Segundo Domingo de Cuaresma


Este Domingo se llama de la Transfiguración por razón del Evangelio que se nos propone. No estaban muy lejanos los dolorosos días de la pasión y Jesús quiso preparar a sus Apóstoles para aquellos días de tristeza y de prueba.

Pedro, que hacía seis días que había declarado que Jesús era el Cristo, Hijo de Dios vivo y que es el único de los Apóstoles que habla en el Tabor, será también el que dentro de poco negará a Jesús. ¡Qué flaco e inconstante es el corazón del hombre?!

Es por esta razón que en la espístola se nos invita a la santidad y en lo restante de la Misa, se nos exhorta a acudir siempre al Señor.

Nuestra mirada se dirige hoy al tema de «la llamada de Dios» como elemento que unifica la liturgia. La llamada se dirige primero a Abraham. Lo invita a salir de su tierra, a dejar a la espalda las apoyaturas humanas y a confiarse entera y filialmente en el Señor y en su promesa: «en ti bendeciré todas las familias del mundo».

La llamada se dirige también a Timoteo por medio de Pablo: «toma parte en los duros trabajos del evangelio con la fuerza que Dios te dé». Es esencial en la vida del cristiano «tomar parte en la vida de Cristo», especialmente en su misterio pascual: muerte y resurrección. Pero esta llamada de Dios en Cristo se hace más evidente en el evangelio: Cristo llama a Pedro, Santiago y Juan a subir a una montaña alta y los invita a «tomar parte» en la transfiguración. Poco después los llama a descender del monte y a emprender decididos el camino de Jerusalén, camino de la Pasión.


PRIMERA LECTURA

Vocación de Abrahamn, padre de] pueblo de Dios

Lectura del libro del Génesis 12, 1-4a

En aquellos días, el Señor dijo a Abrahám:

-«Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.»

Abraham marchó, como le había dicho el Señor.

Palabra de Dios.


Salmo responsorial

Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 (R.: 22)

R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.


SEGUNDA LECTURA

Dios nos llama y nos ilumina

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 8b-10

Querido hermano:

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

Palabra de Dios.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

-«Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:

-«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.»

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

-«Levantaos, no temáis.»

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Palabra de Dios.