Contexto – Nota aclaratoria
La oración que presentamos es un ejemplo clásico de la devoción popular católica, difundida en folletos parroquiales desde mediados del siglo XX y antes. Se encontraba aprobada a nivel local por sacerdotes de parroquia, quienes permitían su distribución entre los fieles por medio de grupos parroquiales como herramienta de oración y protección espiritual.
Sin embargo, es importante señalar, que algunas referencias contenidas en los folletos —como la supuesta “placa de oro” en un convento armenio o la intervención para salvar al papa León XIII— corresponden a leyendas piadosas y tradiciones devocionales, y que no tienen confirmación histórica ni implican aprobación papal formal.
El valor de esta oración radica en su uso espiritual y simbólico, reflejando la fe de los católicos en Cristo como Justo Juez y protector de la vida cotidiana. Publicarla con esta contextualización permite preservar su historia y sentido devocional sin comprometer la precisión histórica ni doctrinal.
Se reproduce tal y como aparece en un folleto publicado hace casi 50 años.
Todo sea a la mayor gloria de Dios.
Jesucristo se levanta y a sus discípulos llama, mas viendolos todos juntos, de esta manera les habla:
¿Quién de vosotros hermanos morirá por mí mañana? Se ven los unos a los otros, ninguno responde nada, si no es que San Juan Bautista, que predicó; en la montaña esa muerte, Señor mío, para Vos está nombrado; de allí sale una mujer que Verónica se llama, le limpia el Sagrado Rostro, tres figuras figuraba; una casa en Jay, otra en Roma y la última está en el Cielo.
El que esta oración recitare, los siete viernes de Cuaresma, saldrá su alma limpia y pura como luz de una estrella.
A los católicos
Varias veces se han hecho impresiones. La presente impresión, aprobada y reconocida hasta por los patriarcas Armenios y de Jerusalén, es una copia exacta sacada de su original que grabado en una placa de oro existe en el convento de religiosos armenios de Santa María la egipciaca. Si pie del blanco Líbano en donde el rey Salomón tomó los cedros para edificar a Dios el primer templo de Jersusalem. Dicha placa de oro fue encontrada en el Monte Calvario junto al peñazco en el que se clavó la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo y que descubrió el principe Godofredo de Bouillión en la guerra que emprendió contra los mahometanos y recobraron los santos lugares.
Esta oración es muy eficaz para librarse de enemigos, de persecuciones de justicia, de guerras, prisiones, pestes y de toda clase de peligros de mar y tierra, como naufragios, asaltos en camino y de todo peligro, como lo demuestra la experiencia de más de tres siglos.
Las personas que carguen con esta oración, se verán libradas de cualquier peligro en que se vean diciendo:«Oh jesus sacramentado, enemigos veo venir, la sangre de tu costado de ellos me ha de cubrir.»
Oración del Justo Juez
Divino y Justo Juez de vivos y muertos, eterno sol de justicia, encarnado en el casto vientre de la Virgen María por la salud del linaje humano.
Justo Juez, creador del cielo y de la tierra y muerto en la cruz por mi amor. Tú, que fuiste envuelto en un sudario y puesto en un sepulcro del que al tercer día resucitaste vencedor de la muerte y del infierno.
Justo y Divino Juez, oye mis súplicas, atiende a mis ruegos, escucha mis peticiones y dales favorable despacho.
Tu voz imperiosa serenaba las tempestades, sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos como Lázaro y al hijo de la viuda de Naim.
El imperio de tu voz ponía en fuga a los demonios, haciéndoles salir de los cuerpos de los poseídos, y dio vista a los ciegos, habla a los mudos, oído a los sordos y perdón a los pecadores, como a la Magdalena y al paralítico de la piscina.
Tú te hiciste invisible a tus enemigos, a tu voz retrocedieron cayendo por tierra en el huerto los que fueron a aprisionarte y cuando expirabas en la Cruz, a tu poderoso acento se estremecieron los orbes.
Tú abriste las cárceles a Pedro y le sacaste de ellas sin ser visto por la guardia de Herodes. Tú salvaste a Dimas y perdonaste a la adúltera.
Suplícote, Justo Juez, me libres de todos mis enemigos, visibles e invisibles: la Sábana Santa en que fuiste envuelto me cubra, tu sagrada sombra me esconda, el velo que cubrió tus ojos ciegue a los que me persiguen y a los que me deseen mal, pies tengan y no me alcancen, ojos tengan y no me vean, manos tengan y no me tienten, oídos tengan y no me oigan, lengua tengan y no me acusen y sus labios enmudezcan en los tribunales cuando intenten perjudicarme.
¡Oh, Jesucristo Justo y Divino Juez!, favoréceme en toda clase de angustias y aflicciones, lances y compromisos y haz que al invocarte y aclamar al imperio de tu poderosa y santa voz llamándote en mi auxilio, las prisiones se abran, las cadenas y los lazos se rompan, los grillos y las rejas se quiebren, los cuchillos se doblen y toda arma que sea en mi contra se embote e inutilice.
Ni los caballos me alcancen, ni los espías me miren, ni me encuentren. Tu sangre me bañe, tu manto me cubra, tu mano me bendiga, tu poder me oculte, tu cruz me defienda y sea mi escudo en la vida y a la hora de mi muerte.
¡Oh, Justo Juez, Hijo del Eterno Padre, que con Él y con el Espíritu Santo eres un solo Dios verdadero! ¡Oh Verbo Divino hecho hombre! Yo te suplico me cubras con el manto de la Santísima Trinidad para que libre de todos los peligros y glorifiquen tu Santo Nombre.



