Santa lucia martir

13 de Diciembre: Santa Lucía, Virgen y mártir

Publicado el 13 de diciembre de 2020

Actualizado el 20 de abril de 2025

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Santa Lucía de Siracusa (283-304), es una mártir cristiana que murió durante la persecución de Diocleciano. Es venerada como santa en las iglesias católica romana, anglicana, luterana y ortodoxa oriental. Su fiesta tradicional, conocida en Europa como el Día de Santa Lucía, es observada por los cristianos occidentales el 13 de diciembre. Lucía de Siracusa fue honrada en la Edad Media y siguió siendo una santa muy conocida en la Inglaterra moderna.


Día celebración: 13 de Diciembre.
Lugar de origen: Siracusa. Italia.
Fecha de nacimiento: 283.
Fecha de su muerte: 304.
Patronazgo: Los ciegos; mártires; Perugia, Italia; Mtarfa, Malta; epidemias; vendedores; Siracusa, Italia; infecciones de garganta; escritores.


Contenido

– Introducción
– La Virgen de Siracusa
– Proyecto de matrimonio
– Peregrinación a Catania
– Limosnas y sacrificio
– El interrogatorio
– Fuerzas humanas y poder divino
– Reliquias y culto a la santa
– Oración a Santa Lucía


Introducción

Corría el año 59 de nuestra era. Los primeros destellos del cristianismo disipaban las sombras del error pagano. San Pablo, en el ocaso de sus viajes apostólicos, transitaba de Malta a Roma, haciendo una parada en Siracusa durante tres días para proclamar el reino de Dios. Siracusa no fue la primera ciudad siciliana que se enorgulleció de contar entre sus habitantes a uno que había sido honrado con el martirio. Catania, la ciudad natal de Santa Águeda, ya la había precedido. Esta virgen gloriosa, tras un horrendo martirio en el año 251 por profesar la fe en Cristo, alcanzó la imperecedera palma de los mártires.

Alrededor del año 304, durante una peregrinación a Catania, Lucía recibió una revelación que le mostró su vocación y cómo sería atormentada de la misma manera que Santa Águeda, cuya tumba estaba visitando. Sin embargo, los designios divinos son inescrutables para la comprensión humana. Mientras Águeda había confesado su fe en medio de atroces tormentos, Lucía pasaría por las mismas pruebas sin sentir dolor, permitiendo solo que la espada del Celestial Esposo separara esta flor de pureza virginal de su tallo.

Aunque el relato del martirio de Santa Lucía que ha llegado hasta nosotros no está completamente exento de interpolaciones, la trama de los hechos es absolutamente veraz.

La Virgen de Siracusa

Lucía, cuyo nombre, tanto en griego como en latín, significa «luz», vino al mundo alrededor del año 284, según la creencia general. Provenía de una familia cristiana considerada una de las más nobles y acaudaladas de Sicilia.

A la temprana edad de cinco o seis años, Lucía perdió a su padre, quien, según algunos autores, era un romano de elevada posición y una figura destacada en el Estado. Su madre, Eutiquia de origen griego, asumió el papel de viuda y encontró consuelo en el ángel celestial que tenía entre sus manos. Con dedicación incansable, canalizó todo su amor maternal para la preservación y formación de su hija.

En la tradición de las familias de los primeros cristianos, Eutiquia tenía un profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras y, en particular, del santo Evangelio. Complementaba estos conocimientos con sabiduría en las ciencias profanas. Desde siempre, se esforzó por cultivar en el alma de Lucía el amor por Dios, animándola a practicar las virtudes cristianas y mostrándole ejemplos edificantes de santos y mártires que habían librado batallas desafiantes para alcanzar la gloria y felicidad celestial.

Entre los héroes de los relatos maternos, Lucía contemplaba de manera especial a la mártir Águeda, una santa compatriota casi contemporánea. La vida y el martirio de Águeda eran temas constantes en las conversaciones de los sicilianos, ya fueran cristianos o paganos. Muchos acudían a su tumba buscando la admirable protección que ofrecía.

