Día celebración: 24 de abril.
Lugar de origen: Sigmaringen, Alemania.
Fecha de nacimiento: 1577.
Fecha de su muerte: 24 de abril de 1622
Santo Patrono de: De los Abogados, de los Predicadores, de los que piden Castidad, de los estudiantes de inglés y de las vocaciones sacerdotales.
Contenido
– Introducción
– Universidad
– Ejerce la abogacía
– Ingresa a la orden Capuchina
– Verdadero hijo de San Francisco
– Superior del convento y capellán castrense
– San Fidel de Sigmaringa,taumaturgo y profeta
– Martirio de San Fidel de Sigmaringa
– Oración a San Fidel de Sigmaringa
Introducción
San Fidel de Sigmaringa, abogado, religioso y mártir del siglo XVII, fue llamado por Dios para reformar las costumbres y combatir el protestantismo en la Suiza alemana, siguiendo el ejemplo de San Pedro Canisio. Nacido en abril de 1577 en Sigmaringa, Suabia, sus padres, Juan Rey y una virtuosa madre, le inculcaron desde joven una arraigada piedad y dedicación a los estudios. A pesar de enfrentar peligros en su nacimiento, el Señor lo protegió. Más tarde, San Fidel dedicó su vida y fuerzas a su misión, derramando su sangre por la causa. Su legado perdura como defensor de la fe católica en la región.
Universidad
Después de la muerte de su padre en 1596, el joven Rey, de 19 años, estudió en la Universidad católica de Friburgo de Brisgovia, destacándose por su pureza de costumbres y virtudes como la mortificación y la templanza. Superó grados académicos, obteniendo doctorados en Filosofía (1601) y Derecho canónico y civil. Participó en un viaje de estudios por Europa con estudiantes nobles, donde practicó devociones piadosas y ayudó a enfermos. En Francia, defendió la fe contra protestantes y se unió a la cofradía de San Jorge en Dole. A pesar de sus austeridades, mantenía una actitud afable y alegre con todos. Mas, a pesar de su piedad y de las cruentas austeridades con que afligía su cuerpo, particularmente el sábado en honor de la Virgen nuestra Señora, era siempre afable con todos, alegre y bromista como cuando estaba en la Universidad.
Ejerce la abogacía
Al regresar del viaje (1610) pasó a servir a su amigo Stotzingen de Friburgo, donde debía permanecer hasta su promoción al doctorado (1611). Luego se preparó para ejercer la abogacía y la inició con gran acierto en Ensisheim (Alsacia), que a la sazón era capital de los Estados austriacos y sede del gobierno.
Un incidente providencial vino a ponerle de manifiesto lo difícil que es ser a la vez abogado acaudalado y perfecto cristiano. Cierto día que defendía una causa justísima, lo hizo con tal acopio de argumentos y razones que el abogado contrario no supo qué oponer. Irritado por tan adversa suerte, le dijo al salir de la audiencia:
—A ese paso, doctor Rey, jamás lograréis hacer fortuna. ¿Por qué exponer en la primera sesión lo más definitivo de la defensa? Obrando de esa suerte no habrá causa, por enredada que sea, que no se termine en una sesión. Comprendo que las pruebas son convincentes, pero ¿acaso tenéis precisión de exponerlas tan pronto? ¿No os parece? El arte de todo buen abogado demanda cierta prudente disimulación sin la cual no sacaríamos fruto de tantos afanes y vigilias. Sois joven y la experiencia moderará vuestros ímpetus y vuestra llaneza de justicia. El tiempo templará también un tanto ese excesivo celo.
Discurso tan inesperado cayó como un rayo sobre el joven letrado.
—Siempre he creído que todo gasto inútil y los que son debidos a la incompetencia y descuido del abogado eran otras tantas deudas que éste contraía con su defendido, y ni el tiempo ni la experiencia me apearán de esta opinión. A la nobleza de nuestra profesión corresponde proteger al inocente, defender a la viuda y al huérfano oprimido o despojado por la violencia o la astucia. Nuestra labor no es de mercenarios; debemos poner nuestra gloria en hacer respetar las leyes; quien piense lo contrario será indigno de ejercer tan noble profesión.
