Bruno

6 de octubre: San Bruno, Fundador de la Orden de los Cartujos

Publicado el 6 de octubre de 2020

Actualizado el 23 de abril de 2025

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San Bruno de Colonia, destacado como el fundador de la Orden de los Cartujos, fue el responsable de establecer personalmente las dos primeras comunidades de esta orden. Además de su labor monástica, San Bruno también fue un renombrado maestro en Reims y un consejero cercano de su antiguo alumno, el Papa Urbano II. Su festividad se conmemora el 6 de octubre.

La Orden de los Cartujos, fundada por San Bruno en el siglo XI, se caracteriza por su estilo de vida eremita y contemplativo, centrado en la oración y el silencio. San Bruno, a través de su profunda espiritualidad y enseñanzas, dejó un legado duradero en la tradición monástica y es recordado por su compromiso con la vida ascética y la búsqueda de la comunión con Dios en la soledad y el retiro de la vida mundana.


Día celebración: 6 de Octubre.
Lugar de origen:  Colonia, Alemania.
Fecha de nacimiento: 1030.
Fecha de su muerte: 6 de Octubre de 1101.
Santo Patrono de:  De las vocaciones sacerdotales, de los que buscan a Dios en el silencio, de Eslovenia.


Contenido

– Introducción
– Vida temprana
– Los Cartujos
– Muerte de San Bruno
– Oración de San Bruno


Introducción

El sabio y devoto cardenal Bona, hablando de los monjes cartujos, cuya orden fue fundada por San Bruno, los llama:

«el gran milagro del mundo: viven en el mundo como si estuviesen fuera de él; son ángeles en la tierra, como Juan Bautista en el desierto, y constituyen el mayor ornamento de la Iglesia; se elevan al cielo como águilas, y su instituto religioso está por encima de todos los otros.»

 

Vida temprana

 

El fundador de la extraordinaria orden nació en el seno de una distinguida familia alrededor del año 1030 en Colonia. Cuando era joven, dejó su ciudad natal para continuar sus estudios en la escuela catedralicia de Reims. Tras su regreso a Colonia, fue ordenado sacerdote y le otorgaron una canonjía en la colegiata de San Cuniberto, aunque es posible que ya la tuviera antes de partir a Reims.

En el año 1056, fue llamado a enseñar gramática y teología en su antigua escuela. El hecho de que fuera elegido para posiciones tan destacadas a una edad temprana, a los veintisiete años, demuestra su extraordinario talento, aunque no anticipa los caminos que Dios le tenía reservados para convertirse en una luz de la Iglesia. San Bruno se dedicó a enseñar a «clérigos avanzados y versados en las ciencias, no a principiantes».

Su principal objetivo era guiar a sus discípulos hacia Dios y enseñarles a respetar y amar la ley divina. Muchos de ellos se convirtieron en destacados filósofos y teólogos, honraron a su maestro con sus talentos y extendieron su fama a lugares distantes. Uno de ellos, Eudes de Châtillon, llegó a ser Papa bajo el nombre de Urbano II y fue beatificado.

San Bruno enseñó en la escuela de Reims durante dieciocho años, manteniendo un alto estándar académico. Luego, fue nombrado canciller de la diócesis por el arzobispo Manases, quien resultó ser una figura indigna de su alto cargo.

Pronto, Bruno tuvo la oportunidad de conocer la mala conducta de su patrocinador. El legado papal, Hugo de Saint Dié, citó a juicio a Manases ante el Concilio de Autun en 1076, pero el arzobispo se negó a comparecer y fue suspendido en sus funciones. San Bruno, junto con el preboste de la diócesis (también llamado Manases) y un canónigo de Reims llamado Poncio, acusaron al arzobispo ante el concilio. La actitud de San Bruno fue tan prudente y reservada que impresionó al legado, quien elogió la virtud y prudencia de nuestro santo en una carta al Papa.

