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Pueden los laicos rezar el exorcismo de San Miguel Arcángel?

Publicado el 8 de mayo de 2026

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Verdaderamente, ríos de tinta han corrido sobre este tema, al punto de que se ha extendido, casi como un dogma, la afirmación de que la versión larga de la Oración a San Miguel Arcángel contra los ángeles apóstatas, (aquella que incluye el pasaje sobre la «Sede de Pedro» y la «Cátedra de la Verdad») está estrictamente prohibida para los laicos, reservándose exclusivamente para el clero.

La intención de este artículo es arrojar luz de manera definitiva sobre esta cuestión, de modo que el lector pueda alcanzar una comprensión completa de un asunto que le concierne directamente (sobre todo hoy más que nunca…). Para ello, nos apoyaremos en documentos oficiales de la Iglesia, los cuales nos permitirán poner en contexto tanto la historia de esta oración como sus antecedentes.


El prisionero del Vaticano

En Italia se vivía, instigado por la masonería, un momento de grandes cambios tanto en el ámbito político como en el social. El movimiento anticlerical, que avanzaba ya imparable en Europa desde los días de la Revolución Francesa y luego de haberse propagado en las américas, había llegado finalmente a aquella región.

Ante los peligros inmediatos que esta situación suponía, el Papa publicó el día 27 de abril de 1859 la encíclica Cum Sancta Mater Ecclesia. En ella se establecía el rezo, después de la misa, de tres Avemarías, la Salve Regina, un versículo con su respuesta, y una oración (colecta), precisamente como respuesta a aquella situación.

No obstante, las acciones llevadas a cabo por el movimiento denominado el Risorgimento (movimiento de corte abiertamente anticlerical y masón aunque con contrastes) que buscaba la unificación de todos los reinos que conformaban el territorio de lo que hoy conocemos como Italia, culminaron con la proclamación del Reino de Italia en 1861 y la anexión de Roma en 18701.

Este acontecimiento es conocido históricamente como la caída de los Estados Pontificios. Como consecuencia, la Iglesia fue despojada de sus bienes, muchas órdenes religiosas fueron suprimidas, se instauró el matrimonio civil y, sobre todo, el Papa fue privado de su soberanía temporal, lo que constituyó en aquel momento una humillación de enormes proporciones.

Pío IX, que ocupaba entonces la Sede de Pedro, decidió no reconocer la legitimidad del nuevo Estado italiano y, en señal de protesta, se negó a abandonar el Vaticano. De este modo, pasó a considerarse a sí mismo como «prisionero en el Vaticano».

Si bien es cierto el Risorgimento  buscaba la unificación de aquellos reinos, es decir, la creación de un nuevo orden político, este se impulsó en gran medida bajo principios liberales que tendieron a relegar la influencia institucional de la Iglesia, especialmente en el ámbito temporal.

El Inicio de las «Oraciones Leoninas»

Tras un pontificado de más de 31 años — el más largo en la historia de la Iglesia Católica —, falleció Pío IX el 7 de febrero de 1878, a los 85 años, aún considerado «prisionero» en el Vaticano.

Con el fin de elegir a su sucesor, el colegio cardenalicio convocó un cónclave, que tuvo lugar entre los días 19 y 20 de febrero de 1878. Tras tres votaciones, resultó elegido Gioacchino Pecci, quien tomó el nombre de León XIII.

Sería este Papa quien publicase la encíclica «Humanum Genus», misma que denunciaba a la masonería como una secta que buscaba «destruir desde los cimientos todo el orden religioso y social». Fue la respuesta práctica del Papa en medio de un creciente clima anticlerical: si la masonería era el ejército invisible del enemigo, la Iglesia necesitaba un contraataque espiritual diario en cada parroquia del mundo. Por ello, mediante un Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, de título «Iam inde ab anno» («Ya desde hace un año»), fechado el 6 de enero de 1884, se ordenaba el rezo universal de las oraciones establecidas por su antecesor, mismas a las que se añadió la siguiente oración:

Dios, refugio y fortaleza nuestra, mira propicio al pueblo que clama a ti; y por intercesión de la gloriosa e inmaculada Virgen María, Madre de Dios, del bienaventurado José, su Esposo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y de todos los Santos, escucha misericordioso y benigno las súplicas que te dirigimos por la conversión de los pecadores, por la libertad y exaltación de la Santa Madre Iglesia. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén.