Con todo, las imprudentes palabras de su adversario sonaban de continuo en sus oídos y dejaban vacilante su corazón. «¡Mundo falaz! —decíase a sí mismo— ¡qué peligroso eres para quien sigue tus máximas perniciosas!
¡A qué punto llega tu corrupción! ¡Ay de mí!, ¡cuán digna de lástima es mi suerte en medio de tan gran riesgo de perderme!» Y al punto determinó renunciar a la profesión que ejercía con tan feliz éxito.
Ingresa a la orden Capuchina
Después de realizar ejercicios espirituales, el postulante expresó al padre guardián del convento de Friburgo su deseo de abandonar el mundo y dedicarse a la vida religiosa. El sabio superior, para verificar la sinceridad de su vocación, exigió que se ordenara antes de vestir el hábito franciscano, lo cual ocurrió en septiembre de 1612 en la capilla episcopal de Constanza. El 4 de octubre siguiente, en la fiesta de San Francisco de Asís, el ahora padre Fidel celebró su primera misa y recibió el hábito de novicio. A partir de entonces, se destacó como modelo de virtud, dedicándose fervientemente a la vida religiosa, practicando disciplina, observando la regla y entregándose a prácticas piadosas y penitencias austeras. Su devoción y fervor lo llevaron por la senda de la perfección, enfrentando con determinación la hora de la prueba que le presentó el demonio en forma de amable visitante y le dijo:
—¿De qué te sirven —dime— los salmos, los ayunos, las genuflexiones y las muchas oraciones? Piensa en las viudas, en los innumerables pobres y huérfanos que te llaman en su auxilio. No me cabe la menor duda que lograrás incomparablemente mayor bien en el siglo que aquí. Ea, Fidel, sal del convento.
El joven novicio quedó impactado por las palabras del demonio y se encontraba indeciso sobre su verdadera vocación. Compartió sus dudas con el padre Ángel de Milán, maestro de novicios, quien, como hábil director espiritual, identificó rápidamente la trampa del tentador y aconsejó al hermano que recurriera a la oración:
—¡Oh Salvador mío! —exclamó el celoso novicio—, te suplico que me devuelvas la alegría saludable y la serenidad de espíritu, cuyas dulzuras gozaba en los momentos felices de mis primeros días de vocación religiosa; descúbreme tu voluntad para que triunfe de mi enemigo y de mis pasiones.
Dios escuchó con benevolencia la ferviente oración de su siervo. Las tinieblas que envolvían su alma se disiparon, sus dudas se desvanecieron y recuperó la calma con una fortaleza espiritual renovada.
Verdadero hijo de San Francisco
Después de un momento crucial, San Fidel de Sigmaringa decidió fortalecer su unión con Dios. Al acercarse el final de su noviciado, cumplió la Regla renunciando completamente a sus bienes. Convocó a un notario para certificar la renuncia y destinó parte de sus bienes a becas para seminaristas pobres, facilitando así sus estudios. Esta fundación aún generaba 7,600 florines en 1863. Despojado de todo, fray Fidel hizo profesión religiosa en Friburgo el 4 de octubre de 1613, abrazando con singular gracia la pobreza, tan querida por los seguidores de San Francisco.
—¿Puede haber permuta más ventajosa que la que he hecho con Dios?— se decía hablando consigo—. Le he entregado los bienes de la tierra y Él me da, en cambio, el reino de los cielos. Al hacerme pobre he adquirido riquezas inmensas.
Se propuso practicar la pobreza en todo su rigor, contentándose con lo estrictamente necesario y asignándose siempre cuanto de más incómodo y peor había. El hábito remendado era para él vestido de príncipe.
A la pobreza solía añadir la mortificación. «Dios mío —decía a menudo—, menester es que yo padezca por Vos si con Vos quiero ser glorificado». Y que sus palabras no eran vanas bien lo demostraban los cilicios, los cintos de puntas y las disciplinas que usaba. Sus ayunos eran casi continuos; en Adviento, Cuaresma y vigilias sólo se alimentaba de pan y agua, con alguna fruta.