El arzobispo de Reims, furioso con los tres canónigos que lo acusaron, ordenó saquear y destruir sus casas, y vendió sus beneficios eclesiásticos. Los tres canónigos se refugiaron en el castillo de Ebles de Roucy, donde permanecieron hasta que el arzobispo simoníaco, engañando a San Gregorio VII (lo cual no era una tarea fácil), logró ser reinstalado en el gobierno de su diócesis.

San Bruno se trasladó entonces a Colonia. En ese momento, ya había decidido abandonar todos los cargos eclesiásticos, como lo había comunicado en una carta a Raúl, preboste de Reims. Durante una conversación que tuvieron San Bruno, Raúl y otro canónigo en el jardín del castillo de Ebles de Roucy, discutieron sobre la vanidad y falsedad de las ambiciones mundanas y los goces de la vida eterna.

Los tres quedaron profundamente impresionados por esta conversación y prometieron abandonar el mundo. Sin embargo, retrasaron la ejecución de sus planes hasta que el canónigo regresara a Roma, donde tenía que viajar. Pero este canónigo nunca regresó, Raúl vaciló en su resolución y volvió a establecerse en Reims. Bruno fue el único que perseveró en su determinación de abrazar la vida religiosa, a pesar de que tenía abundante riqueza y disfrutaba de un gran favor entre personas importantes. Si hubiera permanecido en el mundo, habría sido elegido pronto como arzobispo de Reims.

En cambio, renunció a su beneficio eclesiástico y a todas sus riquezas, y convenció a algunos amigos para que se retiraran con él a la vida solitaria. Inicialmente, se sometieron a la dirección de San Roberto, abad de Molesmes (quien más tarde participó en la fundación de la Orden del Císter) y se establecieron en Séche-Fontaine, cerca de Molesmes. Durante su estancia allí, Bruno, ansioso por una mayor virtud y perfección, comenzó a reflexionar y consultar con sus compañeros sobre lo que debían hacer para alcanzarla.

 

 

Los Cartujos

Después de someterse a rigurosas penitencias y dedicar largos períodos a la oración en busca de la voluntad de Dios, San Bruno se dio cuenta de que el lugar en el que se encontraban no era adecuado para sus propósitos. Decidió entonces acudir a San Hugo, obispo de Grenoble, un hombre de gran devoción que podía ayudarle a discernir la voluntad divina. Además, Bruno sabía que en las cercanías de Grenoble existían numerosos bosques solitarios donde podría encontrar la paz que anhelaba. Seis de sus primeros compañeros se unieron a él en este viaje, incluyendo a Landuino, quien más tarde sería su sucesor en el liderazgo de la Gran Cartuja.

Llegaron a Grenoble a mediados de 1084 y se entrevistaron de inmediato con San Hugo para pedirle que les asignara un lugar donde pudieran servir a Dios en soledad, lejos del mundo y sustentándose mediante el trabajo de sus manos. San Hugo los recibió con los brazos abiertos, ya que, según se cuenta, había tenido un sueño en el que veía a los siete extranjeros mientras Dios construía una iglesia en el bosque de Chartreuse, y siete estrellas brillaban en el cielo como una señal del camino.

El obispo de Grenoble acogió a los peregrinos como hermanos y les ofreció el desierto de Chartreuse para su residencia, prometiendo brindarles todo el apoyo necesario para establecerse. Sin embargo, advirtió a los monjes sobre las dificultades que enfrentarían debido a las montañas escarpadas y la nieve que cubría el área la mayor parte del año. San Bruno aceptó la oferta con gran alegría, y San Hugo les otorgó todos los derechos que tenía sobre ese bosque, además de ponerlos en contacto con el abad de Chaise-Dieu, en Auvernia.

Bruno y sus compañeros comenzaron construyendo un oratorio y celdas separadas, siguiendo el modelo de las antiguas «lauras» en Palestina. Así nació la Orden de los Cartujos, que tomó su nombre del desierto de Chartreuse.

San Hugo prohibió el acceso de mujeres al lugar donde se establecieron Bruno y sus compañeros, así como la caza, la pesca y la cría de ganado en la región. Al principio, los monjes compartían celdas en parejas, pero posteriormente cada uno tuvo la suya propia, y solo se reunían en la iglesia para los maitines y las vísperas, mientras que el resto del oficio lo recitaban en privado.

