Segundo Domingo de Pascua


Los antiguos Cristianos de Roma se reunían hoy en San Pedro, por el Domingo del Buen Pastor, el cual después de Su Resurrección, nombró a San Pedro Pastor visible de todas Sus ovejas y corderos. Hoy es el día de acordarnos de lo que el Buen Pastor ha hacho por nosotros, por eso diremos en el Introito de la Misa «la tierra está llena de la Misericordia del Señor. Alegraos pues Justos en el Señor…» Y es que durante la Consagración de las Sagradas Especies, el Buen Pastor se presenta real, personal y substancialmente a nosotros, para inmolarse en el Altar; de este Sacrificio fluyen hasta nosotros todas las Misericordias, todas las fuerzas de la Vida Espiritual.

Es muy antigua la costumbre en la Iglesia Católica la de representar a Jesús bajo la expresiva y delicada figura del Buen Pastor, como puede verse en muchos y variados objetos y lugares. El hijo de Dios, bajó del Cielo, se hizo hombre, murió y resucitó para salvarnos, como dice Él mismo, para hacer de todos los hombres un solo redil, del cual, Él es el Buen Pastor.

¡Que hermosas son esas estampas que nos muestran a Nuestro Señor Jesucristo llevando en hombros a una ovejita o salvándolas de malezas y peligros o buscándola afanosamente! Aquella ovejita, eres tu, soy yo, somos todos nosotros.

El buen pastor ha dejado en la tierra por representante al Sumo Pontífice. Obedezcamosle y estemos siempre junto a él. En este Domingo, llamado ya del Buen Pastor.

Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: Yo soy el pastor, el Bueno. El buen pastor pone su vida por las ovejas. Mas el mercenario, el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, viendo venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa; porque es mercenario y no tiene interés en las ovejas. Yo soy el pastor bueno, y conozco las mías, y las mías me conocen, —así como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre— y pongo mi vida por mis ovejas. Y tengo otras ovejas que no son de este aprisco. A esas también tengo que traer; ellas oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor.

(San Juan, X, 11-16)