Por eso el padre Juan Bautista de Polonia, que había sido profesor suyo de teología, pudo decir de él: «El padre Fidel, en el decurso de sus estudios, llevó vida tan ejemplar como nuestro seráfico Padre podía desearla».
Una encendida oración continua sostenía penitencia tan estrecha. Temía tanto caer en la relajación que la menor negligencia se le antojaba falta muy culpable. «¡Desventurado de mí —decía—: peleo con flojedad a las órdenes de un caudillo coronado de espinas!» Subrayemos asimismo su humildad que le determinaba en todo tiempo a cargar con las ocupaciones más enojosas.
Terminados sus estudios teológicos, el padre Fidel fue enviado a predicar en Suiza por orden de sus superiores, específicamente en el Vorarlberg austriaco. Siguiendo el consejo de San Francisco, evitaba las formas oratorias y se centraba en temas sobre las postrimerías del hombre en sus sermones y pláticas.
En una época marcada por desórdenes y escándalos, el predicador capuchino, San Fidel de Sigmaringa, denunciaba sin temor el vicio, enfrentando críticas de católicos tibios y amenazas de impíos. Su celo lo llevó a presentarse ante el Senado de la ciudad, proponiendo normas prudentes para contener y abolir los desórdenes. La noble osadía del padre Fidel fue admirada por los magistrados, quienes le otorgaron un edicto que anulaba cualquier libelo herético contra la religión católica. Personalmente, ejecutó estos edictos, arrojando a las llamas material pernicioso encontrado en las librerías.
Superior del convento y capellán castrense
San Fidel de Sigmaringa, reconocido por sus virtudes heroicas y sabiduría destacada, asumió el cargo de guardián en varios conventos, mostrando severidad consigo mismo y una ternura paternal hacia sus subordinados, especialmente los pobres y enfermos. En 1621, durante la presencia del ejército austriaco en Feldkireh, fue nombrado capellán de los batallones, enfrentándose a una enfermedad contagiosa que diezmaba las tropas. En esta difícil situación, brindó servicios caritativos, visitó a los enfermos diariamente, administró el Viático y gestionó medicinas para aquellos que no podían adquirirlas. Incluso escribió al archiduque Leopoldo de Austria para abogar por los afectados y calmó a un grupo de soldados amotinados por la escasez de alimentos.
San Fidel de Sigmaringa,taumaturgo y profeta
San Fidel de Sigmaringa experimentó el poder de sus plegarias con numerosos milagros y conversiones notables. Logró la vuelta a la fe católica de una princesa cegada por la herejía y convirtió al conde Armsbald de Hahem-Ems. A pesar de sus esfuerzos, también enfrentó resistencia, como el caso de un soldado blasfemo que ignoró sus advertencias y murió en un enfrentamiento semanas después.
Aunque se entregaba a su labor apostólica con dedicación, San Fidel anhelaba dar su vida por Jesucristo. Mientras viajaba a Mayenfeld, expresó a sus compañeros su deseo constante de vivir sin ofender a Dios y de derramar su sangre por el amor a Él y por la fe católica.
El Señor le concedió esta gracia cuando, a petición del obispo de Coira y el archiduque Leopoldo de Austria en 1612, San Fidel y otros padres fueron elegidos para combatir la herejía en la región de Alta Retia, donde la influencia de Lutero y Zuinglio había arraigado desde hacía tiempo.
Al despedirse nuestro misionero del Senado de la ciudad (13 de abril de 1622), anunció que muy pronto vertiría su sangre por la religión. —Por última vez —dijo— tengo el honor de comparecer ante vosotros; el instante de mi muerte se acerca; en vuestras manos dejo el depósito de la fe; a vosotros toca conservar tan preciado tesoro.
