Se trata de uno de los grandes enigmas de la literatura española. Este poema se publicó por primera vez en 1793, y se le atribuyó originalmente a Andrés Fernández de Andrada, un personaje sevillano del que se conoce muy poco. Sin embargo, generaciones de filólogos han disputado esta atribución, proponiendo también a Rodrigo Caro, Francisco de Rioja, y otros poetas del círculo sevillano de finales del siglo XVI o principios del XVII. Hoy la mayoría de los especialistas se inclina de nuevo por Fernández de Andrada, pero sigue sin haber certeza absoluta — es, junto al «Lazarillo de Tormes», uno de los grandes textos «huérfanos» de las letras hispánicas.
¿Qué es nuestra vida más que un breve día,
que apenas sale el sol cuando se pierde
en las tinieblas de la noche fría?
Fabio, las esperanzas cortesanas
son prisiones donde el ambicioso muere,
y donde al más astuto salen canas.
Quien no las doblega o las rompe
no ha merecido el nombre de hombre,
ni subirá al honor que pretende.
Basta con que empiece a aborrecer el vicio
y el ánimo se enseñe a ser modesto;
después le será el Cielo más propicio.
Una vida sencilla yo desee,
un estilo común y moderado,
que nadie que lo vea lo note.
Ya, dulce amigo, huyo y me retiro
de cuanto simple amé; rompí los lazos.
Ven y verás el alto fin que aspiro,
antes que el tiempo muera en nuestros brazos.



