Ya en el siglo XVII comenzaban a notarse los primeros brotes del pensamiento ilustrado que más tarde desembocaría en el Jansenismo: Los intelectuales comenzaban a ridiculizar la fe, los sacramentos, la autoridad papal, se promovía una religión «natural», sin dogmas, sin milagros, sin Iglesia visible, se iba socavando el fundamento sobrenatural de la autoridad política y moral.
La Iglesia todavía tenía influencia, pero algo profundo comenzaba a cambiar. En las universidades, en los cafés literarios, en los salones de París, una nueva forma de pensar empezaba a crecer como una semilla.
Ya no se hablaba con reverencia de Dios ni de los santos. Empezaban a circular ideas que sugerían que el hombre no necesitaba a Dios para ser bueno, que la razón era suficiente para construir un mundo justo. Los antiguos pilares del orden cristiano comenzaban a tambalear, no por ataques directos aún, sino por burlas, ironías y argumentos seductores.
A la cabeza de esta corriente, aparecieron figuras como Voltaire, un hombre sarcástico, con una pluma afilada. Tenía un solo objetivo: destruir lo que él llamaba «la infame», es decir, la Iglesia. No lo hacía con la espada, sino con libros, con frases irreverentes, con sátiras que hacían reír a los nobles y avergonzar a los creyentes tímidos. Decía que la religión era cosa de viejas, que los milagros eran cuentos, y que el único dios verdadero era la razón.
Junto a él, otros como Rousseau comenzaban a hablar de la bondad natural del hombre: Proclamaba que las leyes divinas eran cadenas y que lo ideal sería un contrato entre los hombres, donde la voluntad general lo decidiera todo, incluso el bien y el mal. No necesitaban a Cristo Rey, querían libertad sin verdad.
En esos años, se publicó la Enciclopedia, el gran símbolo de esta revolución silenciosa. Era una obra monumental que pretendía reunir todo el saber humano, pero estaba cuidadosamente diseñada para dejar a Dios fuera. Sus postulados eran los mismos: la Iglesia ha mentido, los sacerdotes han oprimido, y ahora es hora de que el hombre se libere.
Un nuevo poder oculto
Mientras en la superficie los ataques al orden católico y monárquico se daban en la literatura, la filosofía y el arte, debajo, crecía otra fuerza, organizada, secreta, tenaz: la masonería.
Inspirada por el racionalismo, el deísmo y el humanismo liberal, la masonería propone un mundo sin Cristo, donde todas las religiones valen lo mismo, pero donde la Iglesia Católica es vista como el enemigo común. Era la única que afirmaba una verdad absoluta, un Rey por encima de los hombres, un orden divino que no se podía manipular.
Los masones no actuaban a la luz del día, sino desde logias discretas, influyendo en la política, la educación, los medios. Muchos revolucionarios de 1789 eran masones: Mirabeau, Sieyès, Danton, Robespierre. Los medios seculares lo reconocen hoy en día abiertamente.
El Sagrado Corazón de Jesús
Fue el 17 de Junio de 1689 cuando el Sagrado Corazón de Jesús le dijo a Santa Margarita María de Alacoque que le comunicara a Luis XIV, rey de Francia, que consagrase aquella nación al Sagrado Corazón y lo entronizara en los estandartes y en las armas del reino. Ignorada seria esta petición, no solo por aquel rey, sino también por sus sucesores Luis XV y Luis XVI.
«Haz saber al hijo mayor de mi Sagrado Corazón que, como su nacimiento temporal fue debido a la devoción a mis méritos, así su nacimiento eterno será debido a la consagración que él hará de sí mismo a mi adorable Corazón. Quiero reinar en su palacio, ser pintado en sus estandartes y grabado en sus armas, para hacerlo victorioso sobre todos sus enemigos…»
Exactamente 100 años más tarde (durante el reinado de Luis XVI), el “Tercer Estado” –a instancias del sacerdote renegado y regicida Emmanuel Joseph Sieyès Angles– se erigió en Asamblea Nacional y le quitó el poder al Rey. Así, en 1789 estalló en Francia, con trágicas consecuencias para el mundo entero, un flagelo muchísimo más terrible que cualquier epidemia: la calamitosa Revolución Francesa.
Guerra al Sagrado Corazón de Jesús
Cuando finalmente estalló la Revolución Francesa: la iconografía del Sagrado Corazón fue perseguida brutalmente.
En ese periodo los verdaderos católicos encontraron amparo en el Sacratísimo Corazón de Jesús, y el Escudo protector fue llevado por muchos sacerdotes, nobles y plebeyos que resistieron a la sanguinaria revolución anticatólica. Incluso damas de la corte, como la princesa de Lamballe, portaban esos Escudos preciosamente bordados sobre tejidos. Y el simple hecho de llevarlo consigo se transformó en señal distintiva de aquellos que eran contrarios a la Revolución Francesa.
Entre las pertenencias de la Reina María Antonieta, guillotinada por el odio revolucionario, fue encontrado un dibujo del Sagrado Corazón, con la llaga, la cruz y la corona de espinas, y la expresión: “¡Sagrado Corazón de Jesús, ten misericordia de nosotros!”.
