Hoy se celebra la fiesta de los Santos Felipe y Santiago, apóstoles, fieles seguidores de Jesucristo, que muriesen martirizados por odio a nuestro Salvador.
Contenido
– Introducción
– Martirio de San Felipe
– Santiago el menor, Apóstol, obispo de Jerusalén y mártir
– Santiago, Obispo de Jerusalén
– La Epístola de Santiago
– Martirio
– Oración a San Felipe Apóstol
– Oración a Santiago Apóstol
Introducción
Betsaida, pintoresca ciudad de casas blancas reflejándose en las aguas azules del mar de Tiberiades, recibió la reprobación de Jesús por su esperanza en un Mesías que los liberara de Roma y estableciera un reino judío. Esta ciudad, cuna de los apóstoles San Felipe, Pedro y Andrés, se encuentra en la fértil Galilea, testigo de la vida pública y milagros de Jesús.
En sus primeros días públicos, Jesús llamó a Felipe, un erudito de las Sagradas Letras, quien lo abandonó todo y reconoció a Jesús como el Mesías. Felipe compartió esta revelación con Natanael, proclamando haber encontrado al Hijo de Dios, Jesús de Nazaret.
En Betsaida, el pueblo adoraba a una serpiente en un templo, símbolo pagano que Felipe, conmovido, suplicó a Dios liberarlos. Las oraciones fueron respondidas; la serpiente murió, liberando al pueblo de su tiranía. A pesar de la maravilla, los líderes paganos resistieron la verdad evangélica, permaneciendo endurecidos en el error.
Martirio de San Felipe
Los paganos, instigados por el diablo, encarcelaron brevemente al apóstol Felipe antes de torturarlo brutalmente con azotes, crucifixión y apedreamiento hasta la muerte. En medio de la burla de los verdugos, un terremoto enviado por Dios destruyó edificios, castigando a los que crucificaron a San Felipe.
Los paganos huyeron asustados, mientras los cristianos agradecían a Dios por las maravillas en favor de su siervo. Aunque intentaron descolgarlo de la cruz, San Felipe pidió morir como su Maestro. Después de orar, su alma bendita partió antes de ser bajado. Después de su muerte, los cristianos honraron y enterraron su cuerpo con reverencia.
Con el tiempo, algunas reliquias de San Felipe fueron llevadas a Constantinopla y Roma. Otras ciudades como París, Tours y Florencia también guardan reliquias. Parte de su cráneo fue llevado a Troyes por los Cruzados. La Iglesia conmemora su martirio el primero de mayo.
Santiago el menor, Apóstol, obispo de Jerusalén y mártir
Santiago el Menor, nacido unos doce años antes de Jesucristo en Cana de Galilea, fue hijo de Cleofás Alfeo y María, prima o cuñada de la Virgen María. Perteneciendo a la tribu de Judá, era primo hermano de Jesucristo y se parecía tanto a él que muchos lo confundían con el Salvador.
Según la costumbre hebrea, era llamado «hermano de Cristo». De sus tres hermanos, Judas Tadeo fue contado entre los Apóstoles, mientras que los otros dos, José y Simón, fueron discípulos. Inicialmente dudaron de la divinidad de Cristo, esperando un Mesías con pompa y riquezas, pero cambiaron de parecer al presenciar los milagros sobrenaturales de Jesús.
Refiere una antigua tradición que, al llegar la hora de la Pasión del Salvador, Santiago juró que no comería hasta tanto que Jesús hubiese resucitado. El mismo día de su resurrección, Jesús se le apareció y, habiéndole pedido pan, lo bendijo, lo partió y se lo ofreció, diciendo: «No temas el comerlo, hermano mio, porque ya el Hijo del hombre ha resucitado».
Santiago, Obispo de Jerusalén
Después de Pentecostés, San Pedro designó a Santiago como obispo de Jerusalén, considerándolo el padre de los judíos convertidos. Su autoridad fue tan grande que incluso San Pedro le informó cuando fue liberado de la cárcel por mandato divino. En el primer Concilio de Jerusalén, lideró con resolución la decisión de no imponer la circuncisión a los gentiles convertidos.
San Pablo lo menciona como una de las columnas de la Iglesia, junto con Pedro y Juan. Santiago, también conocido como el Justo, ejerció el oficio de Apóstol y pastor, guiando a innumerables almas hacia la luz del Evangelio con su predicación y oraciones fervorosas.
Conocido por su pureza y santidad, se dice que permaneció virgen toda su vida. Su vida ascética incluyó ayunos constantes y abstinencia de carne y bebidas embriagantes. Dedicado a la oración, sus rodillas estaban endurecidas por las constantes postraciones, y callos se formaron en su frente debido a su inclinación al suelo durante la oración. Se le permitía entrar solo en el Sancta Sanctorum del Templo.
Santiago caminaba descalzo, vestía lino y llevaba una lámina de oro en la cabeza como signo de suprema dignidad. Su fama de santidad era tan grande que los judíos se acercaban para tocar y besar sus vestiduras. Según Josefo, la destrucción de Jerusalén por Vespasiano y Tito se consideró un castigo divino por la muerte de Santiago, reconocido como un hombre justo y piadoso.
La Epístola de Santiago
El valioso legado de Santiago el Menor es su epístola, la primera de las siete católicas, dirigida a los judíos convertidos, pero relevante para todos los cristianos. Enseña la necesidad de mostrar la fe con obras buenas y destaca las obras de misericordia. Aborda vicios de la lengua, la diferencia entre la sabiduría terrena y celestial, las discordias y males causados por pasiones descontroladas.
