Confesion

Oración para antes de la confesión

Publicado el 12 de junio de 2023

Actualizado el 17 de abril de 2025

Archivado en: Benditas Ánimas

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Oraciones para antes y después de la confesión, extraídas del Devocionario en favor de las benditas animas del purgatorio escrito por el R.P. Antonio Donnadoni S.J.

Confesión

Oración para antes de la confesión

Os adoro, Salvador mío, compareciendo delante de vuestro Padre, abrumado bajo el peso de mis pecados, como si Vos mismo los hubieseis cometido. Yo soy, Dios mío, el culpable; ¿No es también justo que lleve la vergüenza, que devore su amargura? Dadme ánimo para declarar todos mis pecados sin disimulo alguno, a fin de que satisfaga a la divina justicia y evite la condenación eterna. ¡Ay! Vos veis mi alma toda desfigurada por la fealdad del pecado; volved a estampar en ella vuestra imagen por la virtud del sacramento de la
Penitencia. Haced que encuentre en él, el perdón de mis faltas y las luces para portarme bien en adelante. Amén.

Oración para antes del examen

En vuestra presencia, Dios Mío, voy a considerar las llagas que el pecado ha hecho en mi alma; venid, Señor, en mi ayuda, que sin Vos no las podría descubrir. Espíritu Santo, eterna luz, disipad mis tinieblas, mostradme todo lo que conozca mis infidelidades y mis ingratitudes, y vea mis pecados como Vos mismo los veis.

Sentimientos de contrición

¡Pequé, Señor, pequé! ¿Cómo pensándolo no se me parte de dolor mi corazón? ¿Cómo no se deshacen mis ojos en lágrimas? ¡Haber ofendido a un Dios tan bueno, tan amable, tan benéfico; haberle ofendido después de promesas tantas veces reiteradas de no volver a ofenderle; haber hundido la lanza en el Corazón de Jesús, en aquel Corazón que es la misma bondad y amor, y no morir de pesar! ¡Oh Corazón de Jesús! ¡Corazón herido por mis pecados! Traspasad el mío de dolor, herid este corazón de piedra y haced salir de él lágrimas de una viva contrición. ¡Dios mío! Detesto todas mis infidelidades, renuncio a ellas de todo mi corazón… ¡Ah! Apartad vuestra vista de mis ingratitudes: atended tan sólo a mi dolor o más bien al dolor que de ellas tuvo Jesucristo, mi Salvador; contemplad sus lágrimas, su sangre, sus llagas, su Corazón y en vista de todo ello, perdonadme mis pecados.

Después de la confesión

Bendice alma mía al Señor y todo lo que hay en mi, rinda homenaje a su adorable Corazón.

Él es quien perdona nuestros pecados, quien cura nuestros males, quien nos libra de la muerte y nos colma de sus beneficios. Su paciencia es grande y su bondad infinita. El conoce nuestra flaqueza y se acuerda de que no somos sino polvo. ¡Bendigámosle eternamente! ¡Justicia de mi Dios! Yo no tengo con qué satisfacer por mis pecados; pero os ofrezco los méritos de mi Salvador, que son de un valor infinito. Os presento el Corazón de Jesús; y si no tengo todo el dolor que exigen mis culpas, ved el dolor que de ellas tuvo este adorable Corazón. Esa llaga profunda y la sangre que de ella mana, abogad por mí y dan testimonio de que el Verbo Divino ha satisfecho por todas mis faltas.

¡Dios mío! Perdonad mi vanidad y orgullo en consideración a la humanidad de vuestro Hijo; perdonad mis aversiones y mis iniquidades a causa de su inmensa caridad; perdonad mis impaciencias por su mansedumbre y mis inmortificaciones por la sed que padeció en la Cruz. ¡Oh Corazón de Jesús, Sed mi redentor, como sois mi fortaleza y mi sostén.

Si aún exigís de mi, Dios mío, alguna otra satisfacción, me someto a vuestra voluntad, y acepto sin reserva todas las aflicciones, todos los males que durante la vida me puedan sobrevenir. Ya vengan de Vos, ya sea de parte de las criaturas, todo lo acepto según las disposiciones de vuestra Divina Providencia. Con el mismo espíritu acepto la penitencia que me ha impuesto el confesor, y la acepto con un verdadero deseo de reparar vuestro honor ultrajado por mis pecados, uniéndolo todo, Salvador mío, a los dolores de vuestra Pasión y de vuestra muerte. Que la abundancia de vuestros méritos y la inmensa caridad de vuestro Corazón suplan la imperfección y la insuficiencia de mis obras.

Señor, no soy yo digno de que tú entres en mi casa; pero mándalo con tu palabra, y quedará curada mi ánima.

San Mateo 8. 8.

¡Domine, non sum dignus!

Señor, yo no soy digna
de que en la vil morada
de mi abatido pecho,
te llegues a hospedar.

En tu presencia santa
soy pobre y desgraciada,
soy átomo impalpable,
soy menos que la nada.
Ignoro cómo puedo
llegarme hasta tu altar
¡Señor, yo no soy digna!…

Los Cielos y la Tierra,
tu inmensidad sublime
no pueden contener,
es polvo cuanto el orbe
de noble y grande encierra.

Si a Ti se le compara:
Tu Majestad, que aterra,
¡Tu Majestad, que apenas
Acierto a comprender!
¡Señor, yo no soy digna!…

Pero con ansia ardiente,
con gran afán te busca,
te llama el corazón:

Señor, una palabra
pronuncia solamente,
y el alma, recobrando
sus fuerzas de repente,
te rendirá, entusiasta,
sublime adoración.

