San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia, compuso esta oración a mediados del siglo XVIII (específicamente, se publicó en 1750). Se trata nada más y nada menos que de el acto de consagración cotidiano que cierra el primer capítulo de su obra cumbre de teología mariana: Las Glorias de María (Le Glorie di Maria).
Por aquellos días, la Iglesia libraba una dura batalla doctrinal contra el jansenismo, una corriente teológica muy rígida y severa que presentaba a un Dios implacable, casi inaccesible, y que infundía un terror paralizante a los fieles respecto a la salvación y la comunión. San Alfonso de Ligorio escribió Las Glorias de María precisamente para contrarrestar ese frío rigorismo. Su objetivo era demostrar que, aunque el ser humano reconozca su miseria y la gravedad de sus faltas, María es la «Abogada de los pecadores»» y la «Madre de la Misericordia», un canal seguro e inagotable de gracia que suaviza el temor al juicio divino.
Debido a la inmensa autoridad de San Alfonso como Doctor de la Iglesia en materia de Teología Moral, esta oración recibió innumerables indulgencias por parte de los Romanos Pontífices desde el siglo XIX y se integró en el devocionario oficial de la Iglesia católica.

- 300 días, T.Q. (Véanse las Instrucciones.)
- Plenaria, una vez al mes. I, II, IV.
Santísima María, Virgen y Madre Inmaculada, a ti, que eres Madre de mi Señor y refugio de los pecadores, acudo hoy yo, el más miserable de todos. Te adoro, gran Reina, y te doy gracias por los muchos beneficios que hasta ahora me has concedido, especialmente por haberme preservado del infierno, que tantas veces he merecido.
Te amo, amabilísima Señora; y por el amor que te tengo, te prometo querer servirte siempre y hacer cuanto pueda para que seas amada por los demás. En ti pongo toda mi esperanza y toda mi salvación. Acógeme como tu siervo y cúbreme bajo tu manto, oh Madre de misericordia.
Y puesto que eres tan poderosa ante Dios, líbrame de todas las tentaciones, o alcánzame la fuerza para vencerlas mientras viva. De ti pido el verdadero amor a Jesucristo. Por ti espero alcanzar una buena muerte.
Oh Madre, por el amor que tienes a Dios, te ruego que me ayudes siempre, y especialmente en el último momento de mi vida. No me abandones hasta que me veas seguro en el cielo, donde pueda bendecirte y cantar tus misericordias por toda la eternidad. Esta es mi esperanza. Amén.
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