De naturaleza dócil, piadosa y humilde, la niña se entregaba por completo a los encantos de la gracia divina. Atraída por ella, Lucía consagró su vida al divino esposo de las almas, Cristo Jesús, haciendo internamente el voto de castidad que más adelante defendería con valentía y constancia.

Proyecto de matrimonio

A pesar de los cuidados dedicados de Eutiquia, no logró descubrir los nobles propósitos de su hija. Al alcanzar Lucía los dieciséis años, su madre le preparó un prometedor matrimonio que le proporcionaría una posición envidiable y renombre. El pretendiente, aunque pagano, poseía cualidades atractivas y parecía ser digno de la delicadeza de Lucía.

Al recibir la noticia, Lucía se llenó de pesar. Sin embargo, optó por no revelar sus intenciones en ese momento, simplemente aduciendo su juventud como excusa para no considerar el matrimonio y expresando que su mayor consuelo radicaba en vivir feliz al lado de su madre. Aprovechó la diferencia de fe con el pretendiente pagano para esquivar el compromiso, destacando los enormes riesgos que su fe cristiana enfrentaría en esa unión.

A pesar de las objeciones de Lucía al matrimonio, la atención cuidadosa que Eutiquia había brindado a la educación de su hija, la sólida instrucción que le había proporcionado y la tendencia natural de las madres a priorizar el bienestar material de sus hijos hicieron que Eutiquia restara importancia a las preocupaciones de su hija y continuara esforzándose por consolidar la relación.

En respeto y sumisión a su madre, Lucía evitó rechazar categóricamente los planes matrimoniales y se limitó a guardar silencio, buscando maneras de postergar la fecha del enlace día a día. Mientras tanto, confiaba plenamente en la Divina Providencia, segura de que sería ella la que finalmente superaría los obstáculos que, en ese momento, parecían insuperables.

Peregrinación a Catania

Una enfermedad, que parecía haber surgido de manera fortuita, se convirtió en el medio providencial para socorrer a la fiel sierva de la Providencia. Eutiquia se vio afectada por un flujo de sangre, y ningún médico logró encontrar una solución para esta grave dolencia. Durante cuatro años consecutivos, la hija cuidó con solicitud de la enferma, utilizando el pretexto de brindar un mejor cuidado para desvincularse gradualmente de compromisos y planes matrimoniales.

Finalmente, como si estuviera inspirada por el cielo, Lucía sugirió a su madre emprender una peregrinación al sepulcro de Santa Águeda, donde se obraban tantos milagros, con la esperanza de obtener allí una curación completa.

Eutiquia, anhelando fervientemente la recuperación de su salud, aceptó fácilmente esta propuesta. A pesar de que Catania se encontraba a unos 75 kilómetros de Siracusa, madre e hija partieron en los primeros días de febrero del año 301 o 304, llegando a su destino el día de la festividad de Santa Águeda, el 5 de dicho mes.

Al llegar, se postraron ante la tumba de la Santa, ubicada en la iglesia en el mismo lugar donde había sufrido el martirio. Durante la celebración de la Misa, al escuchar la narración del milagro realizado por el Salvador en favor de la hemorroísa, Lucía le dijo a su madre:

«Si creéis en la verdad de lo que acaban de leer y en el valimiento de Santa Águeda ante el Señor por el que perdió su vida, acercaos confiada a su sepulcro y obtendréis la curación completa.»

Terminadas las ceremonias, acércanse reverentes a la tumba de la Santa y piden a Dios, por medio de la insigne mártir, la repetición del milagro evangélico. De repente, cae Lucía en un sueño misterioso durante el cual ve a Santa Águeda encaminarse sonriente hacia ella, y oye que le dice:

—¿Por qué te empeñas, hermana mía, en pedirme una cosa que puedes obtener con la misma facilidad que yo? Tu fe ha salvado ya a tu madre; ya está curada; tú serás un día la gloria de Siracusa, como yo lo soy de Catania, porque tu corazón virginal es un templo agradable al Señor.

Desaparece la visión, despierta Lucía, y exclama temblando de dicha y emoción:

—¡Madre mía, madre mía; estáis curada!

