El icono bizantino original de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro que data del siglo XIV aproximadamente, se hallaba en Roma desde finales del siglo XV. Sin embargo, tras la invasión napoleónica de Roma en 1798, se comenzaron a confiscar propiedades de la Iglesia y a destruir los templos. La Iglesia de San Mateo (que albergaba el ícono) fue seleccionada -por razones urbanísticas…- para ser demolida. Sabiendo que el templo iba a ser arrasado y conocedores de que los soldados saqueaban las obras de arte valiosas, los monjes agustinos desmontaron en secreto el icono del altar mayor antes de que llegaran las piquetas francesas. Así pues, el icono desapareció de la vista pública durante décadas.
Con el paso de los años, los monjes que habían presenciado el rescate original fueron muriendo. El icono quedó colgado en esa capilla privada, acumulando polvo, y casi todos olvidaron su origen milagroso. Sin embargo, un monje anciano que había vivido la invasión, llamado Fray Agustín Orsetti, se encargó de decirle a un joven monaguillo del convento, Michael Marchi: «No olvides, hijo mío, que la imagen que está en la capilla es la milagrosa Virgen de San Mateo».
Cuando los Redentoristas (la orden fundada por San Alfonso María de Ligorio) compraron unos terrenos en Roma en la década de 1850 para construir su casa general, descubrieron por viejos documentos que allí mismo había estado la destruida Iglesia de San Mateo y su famoso icono perdido. El ahora padre Michael Marchi, al escuchar esto, recordó de inmediato las palabras del anciano Fray Agustín.
En un evento histórico para la devoción mariana, el Papa Pío IX, en diciembre de 1865, ordenó que el icono fuera restaurado y entregado a los Redentoristas para ser venerado nuevamente en público. Al entregar el icono al Superior General de los Redentoristas, Pío IX pronunció la famosa frase: «Dadla a conocer al mundo entero».
- 100 días, una vez al día, por cada una de las tres oraciones.
I
He aquí a tus pies, oh Madre del Perpetuo Socorro, a un miserable pecador que recurre a ti y en ti confía. Oh Madre de misericordia, ten piedad de mí. Te oigo llamar por todos refugio y esperanza de los pecadores: sé, pues, mi refugio y mi esperanza.
Ayúdame por amor de JESUCRISTO; extiende tu mano a una miserable criatura caída que se encomienda a ti y que se consagra para siempre a tu servicio. Bendigo y doy gracias a DIOS omnipotente, que en su misericordia me ha dado esta confianza en ti, que considero prenda de mi eterna salvación.
Es verdad que en el pasado he caído miserablemente en el pecado porque no recurrí a ti. Sé que, con tu ayuda, venceré. Sé también que me asistirás si me encomiendo a ti; pero temo que, en el tiempo del peligro, descuide invocarte y así pierda mi alma.
Esta gracia, pues, te pido y suplico con todo el fervor de mi alma: que en todos los asaltos del infierno tenga siempre recurso a ti. Oh MARÍA, ayúdame. Oh Madre del Perpetuo Socorro, no permitas jamás que pierda a mi DIOS.
II
Oh Madre del Perpetuo Socorro, haz que invoque siempre tu santísimo nombre, que es defensa de los vivos y salvación de los moribundos. Oh purísima MARÍA, oh dulcísima MARÍA, que tu nombre esté siempre en mis labios.
No tardes, oh bienaventurada Señora, en socorrerme siempre que te invoque; pues en todas mis tentaciones y necesidades no cesaré de llamarte, repitiendo sin cesar tu santo nombre: ¡MARÍA, MARÍA!
¡Oh qué consuelo, qué dulzura, qué confianza y qué emoción inundan mi alma cuando pronuncio tu santo nombre o incluso sólo pienso en ti! Doy gracias al SEÑOR por haberte dado, para mi bien, un nombre tan dulce, tan poderoso y tan hermoso.
Pero no me contentaré sólo con pronunciar tu nombre: haz que mi amor a ti me impulse siempre a saludarte como Madre del Perpetuo Socorro.
III
Oh Madre del Perpetuo Socorro, tú eres la dispensadora de todos los dones que DIOS concede a nosotros, miserables pecadores; y para este fin te ha hecho tan poderosa, tan rica y tan bondadosa, para que nos socorras en nuestra miseria.
Tú eres abogada de los más desgraciados y abandonados pecadores que recurren a ti: ven en mi ayuda; me encomiendo a ti. En tus manos pongo mi eterna salvación y a ti confío mi alma. Cuéntame entre tus más devotos siervos; tómame bajo tu protección, y me basta.
Porque si tú me proteges, nada temo: ni mis pecados, porque obtendrás para mí su perdón; ni los demonios, porque eres más poderosa que todo el infierno junto; ni siquiera a JESÚS, mi Juez, porque con una sola de tus oraciones será aplacado.
Pero una cosa temo: que en la hora de la tentación, por negligencia, deje de recurrir a ti y así perezca miserablemente. Alcánzame, pues, el perdón de mis pecados, el amor a JESÚS, la perseverancia final y la gracia de recurrir siempre a ti, oh Madre del Perpetuo Socorro.
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