¿Qué es un antipapa?


antipapa

Se llama o reconoce como antipapa a todo falso reclamante a la Santa Sede, en oposición a un Papa elegido canónicamente.

A lo largo de la historia de la Iglesia, han sido muchos los pretendientes ilegítimos a la Silla Petrina, mismos que con frecuencia ejercían funciones pontificales en desafío al verdadero ocupante, es decir, al Papa elegido canónicamente.

Joseph Hergenröther, un historiador eclesiástico y canonista, y además, primer cardenal-prefecto de los Archivos Vaticanos; identifica y enumera treinta antipapas, en el siguiente orden:

  • Hipólito (?), siglo III
  • Novaciano, 251
  • Félix II, 355-365
  • Ursicino, 366-367
  • Eulalio, 418-419
  • Laurencio, 498-501
  • Constantino II, 767
  • Felipe, siglo VIII
  • Anastasio, 855
  • León VIII, 956-9
  • Bonifacio VII, 974
  • Juan XVI, siglo X
  • Gregorio, 1012
  • Benedicto X, 1058
  • Honorio II 1061-72
  • Guibert o Clement III, 1080-1100
  • Teodorico, 1100
  • Alerico, 1102
  • Maginulfo, 1105
  • Burdin (Gregory VIII), 1118
  • Anacleto II, 1130-38
  • Víctor IV, 1159-64
  • Pascual III, 1164-68
  • Calixto III, 1168-77
  • Inocencio III, 1178-80
  • Nicolás V, 1328-30
  • Roberto de Génova (Clement VII), 20 de septiembre de 1378 a 16 de septiembre de 1394
  • Amadeo de Savoya (Félix V), noviembre 1439 a abril 1449

¿Cómo se previene el nombramiento de más antipapas?

El gran San Pío V, unido a su padre espiritual y predecesor Pablo IV y a todos los pontífices del pasado y del futuro, consolidó la defensa del Papado a través de sus vitales sentencias contra los herejes infiltrados en la Santa Iglesia.

Los más taimados enemigos han llenado de amargura a la Iglesia, esposa del Cordero Inmaculado, le han dado a beber ajenjo, han puesto sus manos impías sobre todo lo que para Ella es más querido. Donde fueron establecidas la Sede de San Pedro y la Cátedra de la Verdad como luz para las naciones, ellos han erigido el trono de la abominación de la impiedad, de suerte que, golpeado el Pastor, pueda dispersarse la grey.

– Papa León XIII – Oración de exorcismo

Es entendible el espíritu profético de su pontificado (San Pio V), por ello hizo suya y confirmó a perpetuidad la Bula de Pablo IV Cum ex apostolatus officio y asimismo estableció la inmutabilidad del Canon de la Santa Misa en su propia Bula Quo primum tempore, para salvaguardar así los dos bienes que en nuestro tiempo serían objeto predilecto de los ataques de Satanás y sus agentes; el Papado y la Santa Misa.

Agregamos que si en algún tiempo aconteciese que un obispo, incluso en función de arzobispo, o de patriarca, o primado; o un cardenal, incluso en función de legado, o electo pontífice romano que antes de su promoción al cardenalato o asunción al pontificado, se hubiese desviado de la fe católica, o hubiese caído en herejía. o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto.

(Pablo IV, Bula Cum ex apostolatus officio)

Si, como afirman los llamados «lefebvrianos», no fuera posible el reinado de un impostor como “papa”, Pablo IV y sus sucesores no hubiesen nunca elaborado esta sentencia. Tan así era prevista la pronta llegada de un falso Papa – reconocido como Papa – que el propio Pablo IV lo especificó al inicio de la Bula:

[…] y para que no acontezca algún día que; cuando al fin veamos en el Lugar Santo la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel; no sea que parezcamos perros mudos, ni mercenarios, o dañados los malos vinicultores; con la ayuda de Dios para Nuestro empeño pastoral, anhelamos capturar las zorras que tientan desolar la Viña del Señor y rechazar los lobos lejos del rebaño.

Por Derecho, los que previamente son herejes contumaces, y son electos pontífices, obispos, o para cualquier otro cargo o dignidad -como el caso del cabalista Pierleoni en 1131- igualmente son antipapas, es decir, nulos en su ordenación, como todos los obispos que han sido herejes infiltrados en el clero.

Así lo establece la Bula Cum ex apostolatus officio de Pablo IV y San Pío V (decimos de San Pío V porque la hizo propia y la confirmó a perpetuidad en su Motu Proprio Inter Multiplices), y conforme a esta Bula que ningún Papa derogó o abrogó, antes bien la confirmaron a perpetuidad y es citada como fundamento en el Código de Derecho Canónico de 1917), los herejes que son electos para el Papado, son antipapas sin importar que hayan sido electos por la absoluta unanimidad de los cardenales, ni siquiera aunque hayan sido reconocidos por toda la Cristiandad como papas durante largo tiempo, y que hayan gozado fama de santos.

[…] y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos.

(Pablo IV, op.cit.)