Madre e hija se abrazan tiernamente, bendicen a Dios y dan gracias a su bienhechora por tan señalado favor. Después siguen piadosamente la vía dolorosa recorrida por la virgen mártir; Lucía, antes de alejarse de la tumba, en el colmo de la felicidad, se reclina suavemente en el seno de su madre y murmura:

—Madre mía, el cielo acaba de concedernos un insigne favor; permitidme a mi vez que yo solicite otro de vos, y es que no me habléis ya más de matrimonio, pues estoy consagrada en cuerpo y alma a Cristo y no deseo tener otro esposo sino a Él.

No le pareció posible a la madre oponerse a los santos propósitos de su hija y accedió sin dificultad a lo que solicitaba. Entonces añadió la casta doncella:

—Dejadme, pues, distribuir entre los pobres la dote que me tenéis preparada, y lo que me corresponde de la herencia de mi padre.

—De los bienes que tu padre me dejó al morir —respondió Eutiquia—, puedes disponer libremente; en cuanto a mi fortuna personal, espera a que Dios tenga a bien sacarme de este mundo; cuando me hayas cerrado los ojos, harás lo que gustes de cuanto tengo.

—¿Después de la muerte? —exclamó Lucía—; ¿qué sacrificio representa abandonar lo que ya no nos es posible retener por más tiempo?

Limosnas y sacrificio

Apenas llegó a Siracusa, Lucía no perdió tiempo en deshacerse de sus abundantes riquezas. Vendió todo: joyas, propiedades e inmensas posesiones, y el importe total fue distribuido de inmediato entre viudas, huérfanos e indigentes.

El prometido de Lucía, desconcertado por tanta generosidad, quiso investigar la razón detrás de ese comportamiento peculiar y consultó a la nodriza de Lucía, una mujer experta en asuntos de la vida. Esta le respondió simplemente que la joven actuaba de manera muy sensata. Al encontrar una joya de valor extraordinario, deseaba adquirirla por mucho menos de su valor real. Para lograrlo, no tenía más opción que deshacerse de otras joyas de menor valor.

La explicación tranquilizó al joven en un primer momento, pero al descubrir que todo el dinero se distribuía inmediatamente entre los pobres, cegado por la rabia al ver que se le escapaba una fortuna inmensa, denunció a Lucía como cristiana ante el presidente de Siracusa. Esto equivalía a entregarla a la muerte. La santa virgen no esperaba otra recompensa por sus buenas acciones.

El interrogatorio

El prefecto citó a la virgen ante su tribunal. El autor de la Pasión de Santa Lucía reconstituye el interrogatorio en términos que nos dan clara idea de cómo se desarrollaron las escenas del juicio y sentencia de la Santa. De siglo en siglo, han corrido por los labios de los cristianos las palabras pronunciadas entonces por Lucía, palabras que no cesan de estimular a las almas que aspiran a la perfección. Pascasio quiere obligarla a sacrificar a los dioses.

—El verdadero y puro sacrificio a los ojos de Dios —responde Lucía— es visitar a las viudas y a los huérfanos para socorrerlos en sus tribulaciones, cosa que yo he practicado hasta ahora. Como ya nada me queda por dar, vengo a ofrecerme como hostia viviente al verdadero Dios en la esperanza de que El querrá aceptarme en sacrificio.

—Podías contar esas cosas a los cristianos de tu secta; pero delante de mí, guardián de las leyes, son completamente inútiles tales discursos.

—Tú guardas las leyes de tus príncipes, y yo las de mi Dios. Tú temes a los emperadores de la tierra; yo sólo temo al del cielo. Tú deseas agradar a tu señor, y yo a mi Criador. Tú haces lo que piensas que te está bien, y yo hago lo que juzgo que me conviene.

—Ahora, después que has dilapidado tus bienes con gente de mal vivir, hablas como una cortesana cualquiera.

—Yo he puesto mi patrimonio en lugar seguro, y jamás se ha acercado a mí ningún corruptor de cuerpo ni de espíritu.

—Está bien; tan hermosas palabras terminarán en cuanto sientas el rigor de las varas.

—No es posible imponer silencio al Verbo de Dios.

—¿Eres acaso Dios?

