Sobre el abuso de la Divina Misericordia

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Dominio Público.

La esperanza después del pecado, cuando el pecador de veras se arrepiente, es grata Dios; pero la de los obstinados le es abominable. Semejante esperanza provoca el castigo de Dios, así como provoca a ser castigado el siervo que ofendiese a su señor precisamente porque éste es bondadoso y amable.

Dirá quizá alguno, puesto que Dios ha tenido para mí tanta clemencia en el pasado, espero que también la tendrá en lo venidero, más yo respondo: Y por haber sido tan misericordioso contigo ¿quieres volver a ofenderle? Dice San Pablo: “De ese modo, ¿desprecias la bondad y la paciencia de Dios? ¿Ignoras que si el Señor te ha sufrido hasta ahora, no ha sido para que sigas ofendiéndole, sino para que te duelas del mal que hiciste?

Y aún cuando tú, fiado en la divina misericordia, no temas abusar de ella, el Señor te la retirará.Como dice el Salmo 7: “Si vosotros no os convirtiéreis, entenzará su arco y se preparará”. También en Deuteronomio dice:”Mía es la venganza y Yo les daré el pago a su tiempo”. Hermanos, Dios espera, más cundo llega la hora de la justicia no espera más y castiga.

Aguarda Dios al pecador a fin de que se enmiende); pero al ver que el tiempo concedido para llorar los pecados sólo sirve para que los acreciente, válese de ese mismo tiempo para ejercitar la justicia. De suerte que el propio tiempo concedido, la misma misericordia otorgada, serán parte para que el castigo sea más riguroso y el abandono más inmediato. “Hemos medicinado a Babilonia y no ha sanado. Abandonémosla”.

¿Y cómo nos abandona Dios? O envía la muerte al pecador, que así muere sin arrepentirse, o bien le priva de las gracias abundantes y no le deja más que la gracia suficiente, con la cual, si bien podría el pecador salvarse, no se salvará. Obcecada la mente, endurecido el corazón, dominado por malos hábitos, será la salvación moralmente imposible; y así seguirá, si no en absoluto, a lo menos moralmente abandonado. “Le quitará su cerca, y será talada…”. ¡Oh, qué castigo! Triste señal es que el dueño rompa el cercado y deje que en la viña entren los que quisieren, hombres y ganados: prueba es de que la ha abandonado.

Así, Dios, cuando deja abandonada un alma, le quita la valla del temor, de los remordimientos de conciencia, la deja en tinieblas sumida, y luego penetran en ella todos los monstruos del vicio. Y el pecador, abandonado en esa oscuridad, lo desprecia todo: la gracia divina, la gloria, avisos, consejos y excomuniones; se burlará de su propia condenación.

Le dejará Dios en esta vida sin castigarle, y en esto consistirá su mayor castigo. “Apiadémonos del impío…; no aprenderá jamás justicia” dice Isaías. Refiriéndose a ese pasaje, dice San Bernardo: “No quiero esa misericordia, más terrible que cualquier ira”.

Terrible castigo es que Dios deje al pecador en sus pecados y, al parecer, no le pida cuenta de ellos. Diríase que no se indigna contra él y que le permite alcanzar cuanto de este mundo desea. ¡Desdichados los pecadores que prosperan en la vida mortal! ¡Señal es que Dios espera a ejercitar en ellos su justicia en la vida eterna! Pregunta Jeremías: “¿Por qué el camino de los impíos va en prosperidad?” Y responde en seguida: “Congrégalos como el rebaño para el matadero”.

No hay, pues, mayor castigo que el de que Dios permita al pecador añadir pecados a pecados, según lo que dice David: “Ponles maldad sobre maldad…borrados sean del libro de los vivos”; acerca de lo cual dice San Belarmino: “No hay castigo tan grande como que el pecado sea pena del pecado”. Más le valiera a alguno de esos infelices que cuando cometió el primer pecado el Señor le hubiera hecho morir; porque muriendo después, padecerá tantos infiernos como pecados hubiere cometido.

San Alfonso María de Ligorio