13 de octubre: San Eduardo, Rey de Inglaterra


San Eduardo

San Eduardo, Rey de Inglaterra, también conocido como Eduardo el Confesor, fue sajón entre los reyes anglosajones de Inglaterra. Generalmente considerado el último rey de la Casa de Wessex, gobernó desde 1042 hasta 1066. Fue canonizado por el papa Alejandro III en 1161 y es conmemorado el 13 de octubre por la Iglesia de Inglaterra y la Iglesia católica en Inglaterra y Gales.


Día celebración: 13 de Octubre.
Lugar de origen: Islip, Oxfordshire, Inglaterra.
Fecha de nacimiento: 1003–1005.
Fecha de su muerte: 5 de Enero de 1066.
Santo Patrono de: Reyes, matrimonios difíciles, cónyuges separados y la familia real británica.


Contenido

– Introducción
– Restauración de 1042
– En el trono | Castigo de un traidor
– Conmutación de un voto
– El Don de Milagros
– Hacia la muerte
– Últimos momentos
– Oración a San Eduardo


Introducción

Dos siglos de paz disfrutó Inglaterra con los reyes de raza anglosajona que iban sucediéndose en el trono, cuando con ocasión de la fiesta de San Bricio (1002), Etelredo II, previendo la invasión
de los daneses, invitó a gran número de ellos a opíparos festines con el propósito de degollarlos durante la fiesta, como así lo hizo.

Suenón I, rey de Dinamarca, vengó tal felonía conquistando a Inglaterra. Murió poco después y apoderóse Etelredo del cetro y la corona. A su muerte, Edmundo II, hijo mayor, que heredó el trono de Inglaterra, opuso una resistencia tenaz a las invasiones del rey danés y lo venció por dos veces. A no mediar la traición del pérfido Edrico, duque de Mercia, hubiera resistido; tuvo, sin embargo, que ceder al fin ante su rival, el cual le asesinó un mes más tarde (1016).

Mientras sucedían estos desórdenes, la reina Emma, esposa segunda de Etelredo. se había retirado al lado de su hermano Ricardo II, duque de Normandía. con sus dos hijos: Eduardo, nacido en Islip, cerca de Oxford y que mereció el honor de los altares, y Alfredo, su hermano menor. Eduardo permaneció en el destierro treinta y cinco años, y en todo tiempo fue modelo perfecto de vida cristiana. Carecemos de documentos acerca de este largo periodo. Dotado de carácter bondadoso, amigo de la soledad y del estudio, se le veía largas horas en las iglesias, asistiendo con devoción a los divinos oficios y conversando con las personas consagradas a Dios.

Inglaterra, entretanto, oprimida bajo el yugo danés, suplicaba al cielo que le devolviese la paz y con ella a su legítimo caudillo. Un santo obispo, especialmente, suplicaba al Señor, con lágrimas en los ojos, que retirara su muño vengadora y mirara benigno aquel reino doblemente desgraciado.

Encontrábase un día agotado por el cansancio y las continuas oraciones y se quedó dormido; vio en sueños al apóstol San Pedro ya postrado a sus plantas, a Eduardo, vestido con manto real y radiante de alegría. El Príncipe de los Apóstoles, después de consagrarle rey, le daba sabias instrucciones y delicados consejos; entre otras cosas le recomendaba permanecer casto para merecer el apoyo y la ayuda del cielo.

Animado el obispo con esta visión, rogó al Apóstol que le explicara el significado de la misma, y San Pedro, con singular y paternal dulzura, le dijo:

«Los reinos son de Dios; Él los da a quien gusta; transforma los imperios y permite a veces que triunfe el impío. Inglaterra ha ofendido gravemente al Señor y por eso la entrega a sus enemigos; sin embargo, el castigo aplacará su justicia. Dios se ha escogido un hombre según su corazón; será rey por mi favor; será amado de Dios, agradable a los hombres, terrible a sus enemigos, afable con sus súbditos, muy útil a la Iglesia y acabará santamente su vida».