—Soy la sierva de Dios, y Él es quien habla por mi boca, porque dijo: «No vosotros responderéis ante los tribunales, sino el Espíritu Santo, que hablará por vosotros.»

—¡Ah! ¿El Espíritu Santo está, pues, en ti y es Él quien nos habla con tan bellos discursos?

—El Apóstol dijo: «Los corazones puros son templos de Dios y el Espíritu Santo habita en ellos».

—Yo te conduciré a los lugares de perdición y ese Espíritu Santo a que te refieres abandonará tu cuerpo manchado por el vicio.

—Sólo se pierde la castidad y se ensucia el cuerpo con el consentimiento de la voluntad. Y si pusieses en mi mano incienso, y por fuerza me hicieses echarlo en el fuego para sacrificar a tus dioses, el Dios verdadero que lo ve no lo tomaría en cuenta.

—Obedece a las órdenes de los emperadores, o de lo contrario sucumbirás en una casa de vicio, con vergüenza e infamia.

—Jamás consentirá mi voluntad en el pecado. En cuanto a los tratos odiosos que os proponéis dar a mi cuerpo, sabed que os será imposible violar a la esposa de Cristo.

Para poner fin a estos discursos, Pascasio cortó en seco el interrogatorioy ordenó que condujesen a la virgen a una casa de perdición.

Fuerzas humanas y poder divino

Echanle mano los soldados para llevarla; pero quiso Dios que ninguna fuerza de hombres fuera poderosa como para moverla del lugar donde estaba. Turbado Pascasio, comienza a sospechar que allí interviene algún poder oculto, y recurre a la ciencia de los magos y de los sacerdotes de los ídolos. Éstos tratan de producir encantamientos alrededor de la valerosa cristiana; la bañan con agua infecta, para vencer los pretendidos secretos de la magia que constituye su fuerza. Pero todos los sortilegios fracasan.

Uncen entonces varias yuntas de bueyes y átanlos al cuerpo de la heroína, pero ni aun así consiguen removerla del lugar. Con ello encónase aun más el ánimo del verdugo, que siente la inutilidad de su poder frente a la delicada víctima.

—¿Qué maleficios empleas? —preguntóle despechado.

—No necesitó recurrir a maleficios —respondió la virgen—; los beneficios de Dios son mi poder.

—¿Cómo puedes tú, mujer vulgar, resistir la fuerza de tantos hombres?

—Más de diez mil que trajeras, oirían lo que el Espíritu de Dios me dice: Mil caerán a tu derecha y diez mil a tu izquierda».

La rabia ahogaba a Pascasio, el cual se mesaba los cabellos y gritaba desesperadamente.

—¿Por qué te congojas y atormentas? —dijóle Lucía—; si conoces que soy templo de Dios, cree, y, si aun no estás cierto de ello, no te faltarán pruebas hasta que lo conozcas.

Ante aquel desafío, perdió el cruel perseguidor toda clase de consideraciones y mandó que empapasen a la Santa en aceite, pez y resina y que le prendiesen fuego. Lucía, inmóvil en medio de las llamas, dijo entonces:

«He rogado a mi Señor Jesucristo que este fuego no me dañe, y que dilate mi martirio para que los fíeles se animen a mantenerse firmes en su fe y no teman los tormentos, y para que los infieles se confundan viendo lo poco que pueden contra los siervos del Altísimo».

Pascasio pudo convencerse de que el fuego respetaba el cuerpo virginal de su víctima. Entonces, uno de los satélites del prefecto atravesó con una espada el cuello de la mártir la cual cayó bañada en su sangre. Abandonáronla en seguida los verdugos y pudieron los cristianos acercarse a ella.

—Perseverad animosos en la fe —les dijo la santa mártir—; os anuncio el final de la persecución y la paz de la Iglesia. El castigo para los enemigos de Dios no tardará. Así como mi hermana Águeda es protectora de Catania, yo lo seré de Siracusa si sus habitantes quieren recibir la fe de Cristo.

Dícese que un sacerdote le llevó entonces la sagrada Eucaristía. Con tan precioso viático pudo emprender el camino hacia la gloria. Lucía entró en el cielo con la doble corona de virgen y mártir el día 13 de diciembre del año 304.

