Mes de Noviembre en sufragio de las benditas almas del purgatorio – Día Undécimo


Dispuesto por el canónigo Francesco Vitali, Arcipestre de Fermo, y publicado en Sevilla por la Imprenta y librería de D. Antonio Izquierdo en 1858. Reimpreso en Madrid en 1863.

En el nombre del Padre ✠, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo ✠. Amén.

Postrados en la presencia de Dios con el mayor fervor de espíritu, supliquémosle que nos asista en el ejercicio de esta sagrada devoción, diciendo:

Disponed, Señor, y confortad nuestras almas con la abundancia de vuestra gracia, para que penetrando en la penosa cárcel del Purgatorio, con afectos de fe, caridad y compasión podamos procurar a los fieles difuntos la mayor abundancia de sufragios que redunde en favor suyo, gloria vuestra y provecho de nuestras almas. Amén.

DÍA 11 DE NOVIEMBRE
MEDITACIÓN: CONSUELO Y TORMENTO DE LA ESPERANZA.

PUNTO PRIMERO

La esperanza sirve unas veces de consuelo, otras de tormento al corazón humano. Ninguno espera tanto como las almas del Purgatorio, y ninguno se resiente más que ellas de las contrarias impresiones de afecto tan violento. El objeto de sus esperanzas es Dios, Dios, que se promete y se da por merced al justo; y si en consideración de tan grande premio los mayores santos del antiguo y nuevo Testamento rebosaban de júbilo entre la más acerbas desgracias de la vida y las mas fieras persecuciones de los tiranos, mucho más las almas del Purgatorio, en medio de los tormentos de aquella cárcel dolorosa, experimenta alivio y consuelo al considerar que allí a poco Dios vehemente enjugará sus amargas lágrimas de dolor, y se engolfarán en un mar de delicias en el seno del sumo Bien. ¿Por qué nosotros en las tribulaciones de la vida no levantamos los ojos al Cielo, y no nos animamos a sufrir con paciencia aquellas penas que serán recompensadas con tan grande gloria.

 

PUNTO SEGUNDO

Pero la esperanza es tanto más consoladora cuanto más cierta; ¿y quién puede explicar dignamente la seguridad con que las almas del Purgatorio esperan la posesión de Dios? Ellas dan una ojeada al eterno decreto de la divina predestinación, y se ven elegidas de antemano para la gloria eterna; se acuerdan de las promesas de Jesucristo, y adornadas de la gracia no pueden dudar de ser juntamente con Él herederas de su bienhadado reino; contemplan las obras que hicieron en vida y se prometen la inmortal corona de justicia, de que no puede defraudarlas el Juez supremo: sobre cuyo triple fundamento se consolida en tal manera su esperanza, que no solo se desvanece toda desconfianza y temor, sino que también se desarrolla toda la fuerza y la eficacia de un goce próximo a obtenerse y que no puede faltar. ¡Oh, qué soberano consuelo! ¡Oh, qué áncora tan firme y tan segura para el Purgatorio! Y nosotros, ¿de qué tenemos mayor fundamento de tener o de esperar? ¡Oh pensamiento profundo, que debe poner en agitación todo nuestro espíritu!

 

PUNTO TERCERO

Como quiera que estén segurísimas las almas del Purgatorio de poseer a Dios, sin embargo este soberano Señor difiere el comunicarse a ellas hasta que no estén enteramente purificadas de toda mancha, para que esta misma dilación redoble y acreciente el ardor de sus ansias, y ensanchándose el ánimo con multiplicarse y sucederse los deseos, se haga más vasto y capaz de poseer y gozar un bien infinito. De este modo, si la certidumbre de la esperanza por una parte consuela, por otra aflige la dilación del bien deseado, y a manera de un verdugo doméstico atormenta y martiriza con aquellos mismos deseos, que forman el alimento y la vida de la esperanza. De aquí es que este suplicio es tanto mayor cuanto es mayor el objeto que se espera, y tanto más violento cuanto mas intenso el amor que se le profesa. No hablo, dice San Agustín, a los mortales fríos e insensibles; pero dadme un corazón que ame, un corazon que espere el soberano Bien; dadme un corazón tal, y sentirá toda la fuerza de lo que digo.

 

ORACIÓN

Nosotros, oh Señor, aunque fríos e insensibles, conocemos el duro contraste que deben sufrir las almas del Purgatorio por los contrarias efectos de la esperanza que nutren de Vos. ¡Ah! Vos, que sois como el Dios de la esperanza asi también del consuelo y de la paz, aquietad y contentad su espíritu. Poned fin a la larga dilación que las atormenta. Gocen de Vos, que hasta ahora fuisteis el soberano objeto de su esperanza. Lleguen por último a Vos, oh gran Dios, pues con poseeros serán plenamente consoladas y felices para siempre.

