La oración a Nuestra Señora de la Piedad, con su decreto de indulgencias del 26 de marzo de 1860, se sitúa en un momento crucial y turbulento en la historia de la Iglesia Católica: el pontificado del Papa Pío IX y el proceso de la Unificación Italiana, conocido como el Risorgimento.
1860 es un Año Crítico pues el proceso de unificación italiana estaba en plena ebullición. El Reino de Piamonte-Cerdeña, bajo la guía de Cavour y con el apoyo de las tropas de Garibaldi, estaba anexionándose gran parte de Italia central, incluyendo regiones clave de los Estados Pontificios como la Romagna.
La unificación italiana, significó la desaparición de los Estados Pontificios, un vasto territorio que el Papa había gobernado como soberano temporal durante más de mil años (desde el siglo VIII). El último golpe fue la toma de Roma por las tropas italianas el 20 de septiembre de 1870, convirtiéndola en la capital del nuevo Reino de Italia. El Papa dejó de ser un monarca terrenal. Ya no tenía ejército, ni leyes civiles o justicia en un territorio geográfico. Esto fue percibido por la Iglesia como un acto de gran humillación y una violación de sus derechos divinos.
Indulgencias:
- 100 días, una vez al día.
- Plenaria una vez al mes.
Arrodillados a tus santos pies, oh clementísima Reina del Cielo, te ofrecemos nuestra más profunda reverencia. Confesamos que eres la Hija del Eterno PADRE, la Madre del Verbo Divino y la Esposa del ESPÍRITU SANTO. Llena de gracia, de virtud y de dones celestiales, eres el casto templo de la Santísima Trinidad.
Contigo están atesoradas las misericordias de DIOS, y tú también las dispensas. Y como tu corazón amorosísimo está lleno de caridad, dulzura y tierna compasión hacia nosotros, pobres pecadores, te invocamos como Madre de la Divina Piedad.
Con la mayor confianza, pues, oh amantísima Madre, acudo a ti en mi dolor y necesidad. Te ruego que me des una señal de tu amor, concediéndome ________, si es voluntad de DIOS y para el bien de mi alma.
Dirige, pues, tus purísimos ojos sobre mí y sobre todos mis allegados. Considera la cruel guerra que el demonio, el mundo y la carne libran contra nuestras almas, y cuántos perecen en ella.
Acuérdate, oh dulcísima Madre, de que somos tus hijos, comprados con la Preciosísima Sangre de tu Divino Hijo. Ruega sin cesar para que la adorable Trinidad nos conceda la gracia de vencer al demonio, al mundo y a nuestras pasiones desordenadas; gracia por la cual los justos crecen en santidad, los pecadores se convierten y la herejía es destruida; por la cual los infieles son iluminados y los judíos conducidos a la verdadera religión.
Concédenos este favor, oh purísima Virgen, por la infinita bondad del Altísimo, por los méritos de tu santísimo Hijo, por la leche con la que lo alimentaste, por la devoción con la que lo serviste, por el amor con el que lo amaste, y por tus lágrimas y la angustia que padeciste en su santa Pasión.
Obtén para nosotros la gran gracia de que todo el mundo llegue a ser un solo pueblo y una sola Iglesia, para dar gracias, alabanza y gloria a la Santísima Trinidad, y a ti que eres nuestra mediadora.
Que el poder del PADRE, la sabiduría del HIJO y la virtud del ESPÍRITU SANTO nos concedan esta bendición. Amén.
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