Agnus Dei

¿Qué es la devoción a la Preciosísima Sangre?

Publicado el 1 de julio de 2025

Actualizado el 1 de julio de 2026

Archivado en: Julio: Mes de la Preciosísima Sangre, Destacado

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La devoción a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo es una de las expresiones más profundas de la piedad católica. Es, en efecto, la contemplación y adoración del precio del rescate del mundo: la Sangre derramada por el Cordero sin mancha, que limpia, redime, fortalece y santifica. Desde la cruz hasta el altar, la Sangre de Cristo fluye como un río de gracia que alimenta y sostiene a la Iglesia.

En el calendario litúrgico tradicional, julio está consagrado a esta devoción, y el primer día del mes, antes de las reformas introducidas en el Concilio Vaticano II, se celebraba la fiesta de la Preciosísima Sangre, elevada a rito doble de primera clase por el Papa Pío XI. Esta devoción, eminentemente cristocéntrica, está inseparablemente unida al Sacrificio del Calvario perpetuado en el Santo Sacrificio de la Misa.

Origen e Historia

Aunque la veneración de la Sangre de Cristo es tan antigua como la Iglesia misma – presente ya en las epístolas paulinas y en la liturgia de los primeros cristianos -, la devoción como tal tomó forma especialmente a partir de la Edad Media, impulsada por santos como san Bernardo de Claraval y santa Catalina de Siena. Ambos meditaban con frecuencia en la Sangre del Redentor como fuente de vida espiritual.

Durante el siglo XIX, en el contexto de la Revolución Francesa y las persecuciones que siguieron, esta devoción cobró un nuevo vigor. Fue san Gaspar del Búfalo (1786–1837), sacerdote romano y fundador de los Misioneros de la Preciosísima Sangre, quien la difundió intensamente, predicando en toda Italia el poder santificador de la Sangre del Señor.

Su apostolado tuvo tal impacto que el Beato Pío IX, gran defensor de las devociones tradicionales y de la soberanía de Cristo sobre las naciones, aprobó oficialmente la fiesta de la Preciosísima Sangre en 1849, en acción de gracias por el restablecimiento de su autoridad tras el exilio provocado por las revueltas anticlericales.

Más tarde, el Papa Pío XI, con ocasión del XIX centenario de la Redención, elevó la fiesta a rito doble de primera clase en 1934, estableciéndola para toda la Iglesia. Finalmente, Pío XII dedicó varias alocuciones y documentos al misterio de la Sangre, especialmente en su encíclica Haurietis Aquas (1956), donde invitaba a los fieles a beber de las “fuentes del Salvador” con fe ardiente.

 Fundamento teológico de la devoción

La Sangre de Cristo es el símbolo más visible y poderoso del misterio de la Redención. Es la Sangre del Cordero inmolado, anunciada en las figuras veterotestamentarias del sacrificio pascual y del aspersorio del Templo. Es también el sello de la Nueva y Eterna Alianza, como dijo el mismo Señor en la Última Cena: “Este es el cáliz de Mi Sangre, de la Nueva y Eterna Alianza, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados”.

La Sangre de Cristo es también el vínculo que une a la Iglesia con su Esposo. San León Magno decía: “Del costado de Cristo dormido en la cruz nace el sacramento de la Iglesia, de igual modo que Eva fue formada del costado de Adán dormido”. Por eso, la Sangre es también principio de maternidad eclesial y de fecundidad sacramental.

En la doctrina tomista, la Sangre de Cristo tiene un valor infinito, por ser sangre del Verbo encarnado, y su derramamiento voluntario es acto perfecto de obediencia al Padre y de caridad hacia nosotros, merecedor de toda gracia. Si bien es cierto, este acto culmina en el sacrificio de la Cruz, está sacramentalmente presente en cada Misa, donde se ofrece de modo incruento, y se distribuye en la Comunión bajo la sola especie del pan, en la cual está todo Cristo, Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

Relación con la Sagrada Eucaristía

La devoción a la Preciosísima Sangre no puede separarse de la Misa. En la forma tradicional del rito romano, el sacerdote pronuncia con sagrada reverencia las palabras de la consagración del cáliz, que actualizan el momento mismo en que Cristo entregó Su Sangre por nosotros.

Así también, la adoración al Santísimo Sacramento del Altar, y especialmente las Horas Santas reparadoras, son expresiones íntimas de la devoción a la Sangre. Por ello no es de extrañar que santos como el Santo Cura de Ars, san Juan Bosco o santa Gemma Galgani se refirieran frecuentemente a la Sangre del Señor con expresiones de amor ardiente y de reparación.

Esta devoción esta vinculada también de forma especial al Sacramento de la Penitencia, pues es en la confesión donde esa Sangre preciosa limpia al alma de sus culpas, como decía san Juan: “La Sangre de Jesucristo, su Hijo, nos purifica de todo pecado” (1 Jn 1,7).

Cordero de Dios la Preciosísima Sangre

 

Colofón
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