Desde los albores del cristianismo, la Santa Iglesia ha consagrado este tiempo al sufragio por las Benditas Ánimas del Purgatorio, aquellas almas queridas que, purificadas en el fuego del amor divino, aguardan la visión eterna de Dios.
Esta devoción a por las Benditas Ánimas no es invención carente de fundamento. En el Antiguo Testamento, el libro de los Macabeos testimonia cómo Judas Macabeo ofreció sacrificios por los caídos en batalla, “para que quedaran libres de sus pecados” (2 Mac 12, 46). Este acto de piedad, inspirado por el Espíritu Santo, revela que las almas de los difuntos pueden recibir alivio mediante las oraciones y sacrificios de los vivos.
Y habiendo hecho una colecta, envió doce mil dracmas de plata a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por el pecado, obrando muy bien y noblemente, pensando en la resurrección;
porque si no hubiera esperado que los que habían muerto habían de resucitar, sería superfluo y necio orar por los muertos.
Pero consideraba que una gran misericordia estaba reservada a los que mueren piadosamente.
Por lo cual hizo este sacrificio expiatorio por los muertos, para que fueran liberados de sus pecados.2 Macabeos 12, 43–46
A la luz del Evangelio, esta verdad resplandece con mayor claridad. Cristo, al hablar del pecado “que no será perdonado ni en este siglo ni en el venidero” (Mt 12, 32), da a entender que hay culpas expiables más allá de la muerte. San Pablo, por su parte, enseña que la obra de cada uno “será probada por el fuego” (1 Cor 3, 13–15), imagen que los Padres de la Iglesia siempre han entendido como figura del purgatorio, donde las almas justas son purificadas antes de entrar en la gloria.
Por qué debemos ayudarlas
Las Ánimas del Purgatorio son, al mismo tiempo, amadas de Dios y deudoras de su justicia. Han muerto en gracia, pero todavía necesitan satisfacer plenamente las penas temporales de sus pecados.
El alma cristiana no puede permanecer indiferente ante ese clamor silencioso. Ayudar a las Ánimas es un acto supremo de misericordia, porque les damos alivio en su pena y las acercamos a la unión eterna con el Creador. La Iglesia, Madre compasiva, nos exhorta a ofrecer por ellas el Santo Sacrificio de la Misa, la Comunión, el Rosario, el Vía Crucis, las indulgencias y toda obra de caridad hecha en su intención.
La Comunión de los Santos
La Comunión de los Santos nos une en una misma caridad: los bienaventurados en el cielo, los fieles en la tierra y las almas del purgatorio forman un solo Cuerpo místico. Al socorrerlas, estrechamos los lazos invisibles que sostienen a la Iglesia en su triple estado: militante, purgante y triunfante. Y cuando aquellas almas, purificadas y libertadas, entren en el gozo eterno, no cesarán de rogar por nosotros ante el trono del Altísimo.
San Alfonso María Liguorio decía que, aunque las santas Almas no pueden ya lograr méritos para sí mísmas, pueden obtener para nosotros grandes gracias. No son, formalmente hablando, intercesores, como lo son los Santos, pero a través de la dulce Providencia de Dios, pueden obtener para nosotros asombrosos favores y librarnos de los demonios, enfermedades y peligros de toda clase.
Está más allá de toda duda, como ya hemos dicho, que nos devuelven miles de veces cada cosa que hagamos por ellas.
- Devocionario en favor de las Benditas Ánimas.
- Rosario por los difuntos.
- Devoción a la Santísima Pasión por las ánimas del Purgatorio
- Devoción llamada de los Cien Réquiem.
- Ejercicio del Santo Vía Crucis.
- Visita al Santísimo Sacramento.
- Devoción al castísimo Patriarca Señor San José.
- Léeme o laméntalo.