 

Canon 188.4.- Por defección de la Fe Católica… todas los oficios quedan vacantes ipso facto y Latae Sententiae (sin necesidad de declaración)., a través de renuncia tácita, aceptada por la propia ley. (CIC 1917)

Por lo antedicho, los fieles que observamos la evidencia de los hechos, podemos refugiarnos con seguridad en la sentencia de la Cum ex apostolatus officio, posterior a San Bernardo y a Santa Catalina:

Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes, y no será posible considerar que se ha otorgado o se otorga alguna facultad de administrar en las cosas temporales o espirituales a los que son promovidos, en tales circunstancias, a la dignidad de obispo, arzobispo, patriarca o primado, o a los que han asumido la función de Cardenales, o de Pontífice Romano, sino que por el contrario todos y cada uno de los pronunciamientos, hechos, actos y resoluciones y sus consecuentes efectos carecen de fuerza, y no otorgan ninguna validez, y ningún derecho a nadie.

(Pablo IV. Op. cit.)

Bajo tales circunstancias, los fieles no deben obedecer sino evitar a los desviados en la Fe y además considerarlos hechiceros, heresiarcas y otras bajezas:

Y en consecuencia, los que así hubiesen sido promovidos y hubiesen asumido sus funciones, por esa misma razón y sin necesidad de hacer ninguna declaración ulterior (Latae Sententiae), están privados de toda dignidad, lugar, honor, título, autoridad, función y poder; y séales lícito en consecuencia a todas y cada una de las personas subordinadas a los así promovidos y asumidos, si no se hubiesen apartado antes de la Fe, ni hubiesen sido heréticos, ni hubiesen incurrido en cisma, o lo hubiesen suscitado o cometido, tanto a los clérigos seculares y regulares, lo mismo que a los laicos; y a los Cardenales, incluso a los que hubiesen participado en la elección de ese Pontífice Romano, que con anterioridad se apartó de la Fe, y era o herético o cismático, o que hubieren consentido con él otros pormenores y le hubiesen prestado obediencia, y se hubiesen arrodillado ante él; a los jefes, prefectos, capitanes, oficiales, incluso de nuestra materna Urbe y de todo el Estado Pontificio; asimismo a los que por acatamiento o juramento, o caución se hubiesen obligado y comprometido con los que en esas condiciones fueron promovidos o asumieron sus funciones, (séales lícito) sustraerse en cualquier momento e impunemente a la obediencia y devoción de quienes fueron así promovidos o entraron en funciones, y (además) evitarlos como si fuesen hechiceros, paganos, publicanos o heresiarcas, lo que no obsta que estas mismas personas hayan de prestar sin embargo estricta fidelidad y obediencia a los futuros obispos, arzobispos, patriarcas, primados, cardenales o al Romano Pontífice, canónicamente electo.

(Pablo IV, op. cit.)

La sentencia antedicha -por ser de Derecho Divino (inmutable)- es a perpetuidad. Contrariamente a lo que afirman sus detractores, las leyes de Derecho Divino -como la Cum ex apostolatus y la Quo primum tempore– son inmutables y quedan firmes a perpetuidad. Así lo sentencia Pablo IV en cuanto a la Cum ex apostolatus en la propia bula y posteriormente San Pío V en su motu proprio Inter Multiplices:

Por lo tanto, a hombre alguno sea lícito infringir esta página de Nuestra Aprobación, Innovación, Sanción, Estatuto, Derogación, Voluntades, Decretos, o por temeraria osadía, contradecirlos. Pero si alguien pretendiese intentarlo, sepa que habrá de incurrir en la indignación de Dios Omnipotente y en la de sus santos Apóstoles Pedro y Pablo.

(Pablo IV, op. cit.)

San Pío V, persuadido del intento de los Marranos por “derogar” en un futuro las sentencias de su predecesor y padre espiritual Pablo IV, se anticipó y decretó a perpetuidad su Motu Proprio Inter Multiplices en el cual solemnemente estableció para la posteridad:

A causa de su herética perversidad, habiendo aportado, para el examen de la causa y para su propia defensa, testigos falsos y gozando de la dilucidación de gente muy poco informada acerca de su vida y doctrina (de los criptohebreos cabalistas)…
…perseveraban ocultamente y también a veces sin reserva alguna, en sus antiguos errores contra la fe católica, y nunca volvían realmente al seno de la Iglesia (falsos conversos), por el contrario. En seguro contacto con los demás fieles y apareciendo como católicos (infiltrados), pudieron corromper otros espíritus, inficionarlos y arrastrarlos con facilidad a sus heréticas opiniones, para escándalo no pequeño y perjuicio de toda la cristiandad, y para perdición y destrucción de esas almas extraviadas.