Las predicciones de Lucía se cumplieron al pie de la letra. Mucho tiempo hacía que Pascasio saqueaba la provincia de Sicilia, por lo que eran numerosas las quejas presentadas contra él ante el poder central. Acababa nuestra Santa de dar el último suspiro cuando llegaron los encargados de depurar responsabilidades. Habiéndosele hallado culpable del delito que se le atribuía, fué condenado a muerte.

La era del paganismo terminaba en el crimen y en la corrupción. Uno tras otro, los emperadores Diocleciano, Galeno y Maximiano, perecieron con muerte violenta o ignominiosa; y, pocos años más tarde, en el 312, Constantino alcanzaba la victoria del puente Milvio, victoria que aseguraba a la Iglesia una paz definitiva después de tres siglos de violentísima prueba.

Reliquias y culto a la santa

El cuerpo de Santa Lucía fue sepultado en el lugar de su martirio, donde posteriormente se erigió un oratorio. En la misma ciudad se construyó otra iglesia para albergar sus preciosos restos. Se realizaron numerosos milagros en ese lugar, y las reliquias de la Santa se convirtieron en objeto de fervorosas y continuas peregrinaciones.

Según el Breviario romano, sus restos fueron trasladados a Constantinopla y luego a Venecia. Este traslado probablemente involucró solo una parte de sus reliquias, ya que la Historia de los obispos de Metz relata que en el siglo VIII, Furoaldo, duque de Espoleto, conquistó Sicilia y llevó el cuerpo de la Santa a Corfino, una ciudad de su ducado, enriqueciéndola con estas reliquias. Se cree que al cuerpo le faltaban un brazo y la cabeza; Venecia había obtenido el brazo en Constantinopla, mientras que la cabeza se había transportado a Roma.

Santa Lucía obró grandes milagros; era especialmente invocada contra las enfermedades oculares, quizás debido a que su nombre significa «luz». Esto llevó a denominar «agua de Santa Lucía» a un remedio utilizado para tratar dolencias oculares. Los fieles recogían polvo de los pilares que sostenían la urna de la Santa y lo convertían en una especie de ungüento que aplicaban con plena confianza en los ojos.

También se la invoca contra los males de garganta debido a su forma de martirio, y contra la disentería, en memoria del milagro de la curación de su madre. En Siracusa se conservan el velo, la túnica y las sandalias que llevaba la Santa en el momento del martirio. Estos objetos, resguardados en la iglesia de la Concepción, se exhiben para la veneración de los fieles durante tres días consecutivos en la festividad de Santa Lucía.

Los siracusanos cuidan piadosamente el sepulcro de su patrona en una extensa cripta cercana a la iglesia de Santa Lucía di Fuori. El nombre de Santa Lucía está inscrito en el Canon de la Misa, después del de Santa Águeda. El sacramentario de San Gregorio tiene una colecta específica para la festividad. El antifonario del mismo papa contiene las antífonas que la Iglesia romana canta hoy en día en honor de la Santa.

Algunos artistas la representan llevando sus propios ojos en un plato o bandeja, atribuyéndole incorrectamente una actitud que corresponde a un hecho relacionado con la vida de la Beata Lucía llamada la Casta.

Oración a Santa Lucía

¡Oh bienaventurada y amable Santa Lucía!, universalmente reconocida por el pueblo cristiano como especial y poderosa abogada de la vista; llenos de confianza a ti acudimos pidiéndote la gracia de que la nuestra se mantenga sana y que el uso que hagamos de nuestros ojos sea siempre para bien de nuestra alma, sin que turben jamás nuestra mente objetos o espectáculos peligrosos, y que todo lo sagrado o religioso que ellos vean se convierta en saludable y valioso motivo de amar cada día más a nuestro Creador y Redentor Jesucristo, a quien, por tu intercesión, oh protectora nuestra, esperamos ver y amar eternamente en la patria Celestial. Amén.

Cordero de Dios

 

Santa Lucía | Fuentes

La vida de los Santos por Butler.

Colofón
Y si al lector este trabajo le ha podido ayudar, le rogamos un Avemaría por nuestras almas rezar.
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