EJEMPLO: En el seráfico convento de la Concepción de las islas Canarias, habiendo pasado a mejor vida el gran siervo de Dios Fr. Juan de Vila el año 1641, el buen lego Ascenso, que como enfermero le había asistido con mucha caridad en su última enfermedad, estaba haciendo algunos sufragios por su alma, cuando en el mayor fervor de su oracion fue sobrecogido por la aparición de un religioso de su orden rodeado de muy resplandecientes rayos que le ofuscaban la vista. Dos veces se dejó ver y dos veces desapareció aquel espíritu maravilloso sin romper el silencio: pero en la tercera, animándose el enfermero dijo: «¿En el nombre de Dios os pregunto: ¿quién sois vos, y qué deseáis de mí?». A lo el espíritu respondió: «Yo soy el alma de Fray Juan, por quien pedís, y vengo con divino permiso a revelaros que he sido elegido para el Cielo, de! cual son los resplandores que me rodean. Bendigo y doy gracias al Señor por su infinita misericordia para conmigo, mas entre tanto sufro el más cruel martirio de una larga dilación en pena de haber omitido algunos oficios de Réquiem que debía haber rezado en vida por mis hermanos difuntos. Por tanto, os ruego que por aquella bondad que habéis siempre usado conmigo, procuréis con la mayor solicitud posible se supla mi falta, para que quitando el impedimento llegue lo más pronto posible al goce del sumo Bien, que es el colmo de mis deseos». No bien había acabado estas palabras el espíritu aparecido, cuando el enfermero voló al Padre Guardián para informarle de la visión; y apresurándose Éste a llenar los deseos del difunto, convocó á capítulo todos los religiosos del convento, y habiéndoles referido brevemente el suceso ordenó que cada uno fuese a la Iglesia a rezar aquellos Oficios cuya omisión tenía detenido a su hermano en el Purgatorio. Así se hizo, y de allí a poco volvió rodeado de los más vivos resplandores y lleno de júbilo el espíritu a dar gracias al enfermero y a la religiosa comunidad por el favor recibido mediante el cual se iba a gozar eternamente de Dios. ¡Feliz él, y no menos felices nosotros si le podemos seguir! Mas, ¿Mas de quién depende sino de nosotros seguirle a aquella patria dichosa? Imitémosle en la santa conducta de la vida, y entonces participaremos de su celestial felicidad después de la muerte (Fray Francisco Aníbal Gonzaga OFM Obs., Del Origen y progresos de la Religión Seráfica, parte 4.ª, Provincia de Canarias, n. 7.)

Rezaremos cinco Padre nuestros, Ave Marías y Réquiem en memoria de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo en sufragio de los fieles difuntos (y particularmente de N.), suplicando al Eterno Padre que se apiade de sus almas por la Sangre que derramó su divino Hijo, diciendo cinco veces:

JACULATORIA: Eterno Padre, por la preciosísima Sangre de Jesús, misericordia. Padre nuestro, Ave María y Réquiem….

SUFRAGIO: Ego enim per síngulas horas et per síngulos dies deprécor Altíssimum nocte ac die (Esdras 9, 44). Al toque de cada hora hagamos experimentar a nuestros difuntos los efectos de la piadosa memoria que de ellos conservamos.

Siendo así que las penas de las almas del Purgatorio crecen a medida que se retarda el momento de llegar al Cielo, muchos fieles devotos se han impuesto una ley de procurarles nuevos sufragios a cada hora, y cuantas veces oyen el toque del reloj le acompañan con alguna breve oración que sirve de alivio a aquellas almas y acelera su libertad. Impongámonos también nosotros la misma ley, y al toque de cada hora recemos un Padre nuestro, un Ave María y un Réquiem en sufragio de las Almas de los difuntos, que nos quedarán bien agradecidos de la frecuencia con que de ellos nos acordáremos, y nos pagarán las preces de cada hora con obtenernos otras tantas bendiciones del Cielo.

Añadiremos un Padre nuestro y Ave María por los propagadores de esta devoción.