Nosotros pues queriendo salir al paso de este escándalo tan peligroso y contagioso, disponer medidas y proveer a la salvación de esas almas, y quitar toda duda y discusión entre los jurisperitos, o cualquier otro impedimento y obstáculo, por cuya causa se impidiera o retardara de cualquier modo o por cualquier instancia el ejercicio de la santa inquisición, respecto de la perversidad herética, de motu proprio y por certidumbre de nuestra propia ciencia según la plenitud de la potestad apostólica… y además siguiendo las huellas de nuestro predecesor, el papa Paulo IV, de feliz recordación, renovamos con el tenor de las presentes, la constitución contra los heréticos y cismáticos, promulgada por el mismo pontífice, el 15 de febrero de 1559 (la Cum Ex Apostolatus), año IV de su pontificado, y la confirmamos de modo inviolable, y queremos y mandamos que sea observada escrupulosamente, según su contexto y sus disposiciones.

(San Pío V, Motu proprio Inter multiplices)

Para los contemporizadores con aquellos herejes, el mismo San Pío V se adelantó a sus “excusas”:

…las inhibiciones, las cláusulas derogatorias de las derogatorias, o cualquier otra que abra un resquicio y que de alguna manera sean contrarias a la disposición o recurrencia del citado santo oficio, revocándolas pues a todas ellas, de modo absoluto y perpetuo por esta nuestra constitución universal, de carácter perpetuo y que tendrá validez perpetua, a todas y cada una y de cualquier tenor, incluso las que son absolutorias en causas de probada inocencia; o también las sentencias declaratorias, en cualquier redacción que tuvieran, y supuesta una canónica dilucidación, incluso las sentencias definitivas; los decretos promulgados en favor de los mismos reos, investigados y denunciados por el antedicho santo oficio o por otros jueces ordinarios o delegados, o también por los mismos romanos pontífices; o las sentencias y decretos que habrán de ser promulgados, incluso por nos mismos, o por nuestros sucesores los romanos pontífices de cada tiempo.

Nosotros por nuestra autoridad apostólica declaramos, decretamos, establecemos y ordenamos que nunca han tenido efecto, ni en el futuro podrán tenerlo en la cosa juzgada.

(san pío v, op. cit.)

Un antipapa notable

Uno de los casos más notorios en la historia de la Iglesia fue el del antipapa Anacleto II, quien reinó en Roma desde 1130 a 1138. Anacleto fue implantado en una elección no-canónica después de Inocente II, el verdadero Papa, ya elegido. A pesar de su inválida y no-canónica elección, el antipapa Anacleto II obtuvo el control de Roma y el apoyo de la mayoría del colegio de cardenales. Anacleto tuvo el apoyo de casi toda la población de Roma, hasta que el verdadero Papa recuperó el control de la cuidad en 1138 (La Enciclopedia Católica, “Anacleto”, vol. 1, 1907, p. 447).

Santa Catalina de Siena contra los antipapas de su época

1376. Palacio de los Papas de Aviñón. Una joven dominica se presenta a las puertas exigiendo ver al Papa. Se había hecho preceder por cartas en las que pedía, con un dulce descaro, al Santo Padre que regresara a la diócesis de Pedro, a Roma. Nunca se sabrá por qué, pero curiosamente el Papa devoraba las cartas de aquella muchacha de Siena. La religiosa reprochaba al Sumo Pontífice que mantuviera el Papado en el exilio. Lo hacía con la fuerza contagiante de la ternura:

«Yo os digo, dulce Cristo en la tierra, de parte de Cristo en el Cielo…»

Así comenzaba siempre sus misivas en las que exigía a Gregorio XI el mayor sacrificio que podría pedirle en su vida: regresar a Roma.

Aviñón era residencia de los Papas desde hacía 67 años. Las guerras intestinas en Europa, y especialmente en Italia, llevaron al pontífice a huir de Roma para pedir protección al rey de Francia. Cuando, a la muerte de Gregorio XI, fue elegido Urbano VI, los cardenales huyeron de Roma. Se reunieron de nuevo en cónclave y eligieron por unanimidad antipapa al cardenal Roberto de Ginebra, primo del rey de Francia. Tomó el nombre de Clemente VII y partió para Aviñón.

Europa se dividió en la obediencia a dos Papas. La gente no sabía a quién de los dos obedecer. Incluso algunos santos, como san Vicente Ferrer, se adhirieron a Aviñón.

Catalina de Siena fue entonces el único nexo de diálogo entre todas las partes. Desde la cátedra de sus innumerables cartas exigió a unos y a otros la unidad por encima de todo. Su actividad no se detuvo ante el Papa, a quien le pidió moderar su carácter: «Vuestro peso, que es tan grave, el amor lo hará ser ligero…» Escribió al cardenal español Pedro de Luna, quien llegaría a ser el antipapa Benedicto XIII: «Quiero pues, dulce padre mío, que os enamoréis de la verdad». Escribió varias cartas a la reina Juana de Nápoles. «Considero mía vuestra alma…», le decía en señal de cariño.

Cuando murió Catalina de Siena en 1380, la Iglesia seguía desgajada. Sin embargo, el diálogo que emprendió culminaría más tarde con la reunificación.  Hoy día nadie se acuerda de la larga lista de Papas y antiPapas que se sucedieron en aquellos años. Sin embargo, todo el mundo conoce a aquella muchacha que murió a los 33 años, Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia.

 

 

 

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