Se contempla hoy la aparición del Salvador a los Once y la victoria que alcanza sobre la incredulidad de un discípulo. Es la séptima manifestación del Resucitado, por la cual consolida plenamente la fe de los suyos. En ella resplandecen Su dignidad, prudencia y caridad, propias de un Dios.
Jesús, lejos de reprender con severidad la duda de Santo Tomás Apóstol, le concede tiempo y ocasión para creer. Así, en Su sabiduría, fortalece la certeza de la Resurrección mediante pruebas progresivas; y en Su bondad, mueve al discípulo a una confesión humilde y amorosa.
En aquel tiempo, a la tarde de ese mismo día, el primero de la semana, y estando, por miedo a los judíos, cerradas las puertas de donde se encontraban los discípulos, vino Jesús y, de pie en medio de ellos, les dijo: “¡Paz a vosotros!” Diciendo esto, les mostró sus manos y su costado; y los discípulos se llenaron de gozo, viendo al Señor. De nuevo les dijo: “¡Paz a vosotros! Como mi Padre me envió, así Yo os envío.” Y dicho esto, sopló sobre ellos, y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonareis los pecados, les quedan perdonados; y a quienes se los retuviereis, quedan retenidos.” Ahora bien; Tomás, llamado Dídimo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Por tanto le dijeron los otros: “Hemos visto al Señor.” Él les dijo: “Si yo no veo en sus manos las marcas de los clavos, y no meto mi dedo en el lugar de los clavos, y no pongo mi mano en su costado, de ninguna manera creeré.” Ocho días después, estaban nuevamente adentro sus discípulos, y Tomás con ellos. Vino Jesús, cerradas las puertas, y, de pie en medio de ellos, dijo: “¡Paz a vosotros!” Luego dijo a Tomas: “Trae acá tu dedo, mira mis manos, alarga tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente.” Tomás respondió y le dijo: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús le dijo: “Porque me has visto, has creído; dichosos los que han creído sin haber visto.” Otros muchos milagros obró Jesús a la vista de sus discípulos, que no se encuentran escritos en este libro. Pero éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Jesús, tras conceder a Santo Tomás Apóstol la prueba que pedía, le dirige una reprensión llena de suavidad: creyó porque vio. Con ello enseña que, aunque la prudencia humana busque evidencias, la fe verdadera no debe depender de la experiencia sensible.
Así, sus palabras —“dichosos los que no vieron pero creyeron”— se extienden a todos los hombres: la bienaventuranza pertenece a quienes creen sin ver. En santo Tomás queda corregida la incredulidad, y se establece una lección universal sobre la primacía de la fe sobre el razonamiento humano.