En el marco de los decretos de 1884–1886 de la Sagrada Congregación de Ritos, bajo el pontificado de León XIII, se consolida el ciclo de las llamadas oraciones leoninas, dentro del cual queda incorporada la invocación a San Miguel Arcángel, conocida posteriormente en la práctica devocional como la «forma breve» de la oración.

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes; y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

La visión de León XIII

Era la mañana del 13 de octubre de 1884. En el silencio recogido del Vaticano, León XIII acababa de celebrar la Santa Misa y permanecía aún en la capilla privada, en compañía de algunos cardenales. Todo transcurría como de costumbre: el altar, las oraciones, el recogimiento. Pero, al concluir, en lugar de retirarse de inmediato, permaneció inmóvil.

Lo que sucedió en los minutos siguientes no quedó registrado en actas oficiales, pero fue narrado por su secretario particular y otros prelados que presenciaron el asombroso cambio en el Pontífice.

El rostro del Papa palideció. Sus ojos, muy abiertos, parecían fijos en un punto invisible cerca del altar. Sus manos, que descansaban sobre el reclinatorio, comenzaron a aferrarse con tal fuerza que los nudillos se tornaron blancos.

—Santidad… —susurró el secretario, temiendo lo peor. Pensó que el Papa había sufrido un derrame.

De repente, el Papa se incorporó, y se fue a su estudio privado. Lo siguieron y le preguntaron: ¿Qué le sucede su Santidad? ¿Se siente mal? El respondió: «¡Oh, que imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!», y se encerró en su oficina:

«Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que él podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener 100 años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo.2»

También León XIII vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.

El origen de la Oración a San Miguel Arcángel

Media hora después de ocurrido aquel evento, León XIII llamó al Secretario para la Congregación de Ritos. Le entregó una hoja de papel y le ordenó que la enviara a todos los obispos del mundo indicando que bajo mandato tenía que ser recitada después de cada misa, la oración que ahí el había escrito, junto con las otras oraciones al pie del altar que se decían siempre después de cada misa rezada.

Así, concluida la Misa —tras la proclamación del último Evangelio—, el sacerdote descendía al plano del altar y, arrodillado, recitaba junto con el pueblo tres Avemarías, la Salve Regina con su versículo y oración, la invocación a San Miguel Arcángel y, finalmente, las jaculatorias al Sagrado Corazón de Jesús. Tras lo cual se levanta, sube a la predela del altar para tomar el cáliz y retirarse hacia la sacristía 3.


Hasta aquí esta larga introducción, necesaria para situar al lector en el contexto histórico en el que se desarrollan los acontecimientos y del cual, en gran medida, se deriva la situación actual.

En resumen: se levantan los enemigos de Dios contra su Iglesia (tal y cual está profetizado), tienen grandes triunfos temporales («Y se les dio el poder de hacerle la guerra a los santos y vencerlos» Apocalipsis 13:7 ), la Iglesia padece persecución (ya hoy en día universalmente). La respuesta del Cielo se da por medio de la visión al Papa León XIII por medio de la visión que da origen a la oración de San Miguel Arcángel. Vayamos finalmente al punto nuclear de este artículo.

El decreto de la Sagrada Congregación de ritos

Este documento, conocido así, con el título de Decreto de la Sagrada Congregación de ritos de 1886 y que fuese aprobado, por el papa León XIII, es el que instaura con carácter obligatorio y universal, el rezo después de la celebración de la Santa Misa de las oraciones leoninas (que ya hemos visto más arriba) pero a las que se les añadió la oración que ha venido a conocerse como la «oración corta a San Miguel Arcángel» o más correctamente como «Invocación a San Miguel Arcángel». Aquí radica precisamente el núcleo del asunto. Es necesario recalcar que el decreto original específico no circula fácilmente con título propio; suele encontrarse dentro de recopilaciones litúrgicas o en el Acta Sanctae Sedis volumen XXIII, mas no como documento aislado con nombre definido.

Cita del Decreto / Motu Proprio (ASS, Vol. XXIII (1890-1891) –  a partir de la página 743 hasta la 747) en la que podemos encontrar el exorcismo completo de San Miguel Arcángel contra los ángeles apóstatas:

«Nuestro Santísimo Señor LEÓN XIII, por la divina providencia Papa, ha concedido a todos los Reverendísimos Obispos, así como a los Sacerdotes que tengan autoridad legítima para ello de sus Ordinarios, que reciten devotamente una vez al día el exorcismo arriba expresado, una indulgencia parcial de trescientos días a ganar cada día.

