Se dice que el nombre «Nicolás» proviene de «nicos», que significa «victoria», y «laos», «pueblo». Por lo tanto, Nicolás significaría algo asó como la «victoria del pueblo», es decir, la victoria sobre los pecados que hay entre el pueblo. O significa la victoria del pueblo en el sentido de que, con su vida y sus enseñanzas, enseñó a muchos pueblos cómo vencer los vicios y los pecados.
San Nicolás, un ciudadano de la ciudad de Patras en Grecia, nació de padres ricos y piadosos. Su padre era Epiphanes y su madre Juana. Fue concebido en la primera flor de su juventud y, a partir de entonces, llevaron una vida de castidad.
El primer día, mientras lo bañaban, se puso de pie en la palangana. Aceptaría el pecho de su madre solo una vez el miércoles y otra los días viernes.
Cuando era joven, evitando el desenfreno de los demás, visitó iglesias y recordó todas las selecciones de la Sagrada Escritura que pudo comprender allí. Después de la muerte de sus padres, comenzó a considerar cómo distribuir su riqueza, no para ganar la alabanza de los hombres, sino para la gloria de Dios.
Cuando murió el obispo de Myra, los obispos se reunieron para seleccionar un nuevo obispo. Vino uno entre ellos, un obispo de gran autoridad, de cuya opinión dependían las opiniones de todos. Después de haberles advertido a todos que ayunaran y oraran, escuchó una voz en la noche que le advertía que por la mañana, debía prestar atención a la puerta de la iglesia y que al primero en entrar con el nombre de Nicolás, a ese, es el que debía consagrar como obispo.

Milagrosamente, temprano en la mañana, como enviado por Dios, Nicolás llegó antes que los demás, y el obispo se le acercó y le dijo: «¿Cómo te llamas?». Lleno de sencillez como una paloma y con la cabeza ligeramente inclinada, respondió: «Nicolás, el siervo de Su Santidad». Y lo llevaron a la iglesia y aunque se resistió, lo sentaron en el trono.
Actuó en todas las cosas con la misma humildad y gravedad de manera que había mostrado antes. Rezaba toda la noche, mortificaba su cuerpo y evitaba la compañía de mujeres. Fue humilde al respetar a los demás; era eficaz en el habla, animado en dar consejos, severo en corregir errores. También se hizo famoso por sus muchos milagros.
San Nicolás y la gran hambruna

En cierto momento, toda la provincia de San Nicolás estaba sufriendo una gran hambruna, de tal manera que faltaban los víveres. Y entonces, este santo hombre escuchó decir que ciertos barcos cargados de trigo habían llegado al puerto. Enseguida fue allí y rezó a los marineros para que socorrieran a su gente hambrienta, al menos con cien semillas de trigo de cada barco. Y ellos dijeron:
«No nos atrevemos, porque está contado y pesado, y además debemos rendir cuentas en los graneros del Emperador en Alejandría».
Y el santo les dijo:
«Hagan esto que les he dicho, y les prometo, en la verdad de Dios, que la cantidad de trigo no disminuirá y será la misma cuando lleguen a sus graneros».
Así, los marineros dieron parte de su trigo, un tanto de cada barco. Cuando llegaron a Alejandría y pudieron entregar finalmente su carga al emperador, – y tal como el santo les había prometido-, no faltaba ni un grano de la cantidad que habían recibido. Felices relataron lo ocurrido al Emperador, el que alabó agradecido a Dios y por su siervo Nicolás.
El trigo donado fue repartido por nuestro santo a todo aquel que lo necesitaba, de tal manera que bastó para proporcionar sustento durante dos años, y no sólo para vender, sino también para sembrar.
Fuentes
Crédito: traditioninaction.