La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo
Cuando Nuestro Señor le preguntó a San Pablo en el camino a Damasco, «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?», Nuestro Señor dejó en claro que persiguiendo a los miembros de su Iglesia, se le persigue a Él mismo. Por lo tanto, decir que perseguir a la Iglesia es perseguir a Jesucristo, no es ninguna exageración. Y si la Iglesia es perseguida hoy, es Cristo quien es perseguido. En cierto sentido, la Pasión de Cristo se repite en nuestros días.
Cuando Cristo estuvo allí, parado en medio de sus verdugos, de sus enemigos, y de quienes hasta hace poco le habían recibido como Rey al llegar a Jerusalén, montado sobre el lomo de un humilde pollino, no solo resistió uno a uno los golpes que sin compasión se le asestaban, sino que soportaba además las injurias de aquellos a quienes había venido a rescatar, pero que sin embargo, le habían rechazado públicamente: «No queremos que este reine sobre nosotros». Y a pesar de todo, Cristo jamás perdió ni su dignidad, ni su mansedumbre.
Allí, humillado de todos, el demonio le haría ver como un día, derribaría -con la ayuda de sus esbirros en la tierra-, toda la civilización Cristiana, construida por la sangre de incontables santos mártires, que imitando a su Divino Maestro, lo entregaron todo por el reino de Dios.
El Maligno le haría ver como una tras otra, las naciones del mundo entero se levantarían contra Él, pisoteando sus sacramentos y tergiversando su palabra, cómo sus iglesias serían quemadas, demolidas, desacralizadas, su doctrina escupida, los decretos de los Padres desgarrados, las definiciones de nuestros mayores anuladas, cambiadas por «otras más acordes con los tiempos»… le haría ver a su Iglesia traicionada por aquellos quienes, en primer lugar, debieron haberla defendido… ¿Le has defendido tu? o prefieres acaso decir también… ¡No le conozco!