El santo obispo esperó confiado la hora del Señor. Los acontecimientos parecían oponerse a la realización de tan bellas esperanzas. Seguían los daneses agotando las fuentes de producción y riquezas, devastaban iglesias y conventos, y no respetaban haciendas ni personas. Más que seres humanos parecían monstruos vomitados por el Averno.

Por instigación de Godwín, fue asesinado Alfredo, hermano de Eduardo, que, invitado por los ingleses, logró volver a su tierra natal para hallar en ella la muerte. Por doquier cundía la consternación. El reino de los ingleses parecía hundirse para siempre, ahogado en el crimen.

En vista de tamaños males, el alma del príncipe se anegaba en la mayor tristeza, y, bajo el peso de tanto dolor, se había dirigido suplicante al Cielo:

«Señor, atiende a mis lágrimas — exclamaba— ; ten piedad de Inglaterra, líbrala de sus enemigos que son también los tuyos. Aun tienen las manos tintas en la sangre de mis hermanos y desean atentar contra mi personal. Si te place mi vida. Señor, te la ofrezco gustoso por la salvación de todos y, si tienes a bien devolverme el reino de mis mayores, desde ahora lo consagro. Tomo a San Pedro por patrono especial, te ofrezco el voto castidad que hago desde este momento, y el ir a Roma a postrarme ante la tumba de tus bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo.»

 

Restauración de 1042

No faltaban en Inglaterra almas fervorosas que ardían en deseos de ver a Eduardo en el trono de sus mayores. Tan fausto día no se hizo esperar. Veamos en qué circunstancias se realizó. Cierto pastor de las selvas de Warwik, Godwín, había ganado el favor de Canuto el Grande, por haber salvado la vida a un jefe danés; éste se había perdido en el interior de las montañas, después de una victoria de Edmundo.

El pastor se convirtió con el tiempo en aguerrido soldado, por lo que obtuvo el título de conde y el gobierno de una provincia. Su ambición, desde entonces, no conoció límites; el asesinato y la felonía fueron los medios empleados para lograr sus propósitos. Había apuñalado a Edmundo II y al adolescente Alfredo. Rebelado contra aquellos a quienes en otros tiempos había adulado, ayudado por su hijo Haroldo, soliviantó al pueblo, a la muerte de Canuto III, y pretendió apoderarse de la Isla.

Parecía brillar ante sus ojos la corona de Inglaterra: un paso más y podía considerarse rey; pero su antigua condición le impedía llegar a tal dignidad. Por otra parte, los ingleses contemplaban consternados a su legítimo monarca en el destierro y suspiraban por su regreso. El intrigante, si no podía obtener la corona, podría al menos considerarse suegro del rey. Efectivamente, tenía Godwín una hija, Egdita, cuya piedad, afabilidad y modestia contrastaban con las bárbaras costumbres y la feroz crueldad del padre.

Eduardo se casará con Egdita y ésta le abrirá las puertas del reino. El matrimonio se concertó solemnemente, y se llevó a cabo en la iglesia de Winchester en 1042. Los dos esposos, de común acuerdo, se comprometieron a guardar el voto de castidad. Eduardo fue coronado el día de Pascua — 3 de abril de 1043— . La tiranía danesa había terminado

En el trono | Castigo de un traidor

Apenas sentado en el trono, Eduardo III aplicóse a desarrollar en su alma las virtudes propias de un príncipe cristiano; se propuso de un modo particular que la paz y la prosperidad reinaran entre sus súbditos, y, aunque por inclinación no era guerrero ni político, la prudencia y la fuerza evangélica le bastaron para hacerse temer de sus enemigos. Se impuso a los escoceses y rebeldes que se levantaron en armas, y fue tan respetado como temido por todos.