De profúndis clamávi ad te, Dómine: * Dómine, exáudi vocem meam:
Fiant aures tuæ intendéntes, * in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine: * Dómine, quis sustinébit?
Quia apud te propitiátio est: * et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo ejus: * sperávit anima mea in Dómino.
A custódia matutína usque ad noctem: * speret Israel in Dómino.
Quia apud Dóminum misericórdia: * et copiósa apud eum redémptio.
Et ipse rédimet Israël, * ex ómnibus iniquitátibus ejus.
℣. Requiem ætérnam dona eis, Dómine.
℞. Et lux perpétua lúceat eis.
℣. A porta ínferi.
℞. Erue, Dómine, ánimas eórum.
℣. Requiéscant in pace.
℞. Amen.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam.
℞. Et clamor meus ad te véniat.

ORACIÓN
Fidélium, Deus, ómnium Cónditor et Redémptor: animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum; ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, piis supplicatiónibus consequántur: Qui vivis et regnas in sǽcula sæculórum (Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras la remisión de todos sus pecados, al fin de que obtengan, por nuestras devotas oraciones, el perdón que siempre han deseado. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos). Amén.

℣. Requiem ætérnam dona eis, Dómine.
℞. Et lux perpétua lúceat eis.
℣. Requiéscant in pace.
℞. Amen.

***

Cuando se quieran hacer sufragios particulares por el alma de algún difunto se dirá algunas de las siguientes oraciones antes de la susodicha Fidélium Deus, con la cual se concluirá siempre.
Oración por un Sacerdote u Obispo: Deus, qui inter apostólicos Sacerdótes fámulos tuos pontificáli seu sacerdotáli fecísti dignitáte vigére: præsta, quǽsumus; ut eórum quoque perpétuo aggregéntur consórtio. Per Christum Dóminum nostrum (. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.

Por el Padre o por la Madre: Deus, qui nos patrem et matrem honoráre præcepísti: miserére cleménter animábus patris et matris meæ, eorúmque peccáta dimítte; meque eos in ætérnæ claritátis gáudio fac vidére (Oh Dios, que nos mandásteis honrar a padre y madre, compadecéos clemente de las almas de mi padre y de mi madre, perdonando sus pecados, y haced que pueda verlos en el gozo de la luz eterna. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.

N. B. Si son muchos los que hacen este ejercicio, donde se dice Patris et Matris meæ; se sustituirá Paréntum nostrórum, y donde meque se dirá nosque: si se pide solamente por el Padre se dirá animæ Patris mei o nostri; si por la sola Madre, animæ, Matris meæ o nostræ.

Por los hermanos, y por otros parientes o bienhechores: Deus, véniæ largítor et humánæ salútis amátor: quǽsumus cleméntiam tuam; ut nostræ congregatiónis fratres, propínquos et benefactóres, qui ex hoc sǽculo transiérunt, beáta María semper Vírgine intercedénte cum ómnibus Sanctis tuis, ad perpétuæ beatitúdinis consórtium perveníre concédas (Oh Dios, que concedéis el perdón y sois amáis la salvación de los hombres, os suplicamos vuestra clemencia; para que le concedáis a nuestros hermanos de congregación, parientes y bienechores, que partieron de este siglo, por la intercesión de la Bienaventurada siempre Virgen Santa María y con todos vuestros santos, llegar a ser consortes de la bienaventuranza perpetua. Por Jesucristo nuestro Señor).

Por un solo difunto: Inclína, Dómine, aurem tuam ad preces nostras, quibus misericórdiam tuam súpplices deprecámur: ut ánimam fámuli tui N., quam de hoc sǽculo migráre jussísti; in pacis ac lucis regióne constítuas, et Sanctórum tuórum júbeas esse consórtem.

Por una sola difunta: Quǽsumus, Dómine, pro tua pietáte miserére ánimæ fámulæ tuæ N.: et a contágiis mortalitátis exútam, in ætérnæ salvatiónis partem restítue. (Os rogamos, Señor, tengáis piedad por vuestra misericordia del alma de vuestra sierva N., y que desnuda del contagio de la mortalidad, le restituyáis su parte en la salvación eterna bienaventuranza. Por Jesucristo nuestro Señor).

Por dos o mas difuntos: Deus, cui próprium est miseréri semper et parcére, propitiáre animábus famulárum famularúmque tuárum, et ómnia, eórum peccáta dimítte: ut mortalitátis vínculis absolúta, transíre mereántur ad vitam (Dios, de quien es propio tener misericordia y perdonar siempre, os suplicamos por las almas de vuestros siervos y siervas, y perdonadles todos sus pecados, para que siendo liberados de las cadenas de la muerte, merezcan llegar a la vida).

En el nombre del Padre ✠, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo ✠. Amén.