Socorre San José a los pobres en sus apuros y necesidades


Una pobre obrera acudió cierto día a su confesor en demanda de consejo, pues tenía necesidad de una suma de dinero para salir de un negocio del que dependía su honra y la de su marido.

El confesor le aconsejó que se dirigiera a San José.

Obediente la mujer, comenzó una novena a este glorioso Santo.

Pasados diez días, vuelve a su confesor.

— Padre mío, le dice, ¿habéis hablado a alguien de mi apuro?

— No, hija mía… Mas, ¿a qué viene esta pregunta? Me parecéis como asustada.

— Figuraos, Padre mío, replicó ella, que hace tres días recibí una carta anónima en la que se me invitaba a que fuera a cierto sitio a las seis de la tarde. Creí que no debía acudir a semejante rara invitación. Pues bien, anoche, hacia las seis, oigo llamar a mi puerta. Entrad, grité. Ábrese la puerta, y me encuentro delante de un hombre de edad, de respetuoso continente, que me pregunta sí soy yo Fulana de Tal. Contéstele que sí. Esto es para usted, repuso, y me entregó un paquetito atado con bramante.

— Caballero, le pregunté, ¿puedo yo saber con quién tengo la honra de hablar?

— ¿Qué os importa?, respondió. Esto es para usted.

Dicho esto, bajó la escalera y desapareció… Abro el paquetito con curiosidad fácil de adivinar, y encuentro precisamente la cantidad que yo había pedido a San José.

Apresuréme a correr detrás del desconocido para darle las gracias, pero ya no volví a verle.