El cielo le ayudó visiblemente en muchas circunstancias. En efecto, arrojados los daneses de la Isla, no habían perdido, sin embargo, la esperanza de volver a dominarla. Su rey reunió un poderoso ejército y simuló un ataque contra Eduardo; pero al embarcarse, al pasar del esquife a su barco, cayó al mar y se ahogó. San Eduardo, que estaba oyendo misa, pues era el día de Pentecostés, tuvo revelación de este acontecimiento y de la protección que Dios dispensaba a su reino. Sus cortesanos, maravillados, le preguntaron la causa de su alegría, y él les refirió con sencillez lo que había visto; los hechos vinieron a confirmarlo plenamente.

El ambicioso Godwín pretendía influir y hasta dominar al príncipe, pues si Eduardo disfrutaba el título, quería Godwín ejercer la autoridad. Trató de levantar en armas al pueblo inglés, pero la virtud de Eduardo se le había adelantado conquistando todos los corazones. Vióse por lo tanto el conde obligado a huir del país al frente de los rebeldes; gracias a la mediación de la reina, obtuvieron el perdón de Eduardo.

Sin embargo, no podían permanecer impunes tantos crímenes. Dios se encargó de vengar a los inocentes. El día de Pascua del año 1053, pocos meses después de haber obtenido el perdón del rey, hallábase Godwín entre los comensales de un banquete real. El paje que servía la copa al rey dió un paso en falso y habría caído seguramente con el aguamanil, si no se hubiera apoyado fuertemente en el otro pie. «Es el hermano que ha acudido en ayuda de su hermano» — exclamó Godwín riendo— . Al oír estas palabras, dijo el rey con rostro severo: «Sin duda el hermano necesita del hermano y ¡ojalá viviese aún el mío, que bien me ayudaría!»

Por las palabras del rey se traslucía fácilmente la alusión al asesinato de Alfredo, pues siempre había aparentado ignorar Eduardo quién había sido su autor. El conde se dio por aludido y, con el fin de evitar toda sospecha, añadió: «Permita el cielo, oh príncipe, que no pueda tragar este trozo de pan, si he tenido arte ni parte en la muerte de vuestro hermano».

El conde se llevó el trozo de pan a la boca, pero no pudo tragarlo y murió asfixiado, sin que pudiera auxiliársele. Con este castigo del Cielo, el rey Eduardo quedó libre de un enemigo doméstico, mas temible que los de fuera, y consagró todos sus esfuerzos a procurar a su pueblo la felicidad y dicha completas. Eduardo suprimió un impuesto llamado el Danegeld — tasa de los daneses—  que había sido establecido hacia fines del siglo X para alejar a fuerza de dinero a los piratas daneses, o para pagar a las tropas que habían de contener y evitar las invasiones y que había pasado a aumentar las rentas reales.

Recopiló las mejores leyes promulgadas por sus predecesores, particularmente las que eran mas favorables al orden y bien común de los súbditos — de donde tomaron el nombre de Leyes comunes— , y las promulgó de nuevo. Dichas leyes han formado la base de la Constitución inglesa.

Conmutación de un voto

Establecida y asegurada la paz en Inglaterra, Eduardo se propuso cumplir el voto que en otro tiempo formulara de ir a Roma a venerar las reliquias del Príncipe de los Apóstoles, su patrono predilecto. Previamente, reunió el Consejo palatino, junto con los prelados del reino, y manifestóles su resolución.

— Prometí ir a Roma y quiero cumplir mi palabra — les dijo.

Ante semejante anuncio, asustáronse los presentes y uno de ellos exclamó:

— Príncipe, en modo alguno debéis realizar vuestro propósito; tras largos sufrimientos, Inglaterra empieza a respirar bajo vuestra muy amada autoridad; alejaros sería abrir las puertas a los desmanes de los daneses y a las discordias y rencillas de toda clase.