Asimismo, para aquellos que continúen haciéndolo durante todo un mes, habiéndose confesado y alimentado con la Sagrada Eucaristía, se les imparte una indulgencia plenaria de todos sus pecados una vez al mes… la cual declaró que también puede aplicarse a las almas de los fieles cristianos que se encuentran en el purgatorio.»

Pero la aprobación que aquí se describe, es para la oración completa de exorcismo y las indulgencias NO aplican a los fieles.

La Raccolta de 1904

La Raccolta era un libro oficial de la Iglesia Católica que reunía oraciones, actos de piedad y obras de caridad a las que se habían concedido indulgencias. Esta colección, cuya publicación se inició en 1807 y que fue actualizada hasta mediados del siglo XX, estaba dirigida a los fieles que deseaban ganar indulgencias —parciales o plenarias, para sí mismos o para las almas del purgatorio— al rezar dichas oraciones en las condiciones establecidas: confesión, comunión, orar por la intención del Papa, entre otras.

La edición de 1904, traducida del latín al inglés y publicada en 1910, cuenta con las siguientes aprobaciones eclesiásticas: Nihil Obstat por Henricus S. Bowden, Censor Deputatus, e Imprimatur por Edmundus Surmont, Vicarius Generalis, con fecha del 28 de noviembre de 1909. En esta edición, bajo el numeral 292, se encuentra la oración dedicada a San Miguel Arcángel, cuyo encabezado reza textualmente:

«292. Prayer to St. Michael. 300 Days, once a day. (See Instructions.) Leo XIII, Mot. Pr., September 23, 1888.»

Es decir:

292. Oración a San Miguel Arcángel. Indulgencia de 300 días, una vez por día (véase Instrucciones). León XIII, Motu Proprio, 23 de septiembre de 1888.

Un motu proprio es un documento oficial emitido por el Papa por iniciativa propia, sin solicitud previa de ninguna otra autoridad. A través de este tipo de acto, el Romano Pontífice establece, modifica o regula normas dentro de la Iglesia con plena autoridad legislativa. Por lo tanto, puede afirmarse con total certeza que es por autoridad directa del papa León XIII que se habilita a los fieles el rezo de esta oración.

Del motu proprio que menciona La Raccolta en el numeral 292 (aquí un enlace a la Raccolta en Inglés de 1910, aquí otro en formato PDF si, en Inglés, no existe en otros idiomas pues su traducción del Latín sin permiso estaba prohibida) no existe ni una sola copia en toda la web, sin embargo, gracias a la Raccolta, sabemos que existe.

Esto llevará al fiel a hacerse la pregunta inevitable: ¿Cuál es, entonces, la oración a San Miguel Arcángel cuyo rezo por parte de los fieles fue aprobado por León XIII?

La oración a continuación:

Texto Original / «Forma larga» o «Súplica a San Miguel»

Gloriosísimo Arcángel San Miguel, Príncipe de los ejércitos celestiales, sé nuestra defensa en la terrible batalla que sostenemos contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos.

Acude en auxilio del hombre, a quien Dios creó inmortal, hecho a su imagen y semejanza, y redimido a tan alto precio de la tiranía del demonio. Pelea hoy la batalla del Señor, juntamente con los santos ángeles, como antaño combatiste al jefe de los ángeles soberbios, Lucifer, y a su ejército apóstata, que no pudieron vencerte, ni tuvieron ya lugar en el cielo.

Aquella cruel y antigua serpiente, que se llama diablo o Satanás, que engaña a todo el mundo, fue precipitada al abismo con sus ángeles. Mas he aquí que este enemigo, primigenio y homicida  ha recobrado audacia. Transfigurado en ángel de luz, anda vagando con toda la multitud de espíritus perversos, ha invadido la tierra para borrar el nombre de Dios y de su Cristo, y arrebatar, matar y precipitar en eterna perdición las almas destinadas a la corona de la gloria eterna.

Este dragón malvado derrama, como el más inmundo torrente, el veneno de su malicia sobre los hombres de mente depravada y corrompido corazón: el espíritu de mentira, de impiedad, de blasfemia, y el hálito pestilente de la impureza y de todo vicio e iniquidad.

