Septiembre: Mes de los Dolores de María Santísima | Día 3


Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio.

Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas.

Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio!

Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

Reflexión: pena y sentimiento de María en la circuncisión

Pasados ocho dias desde el nacimiento del Redentor (San Lucas II, 21), dispusieron circuncidarle segun la ley. Previno la solícita Madre para ello unos lienzos blanquísimos, y volvió de nuevo a limpiar aquella pobre habitación. Avisado el sacerdote y habiendo venido a ella, saludó cortesmente a aquellos moradores, pasmado en gran manera y encantado por lo que presenciaba.

Sacó los pedernales, y mandó desenvolviesen al niño acomodándole como mejor se pudiera… Ya empieza a estremecerse el corazón amoroso de María… ya principian nuevas aflicciones… ¡Oh ley tan dura! ¡Oh mandato tan sensible para una madre cual María!… Le quiere ella misma tener en sus brazos, pero teme ser impedida por la fluctuación de su cariño.

Dársele a su esposo, aunque no lo rehusaba, era interrumpir su constante dilección, pero por fin se lo entrega. Toma deshecha de amor los paños, y los acomoda para coger la sangre y reliquia de su querido Hijo… suplica al sacerdote con las más interesantes expresiones que haga lo posible porque no sea grande y dolorosa la herida… toma éste el pedernal y la parte delicada del infante… ¡aquí el sentimiento!… ¡aquí los sobresaltos de la madre! Hace el sacerdote la cisura, se conmueve y llora el niño, salta la sangre, da la inconsolable Virgen un lastimoso suspiro, rompe en lágrimas, y como le es posible recoge los restos y derramado carmín de tan preciosa sangre.

¡Alma mía, considera cuál estaría el corazón tan tierno de María Santísima por el dolor que experimentaba su querido Hijo! ¡Reflexiona bien la pena que sentiría su pecho al mirar tan afligido a su infante tan amado! Concluye ya el sacerdote las ceremonias y se despide de ellos, quedando María envolviendo al niño con curiosidad y prontitud; y para aquietar su sentimiento y pena estrechándole en su virginal pecho, besándole y bañándole con sus lágrimas decía:

«Hijo de mi vida! ¡Redentor de mi alma! no lloréis… cesad ya ese llanto… no derraméis ya más lágrimas, que convertidas en agudísimas espadas traspasan mi corazón. ¡Ah y cuán pronto comenzáis a verter vuestra sangre! ¡Qué tierno y apenas recién nacido dais principio a mostrar a los hombres el fruto de su redención!… ¿Para qué me escogísteis por Madre si os habíais de convertir para mí en esposo de sangre (Éxodo IV, 25)?. No digo esto, Hijo mio adorado, porque os pretenda abandonar, ni me quejo porque me escojáis para compañera de vuestros padecimientos, sino porque no podré quizá resistirá la violencia del dolor…». De este modo exclamando permaneció mucho tiempo la compasiva Madre, porque «tan dulcemente le amaba, que por esta dulzura se deshacía en la llama del divino amor como el oro en la del encendido fuego…» (Beato Santiago de Vorágine OP, Sermón 2º del Sábado post-Domínica I de Cuaresma).

Sentimientos y propósitos para este día

Ciertamente, Madre mía afligidísima, me causa suma edificación el ver la prontitud y diligencia tan admirable que mostráis en el cumplimiento de la divina ley. No ignoráis, bendita Virgen; no ignoráis que vuestro santísimo Hijo es el mismo legislador supremo; tampoco se os oculta lo riguroso y penal del decreto, y los sensibles efectos que causa en los tiernos infantes, y mucho menos lo que va a contristar su ejecución a vuestro pecho enamorado.

Esto, no obstante, inocente paloma, queréis padecer y angustiaros primero que omitirle, y lo hacéis con tanta solicitud y presteza ¡Oh santidad envidiada aun por los mismos Ángeles! ¡Oh prontitud y celo para las criaturas tibias e indevotas!