Suplicaron, pues, al rey que no los abandonase. Impresionado ante su insistencia, resolvió Eduardo someterse a la decisión del papa San León IX. Los diputados encargados de esta negociación llegaron a Roma al celebrarse el Concilio del año 1051. El Papa los recibió en audiencia solemne, y entrególes una carta para el rey, por la que le condonaba el voto, ordenándole que emplease el dinero del viaje en limosnas, o en restaurar algún monasterio consagrado al apóstol Pedro. Fue en abril de 1051.

Gozoso de saber por el oráculo más autorizado, a qué debía consagrar su actividad, siguió Eduardo paso a paso las prescripciones del Papa. El Príncipe de los Apóstoles le señaló el lugar en que más le agradaría ver el monasterio, que era el mismo en que el rey Seberto había erigido un santuario, también en honor de San Pedro, y que había sido célebre en otro tiempo, por los muchos y extraordinarios milagros en él realizados. Eduardo erigió, pues, allí, en Westminster, una grandiosa basílica con un monasterio de benedictinos, ampliando el que ya existía anteriormente; la enriqueció con rentas magníficas y numerosos privilegios.

El Don de Milagros

A caridad que llenaba su alma le hacía fácil el cumplir la orden del Papa. En cierta ocasión sorprendió el rey a un cortesano hurtando dinero de los cofres reales y nada le dijo; le vió por segunda vez y también disimuló. Creyendo que nadie advertía el robo, acudió por tercera vez el ladrón a las arcas del rey, quien le dijo entonces: «¡Cuidad que no os vean!»

Contristado el tesorero, al advertir el desfalco, acudió quejoso al príncipe, y éste, como ignorando el caso, se contentó con decir: «¿Por qué os apenáis? ¡Sin duda, el que lo tomó tenía más necesidad del dinero que nosotros!»

Otro día, un peregrino pedía limosna en nombre de San Juan Evangelista. Como después de San Pedro, San Juan era para el rey Eduardo su patrón predilecto, nada sabía rechazar a quien se lo pedía en nombre del Discípulo Amado. Pero hallábase ausente el limosnero del rey y, temiendo poderle atender con presteza, se quitó del dedo un precioso anillo y se lo dió.

Casos semejantes repitiéronse multitud de veces durante la vida del Santo. En su inagotable caridad abundaban los recursos para favorecer a cuantos necesitaban de su ayuda. El Señor, desde lo alto del cielo, contemplaba complacido las virtudes do su siervo y manifestó cuán agradables le eran, mostrando a los hombres la santidad del príncipe.

Un irlandés lisiado y contrahecho, se hizo llevar cierto día a palacio, y dijo al rey que, habiendo pedido ya seis veces su curación a San Pedro, después de visitar su iglesia, el gran Apóstol le había respondido que quería tener por compañero del milagro al rey Eduardo, su amigo; por consiguiente, deseaba que le llevase desde el palacio real a la iglesia. El rey cargó con el pobre y, en hombros, lo llevó con gran humildad y alegría, en medio de las risas y burlas no bien reprimidas de muchos. Una vez en la iglesia, ofreció el enfermo al bienaventurado apóstol Pedro, y al instante quedó sano.

Hacia la muerte

Una vida tan santa pronto iba a lograr la corona. A dos ingleses que hacían la peregrinación a los Santos Lugares, y que se habían extraviado por caminos desconocidos, aparecióseles un anciano venerable y les condujo a la ciudad. Al día siguiente, agradecidos al desconocido, quisieron oír sus recomendaciones, y el anciano se las manifestó diciéndoles:

— Ánimo, amigos míos, seguid con valentía y constancia el camino; volveréis a Inglaterra sanos y salvos, yo os ayudaré y seré vuestro guía. Soy Juan Evangelista, Apóstol de Jesucristo; amó con predilección al rey vuestro Señor, y sabed que el motivo del afecto que le tengo es su excelente castidad. Entregadle este anillo, que es el mismo que el rey me dio en limosna en cierta ocasión en que le pedía ayuda yendo en hábito de peregrino. Decidle también, de mi parte, que se acerca el tiempo en que debe salir de este mundo. Dentro de seis meses le visitaré y le llevaré conmigo en pos del Cordero sin mancilla.

