San eduardo

13 de octubre: San Eduardo, Rey de Inglaterra

Publicado el 13 de octubre de 2020

Actualizado el 23 de abril de 2025

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San Eduardo, Rey de Inglaterra, más conocido como Eduardo el Confesor, fue un monarca sajón que gobernó durante el periodo de los reyes anglosajones en Inglaterra. Por lo general, se le considera el último rey de la Casa de Wessex, gobernando desde 1042 hasta 1066. Su canonización por el Papa Alejandro III tuvo lugar en 1161, y su festividad se celebra el 13 de octubre tanto en la Iglesia de Inglaterra como en la Iglesia Católica en Inglaterra y Gales.


Día celebración: 13 de Octubre.
Lugar de origen: Islip, Oxfordshire, Inglaterra.
Fecha de nacimiento: 1003–1005.
Fecha de su muerte: 5 de Enero de 1066.
Santo Patrono de: Reyes, matrimonios difíciles, cónyuges separados y la familia real británica.


Contenido

– Introducción
– Restauración de 1042
– En el trono | Castigo de un traidor
– Conmutación de un voto
– El Don de Milagros
– Hacia la muerte
– Últimos momentos
– Oración a San Eduardo


Introducción

Inglaterra gozó de dos siglos de paz bajo el gobierno de los reyes anglosajones, que se sucedieron en el trono. Sin embargo, en el año 1002, durante la festividad de San Bricio, el rey Etelredo II, preocupado por la posible invasión de los daneses, invitó a un gran número de ellos a un festín con la intención de traicionarlos y asesinarlos durante la celebración, lo cual llevó a cabo.

Como consecuencia de esta traición, Suenón I, rey de Dinamarca, invadió y conquistó Inglaterra. Poco después, Suenón murió, y Etelredo retomó el trono inglés. Tras la muerte de Etelredo, su hijo mayor, Edmundo II, heredó el trono y se enfrentó valientemente a las invasiones del rey danés, derrotándolo en dos ocasiones. Sin embargo, debido a la traición de Edrico, duque de Mercia, Edmundo finalmente tuvo que ceder ante su rival, quien lo asesinó un mes después, en el año 1016.

Mientras estos eventos ocurrían en Inglaterra, la reina Emma, segunda esposa de Etelredo, se retiró junto a su hermano Ricardo II, duque de Normandía, llevando consigo a sus dos hijos, Eduardo y Alfredo. Eduardo, quien había nacido en Islip, cerca de Oxford, pasó exiliado treinta y cinco años de su vida. Durante ese tiempo, mantuvo una vida cristiana ejemplar, caracterizada por su amabilidad, amor por la soledad y el estudio, y su devoción a la iglesia. Aunque no disponemos de registros detallados de este largo periodo, se le veía frecuentemente en las iglesias, participando con fervor en los servicios religiosos y conversando con personas dedicadas a la vida religiosa.

Mientras tanto, Inglaterra sufría bajo el dominio danés, y el pueblo oraba fervientemente para que Dios les devolviera la paz y restaurara a su legítimo líder. Un obispo santo, en particular, suplicaba al Señor con lágrimas en los ojos, pidiendo que retirara su mano castigadora y mostrara misericordia hacia la nación doblemente afligida.

Un día, agotado por sus continuas oraciones y fatigado, el obispo cayó dormido. En un sueño, vio al apóstol San Pedro postrado a sus pies, y junto a él, a Eduardo, vestido con un manto real y radiante de alegría. El Príncipe de los Apóstoles consagró a Eduardo como rey y le impartió sabios consejos e instrucciones. Entre otras cosas, le instó a mantener la castidad para merecer el apoyo y la ayuda divina.

Animado el obispo con esta visión, rogó al Apóstol que le explicara el significado de la misma, y San Pedro, con singular y paternal dulzura, le dijo:

«Los reinos son de Dios; Él los da a quien gusta; transforma los imperios y permite a veces que triunfe el impío. Inglaterra ha ofendido gravemente al Señor y por eso la entrega a sus enemigos; sin embargo, el castigo aplacará su justicia. Dios se ha escogido un hombre según su corazón; será rey por mi favor; será amado de Dios, agradable a los hombres, terrible a sus enemigos, afable con sus súbditos, muy útil a la Iglesia y acabará santamente su vida».

El santo obispo esperaba con confianza el momento del Señor, aunque los acontecimientos parecían obstaculizar la realización de sus esperanzas más hermosas. Los daneses continuaban agotando los recursos de producción y riqueza, saqueando iglesias y conventos, sin mostrar respeto por las propiedades ni las personas. Más que seres humanos, parecían monstruos que habían surgido del mismísimo infierno.

