El Exorcismo en cuestión, era rezado tanto por sacerdotes como por laicos desde su promulgación por el papa León XIII en 1890, y sucedió así, hasta su prohibición por el entonces cardenal Ratzinger en 1985, es decir, se rezó durante 95 años, y sólo en el período posterior al Vaticano II se habló de una prohibición. Incluso, antes del desastre litúrgico, consecuencia de las reformas del Concilio Vaticano II, el celebrante y los fieles se arrodillaban al final de la misa para rezar una oración a la Santísima Virgen y otra a san Miguel arcángel:
San Miguel Arcángel: Defiéndenos en la pelea contra Satanás y sus demonios; sed nuestro amparo y protección; que el Altísimo os dé el poder y el permiso para que nos asistáis y que Dios haga oír su voz imperiosa para que expulse a Satanás y sus demonios que quieren hacer perder la humanidad. Que tu grito: «¿Quién como Dios?, ¡nadie es como Dios!», someta a Satanás y sus demonios bajo nuestros pies. Amén.
El origen de la oración y las razones por las que el papa Leon XIII la mandó rezar de rodillas, constan en el periódico La settimana del clero publicado el 30 de marzo de 1947. Incluso, su secretario particular, monseñor Rinaldo Angeli, sostuvo de manera pública infinidad de veces, que León XIII experimentó verdaderamente la visión de los espíritus infernales que se concentraban sobre la Ciudad Eterna (Roma); y que fue a raíz de esa experiencia, que surgió la oración que hizo rezar en toda la Iglesia. El recomendaba a los obispos y los sacerdotes que rezaran a menudo ese exorcismo en sus diócesis parroquiales. «El, por su parte, lo rezaba con mucha frecuencia a lo largo del día».
En resumen, el demonio, sus huestes y sus hijos aquí en la tierra, se aprestaban (en 1888) a lanzar la ofensiva final sobre la cristiandad, concertando sus ataques sobre la ciudad Eterna (Roma) y el clero…la cual, se ha concretado con terrible eficacia frente a los ojos de quienes todavía pueden ver…
Desde la alta jerarquía, hasta el más humilde párroco de pueblo, la Iglesia -mayormente- no instruye más a los fieles sobre estas verdades sobrenaturales, antes bien, las niegan o cuando menos, las tergiversan. Conocido es el caso del Superior general -nada más y nada menos- que de la compañía de Jesús, Arturo Sosa, quien ha aseverado en varias oportunidades, que el demonio «existe pero solo como una realidad simbólica». También es lamentable, tener que traer a colación, las lamentables declaraciones de Jorge Mario Bergoglio «me gusta pensar que el infierno esté vacío.»
De hecho, si tomamos en consideración el pensamiento del P. Hans Urs von Balthasar, que fue mentor de Benedicto XVI y de Juan Pablo II, el diablo y los ángeles malos probablemente no serían personas, sino «fuerzas cósmicas que actúan sobre el mundo».
Por mucho que la existencia de estos poderes parezca cierta, su naturaleza sigue siendo incomprensible para nosotros: fluctúan entre poderes espirituales y personales y poderes impersonales, entre el bien y el mal o poderes indiferentes, entre la existencia como formas materiales de ser en el interior. el mundo y, en cierto sentido, formas de ser no materiales más allá del mundo.
( La Théologie de l’Histoire , París: Plon, 1955, pp.170-172)
Hoy en día, no podemos más que ver con terror, las funestas consecuencias de las acciones de los enemigos de Dios, sobre la Iglesia y sobre el mundo.
Dado que esta prohibición no corresponde ni a la mentalidad de la Iglesia ni al propósito del exorcismo, la ignoramos y continuamos siguiendo lo que la Iglesia nos ha enseñado durante más de un siglo antes de que el progresismo –esta nueva versión del modernismo– invadiera y se apoderara de la Iglesia. Después de todo: por qué no rezarla en los momentos en la que la Iglesia necesita más que nunca de la asistencia divina siendo que para eso fue originalmente promulgada?