Estos enemigos tan astutos han llenado de hiel y amargura a la Iglesia, Esposa del Cordero inmaculado, y han puesto manos sacrílegas sobre sus más sagrados bienes. Aun en el mismo lugar santo, donde ha sido establecida la Sede del bienaventurado Pedro y la Cátedra de la Verdad para luz del mundo, han erigido el trono de su abominable impiedad, con el inicuo designio de que, herido el Pastor, sean dispersadas las ovejas.

Levántate, pues, oh invicto Príncipe, y acude en auxilio del pueblo de Dios contra los ataques de los espíritus perdidos, y concédeles la victoria. A ti te veneran como protector y patrono; en ti se gloría la Santa Iglesia como defensa contra la malicia infernal; a ti ha confiado Dios las almas de los hombres para ser conducidas a la bienaventuranza celestial.

Ruega al Dios de la paz que aplaste a Satanás bajo nuestros pies, de suerte que, vencido del todo, no pueda ya tener cautivos a los hombres ni dañar a la Iglesia. Ofrece nuestras súplicas en la presencia del Altísimo, para que seamos presto colmados de sus misericordias; y abatido el dragón, la antigua serpiente, que es el diablo y Satanás, encadénalo nuevamente en el abismo, para que ya no pueda seducir a las naciones. Amén.

V. He aquí la Cruz del Señor; sean dispersadas las potestades enemigas.
R. Ha vencido el león de la tribu de Judá, la raíz de David.

V. Sea tu misericordia sobre nosotros, Señor.
R. Según hemos esperado en ti.

V. Señor, escucha mi oración.
R. Y llegue hasta ti mi clamor.

Oremos

Oh Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, invocamos tu santo nombre, y suplicantes imploramos tu clemencia: que por la intercesión de María, siempre Virgen Inmaculada y nuestra Madre, y del glorioso Arcángel San Miguel, te dignes socorrernos contra Satanás y todos los espíritus inmundos que andan por el mundo para daño del linaje humano y para la perdición de las almas. Amén.

¿Qué sucedió con la oración a San Miguel Arcángel?

La oración a San Miguel, tal como había sido aprobada por Su Santidad el papa León XIII, fue perdiendo su lugar en la Misa de manera paulatina. El golpe decisivo llegó en 1964, bajo el pontificado de Pablo VI, cuando la Sagrada Congregación de Ritos ordenó la supresión de las oraciones leoninas al final de la celebración eucarística. La estocada final, sin embargo, llegaría con la instauración de la llamada Misa reformada —el Novus Ordo Missae de 1969—, con la que la oración a San Miguel desaparece por completo del rito.

La Raccolta, por su parte, perdería su vigencia en 1967 mediante la constitución apostólica Indulgentiarum Doctrina de Pablo VI, que reformó íntegramente el sistema de indulgencias con el declarado propósito de hacerlo «más comprensible y uniforme para toda la Iglesia». En su lugar se implementó lo que hoy se conoce como el Enchiridion Indulgentiarum, que se distingue de la Raccolta en que recoge únicamente «las oraciones y obras de piedad, caridad y penitencia más importantes». El contraste es elocuente: un documento de más de 750 páginas fue reemplazado por otro de apenas 150 a 180, según la edición. En ninguno de ellos figura ya la oración a San Miguel.

En cuanto a la oración breve, si bien es cierto no aparece en la Raccolta como entrada propia, sin embargo sí pertenece al ciclo litúrgico de las oraciones leoninas hasta 1964; luego queda fuera del uso obligatorio y del sistema de indulgencias.

La Instrucción de 1985: «Inde ab aliquot annis»

A mediados de la década de 1980, hubo un surgimiento de grupos de oración que, bajo el nombre de «oraciones de liberación», empleaban textos del antiguo Ritual Romano, incluyendo el exorcismo completo de León XIII. Esto habría motivado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a emitir una instrucción formal el 29 de septiembre de 1985, firmada por el entonces Cardenal Joseph Ratzinger.