Aconteció que aquel mismo año de 1622, previa una reunión celebrada el 6 de enero, festividad de la Manifestación de Nuestro Señor a los gentiles, el papa Gregorio XV instituía y erigía, el 22 de junio, una Congregación de cardenales, llamada de la Propaganda, o por mejor decir, de la Propagación de la fe (Propangada Fide), para organizar el apostolado misional entre los paganos y herejes. La misión dirigida por San Fidel de Sigmaringa dependía directamente de esta nueva institución.
Todos sus pasos fueron señalados con numerosas conversiones, por lo cual, no hallando los calvinistas otro medio de contrarrestar el poder de su palabra, resolvieron arrebatarle la vida.
Martirio de San Fidel de Sigmaringa
El 24 de abril de 1622, de regreso a Grusch, San Fidel de Sigmaringa celebró la misa y predicó a los soldados sobre la blasfemia. Durante el sermón, repentinamente perdió la voz y permaneció en éxtasis, revelándole el Señor que ese día sería su triunfo. Después de orar largo rato, se dirigió a Seewis, donde fue traicioneramente invitado a predicar por herejes.
Mientras predicaba, un grupo armado de calvinistas interrumpió la iglesia, asustando a los fieles. El predicador hizo una breve oración, salió de la iglesia y trató de regresar a Grusch con un capitán austriaco. Sin embargo, fueron alcanzados por veinticinco calvinistas, quienes arrestaron al oficial y dirigieron amenazas al misionero.
—Así, pues, ¿tú eres el fanático desventurado que se presenta ante el pueblo como profeta? Confiesa que lo que has dicho es pura mentira, o mueres en mis manos.
—Yo no os he predicado más que la eterna verdad, la fe de vuestros padres —replicó con santa intrepidez el mártir—, y gustoso daría mi vida por que la conocierais.
—No estamos ahora para tales cosas —replicó otro—, di si abrazas o no nuestra religión.
—He sido enviado a vosotros para ilustraros, no para abrazar vuestros errores.
En aquel instante uno de los forajidos le asestó un tajo en la cabeza y le derribó; pero, con todo, el mártir tuvo aún fuerza bastante para arrodillarse y, con los brazos en cruz y la mirada vuelta al cielo, exclamó, a ejemplo del divino Salvador:
—Perdona, oh Dios mío, a mis enemigos que, cegados por la pasión, no saben lo que hacen. ¡Jesús mío, apiádate de mí! ¡Oh María, Madre de Jesús, asísteme en este trance!
De otro golpe le volvieron a derribar y, ya en el suelo, le asestaron tal golpe en la cabeza con una maza, que le abrieron el cráneo. Por si todavía no hubiera muerto, le apuñalaron sin piedad y le tajaron la pierna izquierda «para castigarle —decían ellos— de todas las correrías que había hecho en pro de su conversión».
El cuerpo del santo mártir descansó en el campo de Seljanas, cerca de Seewis, hasta el otoño siguiente bañado en su propia sangre. Sus reliquias —a excepción de la cabeza y la mano izquierda—- depositadas en el convento de Capuchinos de Feldkirch, fueron trasladadas el 5 de noviembre del mismo año a la catedral de Coira.
En vista de los milagros obrados por intercesión del siervo de Dios, Benedicto XIII le declaró Beato por decreto del 12 de marzo de 1729 y Benedicto XIV, el 29 de junio de 1746, le inscribió en el Catálogo de los Santos. Clemente XIV , el 16 de febrero de 1771, extendió su oficio a la Iglesia universal y proclamó al apóstol de los grisones protomártir de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide.
Oración a San Fidel de Sigmaringa
Señor Dios, que te has dignado conceder la palma del martirio a San Fidel de Sigmaringa cuando, abrasado en tu amor, se entregaba a la propagación de la fe, concédenos, te rogamos, que arraigados como él en el amor, lleguemos a conocer el poder de la resurrección de Jesucristo. Que vive y reina contigo. Amén.

San Fidel de Sigmaringa | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.
https://www.aciprensa.com/recursos/oracion-a-san-fidel-de-sigmaringa-2169