Celebra hoy la Iglesia, la preparación para la fiesta de mañana. Se hace hoy la conmemoración de San Eusebio confesor, al cual por defender la fe católica, tuvieron encerrado en un aposento de su casa 7 meses que gastó orando hasta que murió en el Señor.
Refieren Cedreno, Nicéforo y Metafraste que el Señor mandó al arcángel san Gabriel, el mismo que le trajo el anuncio de ser la mujer bendita elegida para Madre de Dios, el cual le dijo: “Señora y reina mía, Dios ha escuchado tus santos deseos y me manda decirte que pronto vas a dejar la tierra porque quiere tenerte consigo en el paraíso. Ven a tomar posesión de tu reino, que yo y todos aquellos santos bienaventurados te esperamos y deseamos tenerte allí”.
Ante semejante embajada, ¿qué otra cosa iba a hacer la Virgen santísima sino replegarse al centro de su profunda humildad y responder con las mismas palabras que le dijo cuando le anunció la divina maternidad: “He aquí la esclava del Señor”? Él, por su sola bondad, me eligió y me hizo su madre; ahora me llama al paraíso. Yo no merecía ninguno de los dos privilegios; pero ya que desea demostrar en mí su infinita liberalidad, aquí estoy pronta a ser llevada a donde él quiere. “He aquí la esclava del Señor. Que se cumpla en mí siempre la voluntad de mi Señor”.
Después de recibir aviso tan agradable, se lo comunicó a san Juan. Podemos imaginarnos con cuánto dolor y ternura escuchó aquella nueva el que durante tantos años la había cuidado como hijo y había disfrutado de su trato celestial. Visitaría de nuevo los santos lugares, despidiéndose de ellos emocionada, especialmente del calvario donde su amado Hijo dejó la vida. Y después, en su humilde casa, se dispuso a esperar su dichoso tránsito.
En este tiempo venían los ángeles en sucesivas embajadas a saludar a su reina, consolándose porque pronto la iban a ver coronada en el cielo.
El hecho, dentro de su maravilla, encierra una lógica tan evidente que la inteligencia, siempre absorta ante los milagros, concibe éste sin esfuerzo alguno. La que nació sin mancha, fue madre sin dejar de ser virgen y amamantó al Salvador, no podía confundir su destino con el del resto de los mortales…
Si Ella trajo a Dios a la tierra, es natural que Dios se la llevara al Cielo. Si todo fue milagroso en su vida, el milagro debió repetirse en su salida de esta tierra. Si vino al mundo sin pasar por el estigma del pecado, no es extraño que saliese del mundo sin seguir la suerte de los pecadores.
Dios quiso transportar su Cuerpo a los Cielos, para que allí disfrutara enseguida de la inmarcesible gloria que le correspondía, como Hija del Padre, Madre del Verbo, Esposa del Espíritu Santo y Reina de los Ángeles.
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