Rezan y trabajan en silencio, llevando una vida de contemplación.
Cuando en 1790 se decreta la supresión de todas las órdenes religiosas y la abolición de los votos religioso, todos estos grupos reciben la orden de dispersarse. Esta ley tenía obviamente el carácter de obligatoriedad. Sin embargo, la mayoría del clero se mostró reacio a cumplir con aquellas normativas. Por ello, en 1791, la revolución decide imponer la Constitución Civil del Clero, que obliga a sacerdotes y religiosos a jurar fidelidad al Estado por encima de la Iglesia. Los que no jurasen, se volvían automáticamente en «refractarios»», y eran vistos como enemigos de la Revolución.

Las Carmelitas de Compiègne se mantuvieron en su convento durante un tiempo, aunque ya habían sido obligadas a dejar sus hábitos y vivir como civiles. Aún así, siguieron reuniéndose, rezando en común y manteniendo su vida comunitaria de forma más o menos clandestina. Viven en secreto, rezan por los que las persiguen.
Una noche, la priora, la Madre Teresa de San Agustín, hizo la siguiente proposición a todas las hermanas del convento:
“Ofrezcámonos como víctimas para aplacar el furor de esta Revolución.”
Y todas respondieron que sí.
Es en este contexto que la comunidad de monjas fue delatada e intervenida un 22 de Junio de 1794. Todas las hermanas, las 16 de ellas, fueron entonces arrestadas y trasladadas a París, a la prisión de la Conciergerie, misma en la que también estuvo presa María Antonieta. Fueron juzgadas sumariamente y halladas culpables de «Fanatismo, superstición, conspiración contra la libertad y posesión de objetos subversivos (escapularios, rosarios, estampas, etc.)». Es en esta prisión, en la que esperarían en medio de rezos y cánticos su traslado a la plaza de la Revolución.
El 17 de Julio de 1794 por la mañana, son subidas toscamente a una carreta. Las hermanas cantaban himnos en latín como el Salve Regina, Veni Creator, entre otros, pero sobre todo, el Te Deum (A ti, Dios).
Al llegar a la plaza, nuevamente de manera brutal, son empujadas y agrupadas frente al cadalso. La madre Teresa va por delante. Antes de morir, cada monja renueva su profesión religiosa, besando una imagen del Sagrado Corazón de Jesús que llevaban entre sus ropas y pidiendo luego permiso a la superiora para morir…
Dieciséis veces caería la guillotina esa mañana, aplacando una tras otra, las voces de aquel grupo de monjas, que se había ofrecido como sacrificio para aplacar el odio revolucionario y lo habían hecho entonando un himno de agradecimiento al Señor «Te Deum»:
Te Deum laudamus, te Dominum confitemur. Te aeternum Patrem, omnis terra veneratur.
Tibi omnes angeli,tibi caeli et universae potestates; tibi cherubim et seraphim incessabili voce proclamant:
Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt caeli et terra majestatis gloriae tuae.
Diez días después, el infame Robespierre cae también guillotinado, y el Terror finalmente termina. Muchos vieron en la sangre de esas monjas el acto final que selló la locura revolucionaria. Así, el testimonio de 16 hermanas carmelitas, conmovió a creyentes y no creyentes.
*El Reino del Terror duró aproximadamente desde septiembre de 1793 hasta julio de 1794, es decir, unos 10 meses. Durante ese tiempo, el Comité de Seguridad Pública, liderado por Robespierre, llevó a cabo purgas y ejecuciones masivas para eliminar a los enemigos de la Revolución.