¡Oh grandes maravillas,
misterio soberano
de amor, de paz, de gloria,
de inmensa caridad!
Cuando asombrada admiro
la gloria que atesoras
y al hombre comunicas
con infinito amor,
olvídome del mundo…

Deslízanse las horas
veloces como el rayo…,
y dulces, seductoras,
visiones inefables
consuelan mi dolor,
entonces aborrezco
lo que antes adoraba.

Conozco lo que vales,
comprendo lo que soy;
suspiro por la dicha
feliz que no se acaba…
Recuerdo que la gracia
constante me llamaba
desde mi edad temprana,
y el corazón te doy;
que Tú eres el compendio
de cuanto grande admiro,
y en Ti su omnipotencia
reconcentró el Señor.

Allí dentro del Santuario
oculto en el retiro
existes ¡Oh prodigio
de amor a que yo aspiro,
y a quien celebra el Cielo
con cántico de amor!
Señor, como ninguna
Soy pobre en tu presencia;
desnuda de virtudes,
en Ti las hallaré…

Mi pequeñez es tanta,
cual es tu omnipotencia
pero te adoro humilde,
y toda mi existencia
la diera por tu gloria,
que siempre ambicioné.

¡Ven, pues, delicia pura
del serafín ardiente,
encanto de los Ángeles
que en torno del altar
te adoran noche y día!

Grandeza incomprensible,
desciende hasta la nada,
desciende hasta tu sierva,
y elévala hasta Ti,
¡Oh, ven dulce consuelo
del alma acongojada,
la vida de mi vida,
la prenda idolatrada
del alma que te adora
con ciego frenesí!

Ven, y reposa amante
dentro del pecho mío,
anímame en la lucha
terrible contra el mal;
sostenme si vacilo,
que en tu bondad confío,
bajo tu dulce amparo
las penas desafío
y espero resignada
la gloria celestial.

Ven, y con flecha ardiente
mi corazón hiriendo,
despréndeme de todo,
consuma en mí tu unión.
Que amante cual ninguna,
feliz vaya siguiendo
la huella de tu planta.

Señor, haz que existiendo
tan sólo para amarte,
repose el corazón
y que al llegar la muerte
la dulce mensajera,
que nadie sin espanto
contempla junto a sí,
gozosa te reciba,
con dicha placentera.

Dulcísimo amor mío,
para que alegre muera…
¡La muerte de la vida,
pues nos acerca a Ti!

Deseos de comulgar

¡Oh gran Señor! ¡Quién tuviera los deseos de todos los Santos y Santas que con más fervorosos afectos han deseado recibiros; los de Santa Marta, para hospedaros y los de su hermana, para no apartarme un punto de vuestros pies!

¡Quien tuviera los encendidísimos deseos y afectos de la Santísima Virgen, para recibiros, agradaros y serviros!

¡Quién tuviera la grandeza de los Cielos, la pureza de los Ángeles y el abrasado amor de los Serafines!

¡Quién poseyera todas las virtudes, para convidaros Señor, que vinierais a mi morada!

¡Oh, qué dichosa fuera yo, si en gracia recibiera al Autor de la vida, para tenerle en mi alma!

¡Qué rico sería yo poseyéndoos en gracia y con pureza!

¡Venid, Señor, a mí, pues podéis; que si yo pudiera, no salierais de mí eternamente!

¡Oh Señora mía benditísima! ¡Alcanzadme este bien de vuestro amado Hijo!

Virgen Santísima, Serafines, almas que amáis a Dios con puro amor, comunicadme vuestros afectos, para que hágala compañía que debo a mi amado Señor.

Para después de la comunión

Dios mío y Señor mío, os doy gracias de la merced que me habéis hecho, de venir a habitar en mi pobre alma; yo quisiera daros un agradecimiento digno de vuestra Majestad y del grande honor que me habéis hecho.

Mi Madre y Señora María Santísima, Santos mis abogados, Ángel de mi guarda, almas que vivís abrasadas en el amor de Dios, venid a ver y admirar el excesivo favor que ahora me hace, y dadle por mí las gracias.

Acto de ofrecimiento

¡Señor! Ya que os dignasteis visitar la pobre casa de mi alma, yo os la ofrezco con toda mi libertad y voluntad; Vos os habéis entregado todo a mí y yo me quiero dar todo a Vos; sí, mis potencias y sentidos sean ya todo vuestros para que no se empleen sino en vuestro obsequio; el entendimiento sólo me sirva para pensar en vuestra infinita bondad y la voluntad sólo para amaros.

También os consagro y ofrezco todo cuanto tengo, mis pensamientos, mis afectos, mis deseos, mis gustos, mis inclinaciones y mi libertad. En fin, en vuestras manos entrego mi cuerpo y mi alma.

Aceptad ¡oh Majestad infinita! El sacrificio que de sí mismo os hace el pecador más ingrato que ha habido sobre la Tierra; pero que ahora se entrega y pone todo sin reserva en vuestras divinas manos. Haced Señor de mí lo que os agrade. ¡Venid, oh fuego consumidor, oh amor divino! Destruid en mí todo lo que no agrada a vuestros purísimos ojos; haced que de ahora en adelante sea todo vuestro y viva solamente para cumplir y obedecer, no sólo vuestros preceptos y consejos, sino también vuestros santos deseos y vuestro mayor gusto.

Cordero de Dios

 

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.