Solo en festividades especiales comían dos veces al día y se congregaban en el refectorio; en general, cada uno tomaba sus comidas en su celda, siguiendo la tradición de los ermitaños. La vida en la comunidad se caracterizaba por una extrema austeridad, y el único objeto de plata que se encontraba en la iglesia era el cáliz.

El tiempo de los monjes se dividía entre el trabajo y la oración, con una de sus principales tareas siendo la copia de libros para ganarse el sustento. La única parte verdaderamente rica del monasterio era su biblioteca. La tierra no era especialmente fértil y el clima era extremadamente duro, lo que limitaba la capacidad de cultivar alimentos, aunque la cría de ganado prosperaba.

El beato Pedro el Venerable, abad de Cluny, escribió sobre estos monjes aproximadamente veinticinco años después de la muerte de San Bruno:

 

«Su vestido era más pobre que el del resto de los monjes y tan corto y delgado que se estremecía uno al verlo. Llevaban camisas de pelo sobre el cuerpo y ayunaban casi constantemente. Sólo comían pan negro; jamás probaban la carne, ni siquiera cuando estaban enfermos; nunca pescaban pero comían pescado cuando alguien se lo daba de limosna . . . Pasaban el tiempo en la oración, la lectura y el trabajo; su principal labor consistía en copiar libros. Sólo celebraban la misa los domingos y días de fiesta».

Así vivieron los monjes de la Cartuja, siguiendo las enseñanzas de San Bruno, aunque no tenían reglas escritas, basándose en la regla de San Benito en aquellos aspectos que eran compatibles con la vida eremítica. San Bruno instruyó a sus discípulos en la estricta observancia del modo de vida que él les había prescrito. En 1127, el quinto prior de la Cartuja, llamado Guigues, escribió las «Consuetudines», que son un libro esencial para la orden y que recopila las costumbres y prácticas de la vida cartuja.

Los cartujos son la única orden antigua que nunca ha sido reformada ni ha necesitado reformas, gracias a su completo aislamiento del mundo y al celo con el que sus superiores y visitadores han evitado cualquier relajación de las reglas. La Iglesia considera la vida de los cartujos como un modelo perfecto del estado de contemplación y penitencia.

Sin embargo, cuando San Bruno se estableció en Chartreuse, no tenía intención de fundar una orden religiosa. La expansión de sus monjes por el Delfinado, seis años después, ocurrió debido a una invitación que recibieron y que San Bruno, después de orar y discernir, finalmente aceptó, a pesar de su falta de deseo inicial.

San Hugo, obispo de Grenoble, tenía una gran admiración por San Bruno y se convirtió en su director espiritual. A pesar de las dificultades en el viaje desde Grenoble hasta la Cartuja, San Hugo solía visitar a Bruno para buscar su consejo y aprovechar su ejemplo en la vida espiritual.

La fama de San Bruno llegó a oídos de su antiguo discípulo, Eudes de Châtillon, quien había sido nombrado Papa Urbano II. Al enterarse de la vida santa de su maestro y convencido de su sabiduría, el Papa llamó a San Bruno a Roma para recibir sus consejos en el gobierno de la Iglesia. Aunque esto supuso un sacrificio considerable para San Bruno y causó tristeza entre sus discípulos, él partió hacia Roma a principios del año 1090, nombrando a Landuino como prior de la Cartuja. A pesar de algunos monjes que abandonaron el monasterio debido a su partida, Bruno convenció a los demás de regresar a la Cartuja, que durante su ausencia había sido dirigida por los monjes de Chaise-Dieu.

