Quinto Domingo de Cuaresma | Domingo de Pasión


 

Tres cosas preocupaban antiguamente a la Iglesia, particularmente, desde el Miércoles de Ceniza a Pascua. Estas eran:

  1. La Pasión del Divino Redentor, que procuraba recordar con frecuencia y de muchas maneras.
  2. La preparación de los catecúmenos que habrían de recibir el Bautismo el Domingo de Pascua.
  3. La reconciliación de los pecadores públicos, que después de haber hecho por más o menos tiempo pública penitencia en las puertas del templo, esperaban por fin el perdón.

A esto iban encaminadas las oraciones que se decían las reflexiones y explicaciones que se daban continuamente, las penitencias que se practicaban. Y a esto mismo se dirige hoy el espíritu de la Iglesia porque es el espíritu de Dios. También llama a sus hijos a la oración, penitencia y reconciliación con Dios.

Se verá en la lectura de las diversas partes variables de las Misas de estos días, por un parte, el deseo que tiene Dios de perdonarnos, y por otra, el encono, malicia y rabia de sus enemigos para con Jesucristo nuestro Señor. Basta fijarse de una manera especial en la misa de hoy.


PRIMERA LECTURA

Mirad que realizo algo nuevo y apagaré la sed de mi Pueblo

Lectura del libro de Isaías 43, 16-21

Así dice el Señor, que abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes; caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, nos en el yermo. Me glorificarán las bestias del campo, chacales y avestruces, porque ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza.»

Palabra de Dios.

Salmo responsorial

Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6 (R.: 3)

R. El Señor ha estado grande con nosotros , y estamos alegres.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. R.

Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres. R.

Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares. R.

Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas. R.


SEGUNDA LECTURA

Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 8-14

Hermanos: Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía, la de la Ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.

No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mi. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está delante, corro hacia la meta, para ganar el premio al que Dios, desde arriba, llama en Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

Oráculo del Señor, convertíos a mí de todo corazón, porque soy compasivo y misericordioso.


EVANGELIO

El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que no tiene pecado, que le tire la primera piedra.» E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante.

Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

Palabra del Señor.

Comentario las lecturas

V Domingo de Cuaresma
Isaías 43, 16-21; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11