Por instigación de Godwín, Alfredo, el hermano de Eduardo, fue asesinado. Alfredo había regresado a su tierra natal tras ser invitado por los ingleses, pero lamentablemente encontró la muerte allí. La consternación se extendía por todas partes, y el reino de los ingleses parecía estar sumido en la oscuridad perpetua, ahogado por el crimen.

Ante tantos males, el alma del príncipe se llenaba de una profunda tristeza, y, cargado de dolor, elevaba sus súplicas al Cielo:

«Señor, mira mis lágrimas», exclamaba. «Ten piedad de Inglaterra, líbrala de sus enemigos, que también son tus enemigos. Aún tienen las manos manchadas con la sangre de mis hermanos y planean hacerme daño. Si así lo deseas, Señor, estoy dispuesto a ofrecerte mi vida por la salvación de todos. Si es tu voluntad devolverme el trono de mis antepasados, lo consagro desde este momento. Tomo a San Pedro como mi patrono especial y hago el voto de castidad. Además, prometo ir a Roma para postrarme ante la tumba de tus bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo».

 

Restauración de 1042

En Inglaterra, había almas fervorosas que anhelaban ver a Eduardo en el trono de sus antepasados. El día tan esperado finalmente llegó, y aquí están las circunstancias que lo rodearon. Un pastor de las tierras de Warwik, llamado Godwín, había ganado el favor de Canuto el Grande gracias a su valentía al salvar la vida de un líder danés que se había perdido en las montañas después de una victoria de Edmundo.

Con el tiempo, este pastor se convirtió en un hábil guerrero y obtuvo el título de conde, así como el control de una provincia. Desde entonces, su ambición no tenía límites, y estaba dispuesto a usar el asesinato y la traición para alcanzar sus objetivos. Godwín asesinó a Edmundo II y al joven Alfredo. Más tarde, se rebeló contra aquellos a quienes había elogiado en el pasado y, con la ayuda de su hijo Haroldo, incitó al pueblo en el momento de la muerte de Canuto III, pretendiendo tomar el control de la isla.

Para él, la corona de Inglaterra parecía estar al alcance de la mano; sin embargo, su humilde origen le impedía alcanzar tal dignidad. Por otro lado, los ingleses anhelaban el regreso de su legítimo monarca, que se encontraba en el exilio. Godwín no podía obtener la corona, pero al menos podía considerarse suegro del rey. En efecto, Godwín tenía una hija llamada Egdita, cuya piedad, amabilidad y modestia contrastaban con las costumbres bárbaras y la crueldad de su padre.

Eduardo se casó con Egdita, y a través de este matrimonio, ella abrió las puertas del reino a Eduardo. La unión fue solemnemente acordada y se celebró en la iglesia de Winchester en 1042. Ambos esposos se comprometieron a mantener el voto de castidad. Eduardo fue coronado en el día de Pascua, el 3 de abril de 1043. De esta manera, la tiranía danesa llegó a su fin.

 

En el trono | Castigo de un traidor

Una vez en el trono, Eduardo III se dedicó a cultivar las virtudes propias de un príncipe cristiano. Su objetivo principal era asegurar la paz y la prosperidad entre sus súbditos. A pesar de no ser un guerrero ni un político por naturaleza, su prudencia y su firmeza inspirada en la fe cristiana lo hicieron temido por sus enemigos. Suprimió las rebeliones de los escoceses y otros rebeldes, ganándose tanto respeto como temor.

El cielo también lo favoreció en varias ocasiones. Después de que los daneses fueran expulsados de la isla, todavía anhelaban recuperar el control. El rey danés planeó un ataque contra Eduardo, pero en el momento en que subía a su barco desde una pequeña embarcación, cayó al mar y se ahogó. Eduardo, que en ese momento estaba asistiendo a misa en el día de Pentecostés, tuvo una revelación sobre lo que había sucedido y la protección divina hacia su reino. Cuando sus cortesanos le preguntaron por su alegría, él les contó con sencillez lo que había experimentado, y los hechos confirmaron su visión.

Godwín, un ambicioso noble, buscaba influenciar y dominar al príncipe Eduardo, ya que él quería ejercer el poder en su nombre. Intentó instigar a la población inglesa en una revuelta, pero Eduardo ya se había ganado los corazones de todos con su virtud. Godwín y los rebeldes tuvieron que huir del país, pero gracias a la mediación de la reina, finalmente obtuvieron el perdón de Eduardo.

Sin embargo, los crímenes cometidos no podían quedar impunes. Dios se encargó de hacer justicia. En una ocasión, durante un banquete real, un paje que servía la copa al rey tropezó, pero se sostuvo en el otro pie. Godwín rió y comentó que parecía que su hermano había acudido en su ayuda. El rey, con severidad, mencionó a su hermano y expresó su deseo de que aún estuviera vivo para ayudarlo. Godwín se dio cuenta de la alusión al asesinato de Alfredo, pero trató de disipar cualquier sospecha diciendo que esperaba que no pudiera tragar un trozo de pan si tenía algo que ver con la muerte de su hermano. Sin embargo, no pudo tragar el pan y murió asfixiado, sin poder recibir ayuda.

