Europa vivía una época de cambios brutales. La industrialización masiva, el abandono del campo a las ciudades, el auge del secularismo y la guerra oculta contra la Iglesia orquestada tras bambalinas, fomentaban en la sociedad, una sensación de incertidumbre y desamparo.
León XIII, muy consciente de la «cuestión social», busco una respuesta no solo política (como su famosa encíclica Rerum Novarum), sino también espiritual: promover la confianza en la Providencia. Para ello, tomó esta oración y le dio su aprobación con 200 días de indulgencias en febrero de 1886.
También conviene destacar la historia que dio origen a esta advocación (y que explica el título de «Madre de la Divina Providencia»), que nos llega por medio de San Felipe Benicio, un santo del siglo XIII de la Orden de los Siervos de María.
Se cuenta que, un día, los frailes servitas no tenían absolutamente nada que comer y pasaban por penurias extremas. San Felipe Benicio, con una fe absoluta, decidió encomendar la situación a la Virgen María. Poco tiempo después de su oración, aparecieron dos cestas llenas de alimentos en la puerta del convento sin que nadie supiera quién las había llevado. Para los frailes, fue una señal clara de que María había «provisto» lo necesario. Desde entonces, se le empezó a llamar con cariño «Madre de la Divina Providencia».
Indulgencias:
- 200 días, una vez al día.
Oh VIRGEN Inmaculada MARÍA, Madre de la Divina Providencia, toma posesión de mi alma con toda la plenitud de tu favor y protección. Gobierna mi vida y dirígela por el camino de la virtud hacia el cumplimiento de la divina voluntad.
Obtén para mí el perdón de mis pecados; sé mi refugio, mi protección, mi defensa y mi guía en la peregrinación de esta vida; consuélame en las aflicciones, sosténme en los peligros y, en las tempestades de la adversidad, concédeme la seguridad de tu amparo.
Alcánzame, oh MARÍA, la renovación de mi corazón, para que llegue a ser la santa morada de tu Divino Hijo JESÚS. Aleja de mí, débil y miserable como soy, todo pecado, negligencia, pereza, timidez y respeto humano; expulsa totalmente la soberbia, la vanagloria, el amor propio y todos los demás afectos terrenos que impiden la eficacia de tu patrocinio.
Oh dulcísima Madre de la Providencia, vuelve hacia mí tu mirada maternal; y si por mi fragilidad o malicia he provocado las amenazas del Juez eterno y entristecido el Sacratísimo Corazón de mi amoroso JESÚS, cúbreme con el manto de tu protección, y estaré seguro.
Tú eres la Madre vigilante, la Virgen del perdón y mi esperanza en la tierra; haz que pueda tenerte por Madre de gloria en el Cielo. Amén.
Ave María tres veces.
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