En toda Francia, surgieron espontáneamente grupos de contrarrevolucionarios. Regiones enteras como lo fue el caso de la Vandee, resistieron valientemente bajo el estandarte del Sagrado Corazón, del Santo Rosario y del detente, la guerra de los impíos. Los campesinos católicos se levantaron gritando “Por Dios y por el Rey” y desplegaron una bandera blanca con lirios de oro coronada por el Sagrado Corazón. Este pendón realista encarnaba la alianza trono-altar: Cristo había advertido por boca de santa Margarita María a Luis XIV que “mi Corazón quiere reinar en su palacio, y estar pintado en sus estandartes y grabado en sus armas… a fin de que quede victorioso de todos los enemigos de la Iglesia”. Como ya se ha visto, lamentablemente, para Francia y hoy en día para el mundo entero, esa advertencia jamás fue escuchada.
El significado Escatológico del Sagrado Corazón de Jesús
Durante el siglo XX y hasta nuestros días, movimientos anticlericales han continuado esta ofensiva. Regímenes comunistas confiscaban cruces y cerraban templos, profanaban hostias y retrataban al Sagrado Corazón como símbolo de opresión. Las ideologías laicistas y libertarias de la Ilustración han socavado gradualmente la preeminencia de Cristo en la sociedad. Naciones otrora católicas como España, han sucumbido bajo el secularismo anticristiano actual que va conduciendo a esta pobre nación a perder el alma católica.
La devoción al Sagrado Corazón, por tanto, ha tenido siempre adversarios: “su culto ha penetrado en el Cuerpo Místico de Cristo, pero algunos lo reputan superfluo”, reflejo de un ambiente espiritual hostil. Ciertos grupos relativistas y multiculturalistas pretenden desacralizar a la sociedad, erigir un ‘hombre soberano’ sin dependencia de Dios, continuando la labor de los filósofos ilustrados. Frente a ello, la cruz del Sagrado Corazón sigue alzada.
Esto se evidencia además en el tejido social anticristiano contemporáneo, en el que el Sagrado Corazón de Jesús es atacado simbólicamente: su imagen ha sido públicamente borrada y sustituida por aquella otra imagen condenada dos veces.
Existe, finalmente, una lectura escatológica de estos hechos: la indiferencia creciente al Corazón de Cristo coincide con la expansión del pecado y la apostasía, como anticipos de los “últimos tiempos”. Jesús advirtió que antes de su venida habría engaños, persecuciones, grandes tribulaciones y enfriamiento del amor (Mt 24,14-25).
Así, tenemos que el terror revolucionario persiguió al clero y a los fieles, destruyó reliquias y exigió abiertamente la apostasía; simbolizando literalmente un ataque al Corazón del Redentor.
Desde el fin de las monarquías cristianas (que iniciase con la Revolución Francesa), el movimiento de apostasía de las naciones ha avanzado de manera incontenible a lo largo y ancho del mundo entero. Vemos que apostasía y pecado han caminado de la mano. Por ello, son muchos los que ven en la degradación moral de nuestros días; divorcio exprés, aborto, ideología de género, crisis de la familia, corrupción del inocente; a quien se busca pervertir haciendo uso de todas las herramientas posibles: por medio de la degeneración de la música, de los bailes, del cine, la literatura, el Internet, en fin, por brevedad digamos, en la perversión general de la cultura y de las costumbres, síntomas infalibles del cumplimiento de aquellas advertencias proféticas.
Hoy en día somos testigos de cómo la ofensiva anticristiana también se ha infiltrado en la educación gracias a las estructuras políticas modernas. En muchas sociedades, la enseñanza religiosa ha sido desplazada o reducida a lo mínimo, mientras que se promueven valores contrarios a la fe cristiana como parte del currículo oficial. Esto ha contribuido a que las nuevas generaciones crezcan sin un sentido arraigado de la trascendencia o del valor de la moral cristiana, facilitando la propagación del relativismo y el individualismo.
También es importante señalar el papel de la globalización y los medios digitales, que si bien han de cierta manera aumentado el acceso a la información, también han sido herramientas poderosas para la difusión de ideologías contrarias al cristianismo. Las redes sociales, plataformas de streaming y otros medios digitales suelen amplificar mensajes que relativizan la verdad objetiva y promueven estilos de vida contrarios a la doctrina católica, erosionando así la influencia espiritual que el Sagrado Corazón ha mantenido históricamente en la cultura occidental. Así, «Streamers» e «Influencers» desprovistos de toda moral o espíritu cristiano, divulgan las más de las veces, «contenido» que encuentra eco en multitudes desprevenidas, y se convierten como ya advirtió nuestro Señor, en ciegos guiando a otros ciegos.
La promesa del Sagrado Corazón: La Victoria
«Mi Corazón quiere reinar en su palacio, y estar pintado en sus estandartes y grabado en sus armas… a fin de que quede victorioso de todos los enemigos de la Iglesia»
Tal es la promesa del Sagrado Corazón… La victoria total sobre sus enemigos… Esta victoria implica la derrota definitiva de fuerzas que persiguen, atacan o destruyen la fe y la moral, por ello, no es de extrañar, de que en el mundo en el que vivimos, se haya erradicado del contexto público, la imagen de su Sagrado Corazón.
Entonces, para que ésta victoria tenga lugar, primero hemos de llevar a cabo la parte que nos toca. Él necesita reinar primero en nuestros corazones, en nuestros hogares: Así, hemos de rechazar las máximas mundanas y todo aquello que le haga la guerra al reinado de su Sagrado Corazón. Que nos espera? A su vez, que nos hagan la guerra aquellos que propugnan el reinado del «Otro». Muchos mártires y santos han vivido esta realidad, enfrentándose valientemente a persecuciones y guerras con la certeza de que Cristo será el único vencedor, de que Cristo es el Dueño y Señor de la historia, de que solo en el reinado de su Sagrado Corazón, el hombre encontrará finalmente la paz.