Instruye sobre el bien en las adversidades, exhorta a alegrarse en las pruebas y habla del castigo para ricos y opresores. Concluye con versículos sobre la Extremaunción, la Confesión, la eficacia de la oración del justo y el premio por convertir a un pecador. También escribió sobre la liturgia, especialmente la celebración de la Santa Misa, un texto venerado que se utilizó en el Concilio de Efeso contra Nestorio.
Martirio
Hemos mencionado ya el fruto conseguido con la predicación de Santiago. Dado el prestigio de que este Apóstol gozaba ante el pueblo, quisieron algunos judíos atraérselo a su lado y partido para que cesara de hacer prosélitos para Cristo, Anano, sumo sacerdote y hombre fiero y cruel, hijo de Anás, aquel a cuyo tribunal fue presentado Jesús, le hizo comparecer ante el Sanedrín, a fin de rogarle que desengañase al pueblo para que no siguiera a un crucificado, pues el pueblo creería en cualquier cosa que él les predicara.
Convinieron en que Santiago hablaría públicamente el día de la Pascua, a causa de ser mayor entonces el concurso de las gentes y que les diría lo que el sentía de Cristo y de la Ley de Moisés. El Santo prometió hacerlo así.
Llegó el día señalado y, estando presente un sinnúmero de judíos y gentiles, subieron a Santiago a un lugar alto del Templo, y, después de haberles declarado los príncipes de los sacerdotes grandes alabanzas del Santo para ganarle mas la voluntad. le dijeron: «Oh Justo! en ti confiamos; ya ves que están engañando al pueblo en nombre de un impostor crucificado; habla, pues, y dinos la verdad acerca de Jesús».
Entonces aquel santo y venerable anciano, mirando compasivo a la inmensa muchedumbre que le rodeaba, exclamé:
«Qué me preguntáis del Hijo del hombre? Sabed que esta sentado a la diestra de Dios Padre, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos».
Se levantó luego un murmullo entre los fieles al oír estas palabras, y, alabando a Dios por ellas, gritaron: «Hosanna al Hijo de David!» Entretanto, los sacerdotes, escribas y fariseos, bramando de rabia, tomaron piedras contra él y. dando voces, decían: «No veis cómo ha errado et Justo?» Y echando mano sobre él, le arrojaron abajo.
Quedó muy malherido con la caída; pero, olvidándose de aquella injuria y acordándose de la caridad de su Señor, que en la cruz había rogado al Padre eterno por sus enemigos, levantó las manos y el corazón a Dios, y, puesto de rodillas, comenzó a decir: «Te suplico Señor, que les perdones, porque no saben lo que hacen».
No se aplacaron aquellos hombres malvados con tan dulces palabras, antes, perseverando en su maldad, gritaron: «Apedreemos a Santiago el Justo». Empezaban ya a apedrearle, cuando un sacerdote del linaje de los Rechabitas se interpuso diciendo: «Deteneos; ¿qué hacéis? ¿No estáis oyendo que el Justo reza por vosotros?» Pero mientras eso decía, un batanero dio al Santo un garrotazo en la cabeza con una pértiga y lo dejé muerto.
Fue su martirio el primer día de mayo del año 63, y en este día celebra la Iglesia su fiesta. Con este martirio entregó su alma a Dios este santo Apóstol, que, según San Jerónimo, había gobernado durante treinta años la iglesia de Jerusalén.
Su cuerpo fue enterrado en el mismo lugar de su martirio, cerca del Templo, en un sepulcro abierto en la peña viva. Sucesor suyo en el episcopado fue San Simón o Simeón, Anano, sobre quien cayó la ira del Señor, murió estrangulado por una facción de sus compatriotas. La mayor parte de las reliquias del Santo se hallan en Roma, junto a las de San Felipe, en la iglesia de los Santos Apóstoles. También se guardan algunos fragmentos en Santiago de Compostela, Tolosa y Amberes.
Oración a San Felipe Apóstol
Padre, a Ti que hiciste de San Felipe un apóstol y un seguidor de tu Hijo Jesucristo, te pedimos, por su intercesión, la gracia del Espíritu Santo. Concédenos la fortaleza necesaria para superarnos siempre, ayúdanos a propiciar la salud de nuestro cuerpo y a esforzarnos para vivir en gracia.
Haz que siempre sepamos aprovechar bien nuestro tiempo. Ayúdanos a hacer bien las cosas desde la primera vez.Danos, por los méritos de San Felipe Apóstol, la gracia de estado que más necesitemos.
Te lo pedimos, por tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor.
Oración a Santiago Apóstol
¡Gran Apóstol Santiago, familiar cercano de nuestro Señor y aún más cercano a Él por lazos espirituales! Al ser llamado por Él entre los primeros discípulos y ser favorecido con Su especial intimidad, tu respondiste con gran generosidad, dejándolo todo para seguirle a la primera llamada. También tuviste el privilegio de ser el primero de los Apóstoles en morir por Él, sellando tu predicación con tu sangre.
“Atronador” en el entusiasmo en la tierra desde el cielo, te has mostrado defensor de Su Iglesia una y otra vez, apareciendo en el campo de batalla de los Cristianos para derrotar y dispersar a los enemigos de la Cruz, y llevar a los descorazonados Creyentes a la Victoria. Fuerza de los Cristianos, refugio seguro de aquellos que te suplican con confianza, oh, protégenos ahora en los peligros que nos rodean.
Que por tu intercesión, nuestro Señor nos conceda Su Santo Amor, filial temor, justicia, paz y la victoria sobre nuestros adversarios, tanto visibles como invisibles, y sobre todo, que un día nos conceda la felicidad de verlo y tenerlo con nosotros en el cielo, en tu compañía y la de los ángeles y santos para siempre.
Amén.

SANTOS FELIPE Y SANTIAGO, APÓSTOLES | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.