San Bruno obtuvo permiso para retirarse a la Calabria y se estableció en el valle de La Torre, en la diócesis de Squillace, gracias al regalo del conde Rogelio, hermano de Roberto Guiscardo, con quien desarrolló una estrecha amistad. A pesar de su retiro, Bruno seguía siendo útil para la Iglesia y colaboró en la preparación de varios sínodos organizados por Urbano II para reformar al clero. También se le ofreció el cargo de arzobispo de Reggio, pero logró defenderse de manera hábil y persuadir al Papa de que lo dejara regresar a la vida eremítica. Sin embargo, se le prohibió regresar a la Cartuja, manteniéndose cerca de Roma, en las ruinas de las termas de Diocleciano, donde el Papa podía llamarlo cuando lo necesitara.

La carta de San Bruno a su amigo Raúl de Reims, en la que lo invita a unirse a él en la vida eremítica, muestra que San Bruno no era un hombre melancólico y severo, sino que experimentaba la alegría y compartía entusiastamente los gozos de su estilo de vida con sus compañeros.

En 1099, Landuino, el prior de la Cartuja, viajó a Calabria para consultar a San Bruno sobre ciertos aspectos de la institución que había fundado, asegurándose de que los monjes no se desviaran del espíritu del fundador. En respuesta, Bruno escribió una carta llena de ternura y espiritualidad, proporcionando instrucciones, resolviendo dificultades y alentando la perseverancia de sus discípulos.

En sus dos ermitas en Calabria, llamadas Santa María y San Esteban, San Bruno transmitió el espíritu de la Cartuja. El conde Rogelio, con quien tenía una estrecha relación, proporcionó generosamente apoyo material. Bruno solía visitar al conde y su familia en Mileto en ocasiones especiales, y Rogelio también pasaba temporadas en La Torre. San Bruno y el conde murieron con tres meses de diferencia.

En una ocasión, cuando Rogelio había sitiado Capua, San Bruno le advirtió en un sueño sobre una traición planeada por uno de sus oficiales. Cuando el conde descubrió la traición, condenó a muerte al oficial, pero San Bruno intercedió por él y logró su perdón.

A finales de septiembre de 1101, San Bruno enfermó de gravedad y, al sentir que se acercaba su muerte, reunió a todos los monjes para hacer una confesión pública y profesión de fe antes de partir. Sus discípulos se encargaron de transmitir su profesión a la posteridad.

 

Muerte de San Bruno

El santo expiró el domingo 6 de octubre de 1101. Los monjes de La Torre enviaron un relato de su muerte a las principales iglesias y monasterios de Italia, Francia, Alemania, Inglaterra e Irlanda, pues era entonces costumbre pedir oraciones por las almas de los que habían fallecido. Ese documento, junto con los «elogia» escritos por los ciento setenta y ocho que recibieron el relato de su muerte, es uno de los más completos y valiosos que existen. San Bruno no ha sido nunca canonizado formalmente, pues los cartujos rehuyen todas las manifestaciones públicas.

Sin embargo, en 1514 obtuvieron del Papa León X el permiso de celebrar la fiesta de su fundador, y Clemente X la extendió a toda la Iglesia de occidente en 1674. El santo es particularmente popular en Calabria, y el culto que se le tributa refleja en cierto modo el doble aspecto activo y contemplativo de su vida.

Oración de San Bruno

Tú, que eres mi Señor,
Tú, cuya voluntad prefiero a la mía.
No me es posible contentarme con palabras
al presentarte mi oración.
Escucha mi grito que te suplica como un inmenso clamor…

Tú, de quien me he constituido siervo:
Te ruego con perseverancia e insistiré en mi ruego,
hasta merecer alcanzar tu favor.
Pues no anhelo un bien de la tierra;
no pido más que lo que debo pedir:
sólo a Ti…

¡Ten piedad de mí!
Y pues inmensa es tu misericordia
y grande mi pecado,ten piedad de mí inmensamente
en proporción a tu misericordia.

Entonces podré cantar tus alabanzas,
contemplándote, Señor.
Te bendeciré con una bendición
que perdurará a lo largo de los siglos;
te alabaré con la alabanza y la contemplación,
en este mundo y en el otro,
como María, de quien nos dice el Evangelio,
que ha escogido la parte mejor.

Amén.

Cordero de Dios

 

San Bruno | Fuentes

La vida de los Santos por Butler

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.
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