Dios había prometido al hombre un Mesías, un Rey: que gobernaría con justicia y lo guiaría con sabiduría. A lo largo de los siglos, los profetas anunciaron su llegada, y el corazón del mundo aguardó el cumplimiento de esta promesa.
Y fue entonces que una estrella se encargó de guiar a los Santos Reyes Magos hacia el palacio más humilde de todos: un frío pesebre de Belén, provincia romana de Judea.
Allí, el Rey de reyes y Señor de señores quien se había encerrado durante 9 meses en el humilde y virginal vientre de su sierva, nació bajo el abrigo de la humildad y la pobreza, en medio de la fría noche y de las angustias de sus padres. Vino a este mundo rodeado de animales: el buey reconoce a su Señor, y el asno acoge en su pesebre al Dueño de todas las cosas.
Y este es el misterio de nuestra Redención: el Dios creador del universo, Amo y Señor de querubines, tronos y potestades, se somete a la autoridad de dos de sus criaturas, a quienes ha elegido como padre y madre, en suprema lección de obediencia y humildad.
Y sin embargo Señor, los hombres, hoy, en uso de su libre albedrío, se rebelan contra el yugo suave y llevadero que Tú les prometiste, y parecen desmentir con sus alardes de «libertad» e independencia, la promesa del Dios a quien, hoy más que nunca, rechazan. Clamando: «No queremos que Este reine… que su sangre se derrame sobre nosotros y sobre nuestros hijos», unen sus voces al impío Non Serviam del infame Lucifer.
Sí, Señor: el mundo se ha apartado de Ti, que eres su luz, y se ha perdido en lo espeso de las tinieblas…ya no sigue más tu ley… y se ha olvidado de tus preceptos. Ahora solo sigue sus propios caprichos y se ha inventado un “dios” a su justa medida.
Señor, que hoy naces nuevamente, todos los que aquí nos hemos reunido esta noche para esperar Tu llegada, confesamos que siempre dejaremos abiertas las puertas de nuestros corazones y de nuestras familias. No pasarás Señor Tú, el desconsuelo que tus Santos Padres vivieron aquella fría noche, cuando, despreciando su pobreza, la dureza del corazón de aquellos ingratos les negó posada.
Porque queremos, Señor, que reines sobre nosotros y sobre todo el universo; que todo ser viviente se someta a Tu yugo. Y porque también nosotros deseamos que Tu preciosa Sangre caiga sobre nosotros, pero porque sabemos y creemos, sin duda alguna, que esa Sangre es nuestra purificación, nuestra redención, nuestra salvación y nuestra eterna beatitud.
Oh Jesús, abismo de sabiduría y ciencia, Rey y centro de los corazones, Tú eres el único que tiene palabras de vida eterna. Queremos que nazcas para que reines por doquier, porque sin Ti nos cubren las tinieblas y la noche sería eterna.
Hacemos una breve pausa y presentamos en silencio al Señor, nuestras peticiones personales.
Te pedimos Señor también esta noche, por las almas de todos aquellos seres queridos, que este año partieron de este mundo, por los amigos y familiares que se encuentran lejos de nosotros, por todos aquellos Señor, que padecen el hambre, la pobreza, la guerra y la desesperanza.
Mientras aguardamos tu venida gloriosa, concédenos, Señor, perseverar fieles en la fe, firmes en la esperanza y ardientes en la caridad. No permitas que nos dejemos seducir por el espíritu del mundo ni que nuestras lámparas se apaguen en medianoche.
Haznos permanecer vigilantes, con el corazón dispuesto, hasta el día en que vuelvas como Rey victorioso, montado sobre un corcel blanco, vestido con ropas teñidas en sangre, señal de que el mundo te ha hecho la guerra y tu has vencido, y que vean con terror Señor tus enemigos, las palabras que están escritas en tu muslo: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.
Que toda rodilla se doble y toda lengua confiese que Tú eres el Señor, para gloria de Dios Padre.
Ven Señor Jesús, Ven Señor Jesús no tardes.