Con la muerte de Godwín, Eduardo se libró de un enemigo doméstico más peligroso que los enemigos externos y se dedicó por completo a buscar la felicidad y la prosperidad de su pueblo. Entre sus acciones, Eduardo eliminó el impuesto conocido como el «Danegeld», que se había establecido para pagar a los daneses o mantenerlos alejados. También recopiló las mejores leyes promulgadas por sus predecesores, especialmente aquellas que beneficiaban al orden y el bienestar de sus súbditos, y las promulgó nuevamente. Estas leyes se conocieron como las «Leyes Comunes» y se convirtieron en la base de la Constitución inglesa.

 

Conmutación de un voto

Establecida y asegurada la paz en Inglaterra, Eduardo se propuso cumplir el voto que en otro tiempo formulara de ir a Roma a venerar las reliquias del Príncipe de los Apóstoles, su patrono predilecto. Previamente, reunió el Consejo palatino, junto con los prelados del reino, y manifestóles su resolución.

— Prometí ir a Roma y quiero cumplir mi palabra — les dijo.

Ante semejante anuncio, asustáronse los presentes y uno de ellos exclamó:

— Príncipe, en modo alguno debéis realizar vuestro propósito; tras largos sufrimientos, Inglaterra empieza a respirar bajo vuestra muy amada autoridad; alejaros sería abrir las puertas a los desmanes de los daneses y a las discordias y rencillas de toda clase.

Suplicaron, pues, al rey que no los abandonase. Impresionado ante su insistencia, resolvió Eduardo someterse a la decisión del papa San León IX. Los diputados encargados de esta negociación llegaron a Roma al celebrarse el Concilio del año 1051. El Papa los recibió en audiencia solemne, y entrególes una carta para el rey, por la que le condonaba el voto, ordenándole que emplease el dinero del viaje en limosnas, o en restaurar algún monasterio consagrado al apóstol Pedro. Fue en abril de 1051.

Gozoso de saber por el oráculo más autorizado, a qué debía consagrar su actividad, siguió Eduardo paso a paso las prescripciones del Papa. El Príncipe de los Apóstoles le señaló el lugar en que más le agradaría ver el monasterio, que era el mismo en que el rey Seberto había erigido un santuario, también en honor de San Pedro, y que había sido célebre en otro tiempo, por los muchos y extraordinarios milagros en él realizados. Eduardo erigió, pues, allí, en Westminster, una grandiosa basílica con un monasterio de benedictinos, ampliando el que ya existía anteriormente; la enriqueció con rentas magníficas y numerosos privilegios.

El Don de Milagros

La gran caridad que llenaba el corazón de Eduardo hacía que cumpliera con facilidad la orden del Papa. En una ocasión, el rey sorprendió a un cortesano robando dinero de los cofres reales, pero no dijo nada. La misma situación se repitió una segunda vez, y el rey nuevamente lo pasó por alto. Cuando el ladrón volvió a las arcas del rey por tercera vez, Eduardo le dijo: «Ten cuidado de que nadie te vea».

El tesorero, preocupado por la pérdida, se quejó con el príncipe, quien, fingiendo ignorancia, respondió: «¿Por qué te preocupas? Sin duda, quien lo tomó necesitaba el dinero más que nosotros».

En otra ocasión, un peregrino pidió limosna en nombre de San Juan Evangelista. Como San Juan era el santo patrón predilecto del rey Eduardo después de San Pedro, no podía negarse a darle limosna a alguien que lo solicitaba en nombre del Discípulo Amado. Sin embargo, el limosnero del rey estaba ausente, y temiendo no poder atender al peregrino con prontitud, Eduardo se quitó un valioso anillo del dedo y se lo dio.

Estos casos y otros similares se repitieron muchas veces durante la vida de Eduardo el Santo. Su caridad inagotable le proporcionaba los recursos para ayudar a quienes lo necesitaban. Desde el cielo, el Señor miraba con agrado las virtudes de su siervo y mostraba a los hombres la santidad del príncipe.

En una ocasión, un hombre irlandés lisiado y deformado se hizo llevar al palacio y le dijo al rey que, después de visitar la iglesia de San Pedro y pedir su curación seis veces, el gran Apóstol le había respondido que deseaba que Eduardo, su amigo, lo acompañara como compañero del milagro. Por lo tanto, le pidió al rey que lo llevara desde el palacio real hasta la iglesia. Con humildad y alegría, el rey cargó al hombre en sus hombros y lo llevó a la iglesia, mientras muchas personas se reían y burlaban. Una vez en la iglesia, el enfermo ofreció una oración al bienaventurado apóstol Pedro, y al instante quedó completamente sano.