El documento es inequívoco en su prohibición: se establece que no es lícito a los fieles cristianos utilizar la fórmula de exorcismo contra Satanás y los ángeles apóstatas publicada por orden de León XIII. La instrucción advierte específicamente sobre el peligro de que personas no autorizadas dirijan reuniones de oración en las que se utilicen oraciones que interpelan directamente al demonio o buscan conocer su identidad. Pero lamentablemente el documento que se supone debería haber traído luz sobre el problema, trajo más confusión, pues la instrucción, no diferenció entre el exorcismo completo de San MIguel Arcángel y la oración de Súplica, que aparece al principio del exorcismo y que como ya hemos visto en la Raccolta, les estaba permitido — por Motu Proprio de León XIII — a los fieles rezarla a diario. Es decir, se terminó por tirar «el agua con niño y todo». Así, los fieles, asustados por estas advertencias, optaron por dejar de rezar el exorcismo y la súplica (por estar asociada al Exorcismo). Es precisamente a consecuencia de esto, que en su lugar se comienza a popularizar la llamada «Oración breve a San Miguel», que como hemos vista, dista mucho de la Súplica en contenido y mensaje.

Oración breve a San Miguel Arcángel

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes; y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

¿Y qué dice el derecho canónico?

Desde el punto de vista del derecho canónico, la distinción entre el exorcismo reservado al clero y la oración permitida a los fieles queda claramente establecida. El canon 1172 del Código de Derecho Canónico de 1983 dispone que nadie puede realizar exorcismos legítimamente sobre los posesos sin haber obtenido licencia particular y expresa del Obispo diocesano, licencia que únicamente puede ser concedida a un presbítero dotado de piedad, ciencia, prudencia e integridad de vida4. En el mismo sentido, el canon 1168 establece que el ministro de los sacramentales es el clérigo debidamente habilitado; y dado que el exorcismo mayor es un sacramental, este canon refuerza igualmente dicha restricción.

La permisión del rezo de la Súplica a San Miguel (ojo aquí…«súplica», no «exorcismo») por parte de los fieles no proviene de un canon específico, sino de dos fuentes directas y concretas: la aprobación pontificia de León XIII mediante motu proprio, que habilitó expresamente a los fieles para su rezo, y la inclusión de dicha oración en la Raccolta, catálogo oficial de oraciones aprobadas para los fieles. Esa autorización, sin embargo, tiene un límite preciso: alcanza únicamente a la Súplica, es decir, a la oración larga que precede al exorcismo. El exorcismo propiamente dicho es el texto que sigue a la mencionada oración, y su rezo está reservado exclusivamente al clero con autorización expresa del obispo diocesano, conforme al canon 1172 del Código de Derecho Canónico. El fiel, por tanto, no reza el exorcismo: reza la Súplica. La distinción no es menor, y conviene tenerla siempre presente.

¿Entonces, pueden los laicos rezar el exorcismo de San Miguel Arcángel?

Seamos precisos y llamemos a las cosas por su nombre. El exorcismo como tal, está reservado exclusivamente al clero. Sin embargo, tal y como ha quedado demostrado, a los fieles si les es permitido rezar la denominada «forma larga» de la oración a San Miguel. Esta forma larga, que es la que se hemos incluido más arriba, no es nada más y nada menos que la Súplica a San Miguel, con la que da inicio el exorcismo.

La Iglesia Católica diferencia nítidamente entre la intercesión privada y el rito litúrgico público. El fiel laico tiene el derecho y el deber de combatir el mal, pero debe hacerlo utilizando los medios que la Iglesia, como Madre y Maestra, ha dispuesto para su seguridad y edificación.

El exorcismo de San Miguel en su forma extensa, al ser una fórmula imperativa de conjuro, queda fuera de la competencia de los laicos por mandato expreso del derecho canónico y de las instrucciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Esta prohibición no es un límite a la libertad de los hijos de Dios, sino una medida de protección para evitar que la soberbia espiritual, la imprudencia o el desconocimiento teológico abran puertas a ataques del maligno que el fiel no está llamado a enfrentar directamente.

La iglesia siempre ha puesto como ejemplo el episodio bíblico de los hijos de Esceva narrado en Hechos 19, 13-16. Siete hermanos, que no eran apóstoles ni estaban integrados en la estructura de la Iglesia naciente, intentaron invocar el nombre de Jesús para expulsar espíritus malignos, diciendo: «Os conjuro por Jesús, el que predica Pablo». El espíritu maligno les respondió: «A Jesús conozco y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?». Acto seguido, el hombre poseído se lanzó sobre ellos, hiriéndolos y haciéndolos huir desnudos.

Referencias

1.- Unificación Italiana
2.- La visión de Leon XIII
3 .- Las preces prescritas por S.S. León XIII
4.- Dossier de exorcismo

Cordero de Dios

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.

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