A estas palabras, el anciano desapareció. Los peregrinos cumplieron el encargo a su vuelta de Tierra Santa; y, como prueba de la verdad del hecho, entregaron al rey el anillo que habían recibido del santo Apóstol.

Advertido por el oráculo divino de su muerte cercana. Eduardo se preocupó de dejar el trono de Inglaterra en manos de quien garantizara la paz, tan difícilmente restablecida. Haroldo, hijo de Godwín, pretendía sucederle, pero habiendo observado Eduardo que en él se transparentaban los instintos feroces de su padre, procuró alejarle de la sucesión. Habiendo consultado confidencialmente con Roberto, arzobispo de Cantórbery, acerca del duque Guillermo, decidió declarar a éste por legítimo heredero.

Últimos momentos

Nada quedaba a Eduardo sino prepararse a morir bien. Notaba cómo las fuerzas le iban faltando; y la misma tarde de Navidad del año 1065, un acceso de fiebre le señaló el fin de sus días. San Juan Evangelista, conforme le había anunciado, se le apareció prometiéndole, además, que en breve vendría a buscarle. A los veinticinco años de obras, la abadía de Westminster se concluía, y tratábase de proceder a la dedicación y ordenar en ella el culto.

A pesar de su quebrantada salud, el rey quiso presidir la ceremonia, y asistió hasta el fin. A la vuelta cayó sin sentido y permaneció en ese estado dos días consecutivos. Pudo conformarse después que fue un éxtasis, durante el cual Dios le reveló los futuros males de Inglaterra.

A la vista de la reina que, anegada en lágrimas, yacía al pie de la cama, exclamó:

— No llores, hermana mía, dejo la tierra, lugar de muerte, para ir al cielo.

Después, dirigiéndose a los nobles y oficiales que rodeaban el lecho donde agonizaba, les dijo:

— Virgen recibí de manos de mi Señor Jesús a Egdita, mi esposa, virgen se la devuelvo. En vuestras manos la dejo y la encomiendo a vuestro respeto y cuidado.

Las últimas palabras del rey, revelaron a la concurrencia todo el secreto de su vida angelical y perfecta, pues sin duda alguna, fue para Eduardo la aureola más brillante y la manifestación de la heroicidad de sus virtudes.

El príncipe señaló la hora de su muerte, y ordenó que se previniese a su pueblo para empezar las oraciones por el eterno descanso de su alma. Desde este momento enmudeció entre los hombres para hablar solamente con los ángeles; y lleno de días y de buenas obras, pasó a gozar del Señor el 5 de Enero de 1066.

Oración a San Eduardo

Glorioso San Eduardo, tú que nos mostraste tu devoción a Dios con paciencia, gentileza y generosidad. Pide a Dios la Gracia para que podamos servirlo fortaleciendo el Reino de Dios a través de la oración paciente y ayuda a nuestros hermanos necesitados.

Enséñanos a ver en el mundo presente la preparación del otro que no tendrá fin, a juzgar los acontecimientos humanos con vistas a sus resultados eternos.

¡Ayúdanos Oh Señor Jesús! Somos tus discípulos. Ayúdanos a ser usados por ti para edificar a tu pueblo santo, ¡la Iglesia! Ayúdanos a vivir con una fe fuerte en ti, para vivir así un testimonio de obras espirituales y caridad en tu nombre.

“Al único Dios que es nuestro Salvador, la Gloria, la majestad, la soberanía y el poder por medio de nuestro Señor Jesucristo, desde antes de todos los tiempos, ahora y por todos los siglos.

Amén.

| Fuentes
La vida de los Santos por Edelvives