Hacia la muerte

La vida tan santa de Eduardo pronto iba a ser recompensada con la corona. Mientras dos ingleses peregrinaban a los Santos Lugares y se perdían en caminos desconocidos, un anciano venerable se les apareció y los guió de regreso a la ciudad. Agradecidos al desconocido, al día siguiente buscaron sus consejos, y el anciano les habló de esta manera:

«Ánimo, amigos míos, sigan con valentía y perseverancia su camino; regresarán a Inglaterra sanos y salvos, y yo seré su guía. Soy Juan Evangelista, uno de los apóstoles de Jesucristo, y he tenido un cariño especial por su rey. El motivo de este afecto es su excepcional castidad. Llévenle este anillo, el mismo que el rey me dio en limosna cuando me encontraba en hábito de peregrino. Díganle que se acerca el momento en que debe dejar este mundo. Dentro de seis meses, vendré a visitarlo y lo llevaré conmigo para estar con el Cordero sin mancha».

Con estas palabras, el anciano desapareció. Cuando los peregrinos regresaron de Tierra Santa, cumplieron con el encargo y le entregaron al rey el anillo que habían recibido del santo Apóstol.

Prevenido por esta revelación divina de su próxima muerte, Eduardo se preocupó por asegurar que el trono de Inglaterra quedara en manos de alguien que garantizara la paz, que había sido tan difícil de restablecer. A pesar de que Haroldo, hijo de Godwín, tenía la intención de sucederlo, Eduardo notó en él los instintos feroces de su padre y trató de apartarlo de la sucesión. Consultó en privado con Roberto, el arzobispo de Canterbury, sobre el duque Guillermo y finalmente decidió nombrarlo como el legítimo heredero al trono.

Últimos momentos

Nada quedaba a Eduardo sino prepararse a morir bien. Notaba cómo las fuerzas le iban faltando; y la misma tarde de Navidad del año 1065, un acceso de fiebre le señaló el fin de sus días. San Juan Evangelista, conforme le había anunciado, se le apareció prometiéndole, además, que en breve vendría a buscarle. A los veinticinco años de obras, la abadía de Westminster se concluía, y tratábase de proceder a la dedicación y ordenar en ella el culto.

A pesar de su quebrantada salud, el rey quiso presidir la ceremonia, y asistió hasta el fin. A la vuelta cayó sin sentido y permaneció en ese estado dos días consecutivos. Pudo conformarse después que fue un éxtasis, durante el cual Dios le reveló los futuros males de Inglaterra.

A la vista de la reina que, anegada en lágrimas, yacía al pie de la cama, exclamó:

— No llores, hermana mía, dejo la tierra, lugar de muerte, para ir al cielo.

Después, dirigiéndose a los nobles y oficiales que rodeaban el lecho donde agonizaba, les dijo:

— Virgen recibí de manos de mi Señor Jesús a Egdita, mi esposa, virgen se la devuelvo. En vuestras manos la dejo y la encomiendo a vuestro respeto y cuidado.

Las últimas palabras del rey, revelaron a la concurrencia todo el secreto de su vida angelical y perfecta, pues sin duda alguna, fue para Eduardo la aureola más brillante y la manifestación de la heroicidad de sus virtudes.

El príncipe señaló la hora de su muerte, y ordenó que se previniese a su pueblo para empezar las oraciones por el eterno descanso de su alma. Desde este momento enmudeció entre los hombres para hablar solamente con los ángeles; y lleno de días y de buenas obras, pasó a gozar del Señor el 5 de Enero de 1066.

Oración a San Eduardo

Glorioso San Eduardo, tú que nos mostraste tu devoción a Dios con paciencia, gentileza y generosidad. Pide a Dios la Gracia para que podamos servirlo fortaleciendo el Reino de Dios a través de la oración paciente y ayuda a nuestros hermanos necesitados.

Enséñanos a ver en el mundo presente la preparación del otro que no tendrá fin, a juzgar los acontecimientos humanos con vistas a sus resultados eternos.

¡Ayúdanos Oh Señor Jesús! Somos tus discípulos. Ayúdanos a ser usados por ti para edificar a tu pueblo santo, ¡la Iglesia! Ayúdanos a vivir con una fe fuerte en ti, para vivir así un testimonio de obras espirituales y caridad en tu nombre.

“Al único Dios que es nuestro Salvador, la Gloria, la majestad, la soberanía y el poder por medio de nuestro Señor Jesucristo, desde antes de todos los tiempos, ahora y por todos los siglos.

Amén.

Cordero de Dios

 

| Fuentes

La vida de los Santos por Edelvives

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.