¿Qué te parece, alma mía? ¿No te mueves a desarraigar de ti tu negligencia tan culpable, tu criminal pereza, a vista de la lección que te da tu Señora y Reina, pues no rehúsa añadir penas a otras que antes ya la habían afligido? ¿No te resuelves a sacudir de ti esa pereza que tantos daños te causa esa pereza que no te deja caminar a tu patria, impidiéndote toda clase de virtud y de obra buena, que son los únicos recursos para tal jornada esa pereza que tantas y tantas veces por un poco de sueño, por un poco de hambre, por un poco de conversación o poltronería no te deja rezar el Rosario y frecuentar tus antiguas devociones, ocurriéndote mil pretextos, y amortiguando cada vez un poquito más el importantísimo estado de la salud de tu alma esa pereza que busca tantos efugios para retirarte de la frecuencia de los santos Sacramentos, para hacerte odiosa la asistencia a los templos del Señor, o porque llueve, o porque hace frío, o por que conviene más ir a dar un paseo con la amiga, o con el conocido o pariente para tratar de vuestros negocios, porque según decís, para todo hay después tiempo, y el día de fiesta solo estáis desocupados…. esa pereza que de tal suerte ha cambiado vuestro corazón y vuestra piedad que apenas sois ya conocidos, pues que algún día solo hallabais placer en servir a Dios, en tributarle los debidos respetos, en llorar vuestros antiguos pecados, en estudiar vuestra conciencia para enmendaros, en huir las ocasiones, en pedir al Señor la gracia de la perseverancia final, y en interesar para ello a María Santísima, cuyo patrocinio tantas veces solicitaste con lágrimas en tus mejillas y ahora todo lo has olvidado, todo lo has dejado, todo lo tienes en poco, nada te turba, ancha conciencia, y gracias si no te ríes y mofas de tan divinos ejercicios, contentándote solo con masculladas, gruñidas y cercenadas oraciones por cumplir, que al mismo Dios hacen volver la espalda y taparse los oídos por no indignarse más?….

¿Qué dices, alma mía? ¿Qué juzgas de este estado de trepides y frialdad? Resuélvete y acaba de salir de tu ignorancia culpable…. ¿Quiere permanecer en él? Pero ¡ay!, reflexiona el peligro en que te hallas de tu perdición. Nada menos te concitas que la reprobación del mismo Dios, que asegura que «vomitará y arrojará de sí a los tibios» (Apocalipsis III, 17).

Despierta de tu letargo, que ya es hora; no quieras llamarte siervo de María con solas las palabras, negando tu corazón a ser participante de sus sentimientos (San Mateo XV, 8)… Imítala en la prontitud con que cumple los preceptos del Altísimo, aunque conoce que va a ser contristado su pecho…

Hazlo tú así también, aunque tengas que mortificar tu genio, tu inclinación, tus afectos y pasiones. Mira que una de las cosas de que más se queja esta Señora es «que hay muy pocos que la aman en verdad, porque hay muy pocos que se compadecen y aprovechan de sus penas y dolores» (Juan Bautista Scaramelli, Directorio ascético sobre las Revelaciones de Santa Brígida, tomo I, art. 11, cap. V). No seré yo uno de estos, Virgen y Madre de mi corazón, porque circuncidaré mi voluntad y desecharé de mí la pereza, seré fervoroso y asistente a todas las prácticas de piedad, y he de amaros e imitaros toda mi vida sin intermisión alguna.

Vayan con Dios y me despido de todos los que me traten de apartar de mi acostumbrada piedad; lejos de mí las distracciones y las comodidades que me han resfriado mi acostumbrada devoción, pues que desde ahora he de poner en ejecución todas las cosas que pertenecen a mi aprovechamiento espiritual con exactitud y cuidado.

Así os lo prometo, Señora mía, y así lo cumpliré con la gracia de vuestro santísimo Hijo, y con vuestra mediación, para que así no tengáis de mí la menor queja, y conozcáis que os amo y amaré hasta el fin.

Conclusión para todos los días

¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento?

Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos.

Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.

Proyecto Emaús