Un billete de Banco


san jose

A últimos de agosto de 1863 escribían desde el noviciado de la Compañía de Jesús en Angers el hecho siguiente, a gloria de San José:

El 6 de este mes una religiosa de esta ciudad recibió de otra persona el encargo de ir al Banco de Francia, donde tenía cuenta abierta, y traerle un billete de quinientos francos. Fue la religiosa recadera a dicho establecimiento, recibió el billete, y después de haber hecho otras diligencias, volvíase a su casa.

Mas ¡oh desgracia! A los pocos minutos de emprendida la vuelta notó que había perdido el billete. Al momento retrocedió, desanduvo lo andado y examinó con diligencia y ansiedad el camino recorrido; pero todo en vano.

Desconfiaba ya hallar el papel por haberlo perdido en la plaza donde estaba el Banco, y precisamente en día de mercado.

Desolada se hallaba la pobre religiosa, porque perteneciendo el dinero a una persona extraña a la comunidad no sabía cómo arreglar el negocio, ¿Qué hacer en tales amarguras? Advierte que allí cerca se levantaba la iglesia de la Archicofradía Josefina, y fuese instintivamente a postrar a los pies del Santo Patriarca en busca de consejo y de consuelo.

Efectivamente; acabó su fervorosa oración más animada y aun con alguna confianza de recobrar lo perdido. Volvió a su convento, bien que con semblante triste y pensativo.

Al ir a entrar en la portería llegaron al mismo tiempo un caballero y una señora. Esta, notando en la Hermana cierta expresión de pena y melancolía, le preguntó:

— Dígame, buena Hermana, ¿le pasa a usted algo? Se me figura que está usted triste y tiene algún contratiempo.

Contóles la religiosa sencillamente su infortunio y los apuros en que se encontraba.

— ¿Encomendóse usted a Dios?, le dijo la señora con acento afectuoso.

— ¡Oh!, sí, contestó la Hermana, y espero que San José, a quien rogué con toda mi alma, no desoirá mi súplica.

— Tiene usted razón; no ha rogado usted inútilmente, exclamó la señora; y mientras la Hermana la miraba con ansiosa expectación, aquélla sacó su cartera, y tomando con agradable sonrisa, como quien va a hacer una buena obra, el billete de quinientos francos, se lo entregó diciendo: — Ahí tiene usted su papel perdido.

Cuán grata fue la sorpresa de la religiosa, mejor se puede pensar que decir. Al instante prorrumpió en acción de gracias al Santo Patriarca y a los señores que habían sido instrumento de sus misericordias.

Y deseosa de saber dónde había sido el hallazgo, la buena señora se lo contó en estos términos:

— Pasando con mi esposo por la plaza del Mercado vi en el suelo un papel, que sentí ganas de recoger, sin saber lo que era. Mi marido, al notar mi acción, me dijo que lo dejara y siguiera adelante, creyendo que no era de importancia; mas yo advertí al momento que era un billete de Banco, y lo recogí.

¡Aquí fueron mis apuros! ¿Cómo encontrar al dueño en medio de aquel tropel de gente que llenaba la plaza? Ocurrióseme por de pronto ir a preguntar a mi banquero, por si acaso de su respuesta podía rastrear quién fuese el dueño del billete; pero el banquero me dijo que en toda la mañana no había librado ninguno. Disuadióme que fuese a inquirirlo en otras casas. Mas viendo él que yo insistía en continuar mis averiguaciones, me indicó que, si tanto me empeñaba, podía ir a preguntarlo al Banco de Francia. Seguí su consejo, y supe en dicho establecimiento que allí no se había girado en toda la mañana sino un billete de quinientos francos a cuenta de una señora que vive en su convento de ustedes. Con este dato, sin duda por inspiración de San José, tomé, junto con mi esposo, el camino de esta casa, disponiendo el Santo que para consuelo de usted llegáramos todos a un mismo tiempo a la portería.

Este sencillo relato redobló la admiración y reconocimiento de la religiosa, la cual, después de haber dado gracias al caballero y a la señora, se despidió cortésmente de ellos, bendiciendo a San José por gracia tan providencial y admirable.

Proyecto Emaús