Es así como las Sagradas Escrituras advierten a quienes se opongan al reinado de Cristo.
«Y en cuanto a esos mis enemigos, que no quisieron que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y degolladlos delante de mí.»
El rechazar el Reino (reinado social de Cristo) lo hace a uno partícipe de la rebelión contra Dios de manera activa, lo que conlleva una consecuencia ontológica: la muerte espiritual y eterna condenación. Advierte además el Señor, que «El que no está conmigo, está contra mí, y el que conmigo no recoge, desparrama.» (Lucas 11:23). Es decir, que la indiferencia, tampoco supone -como muchos creen engañándose a si mismos- una posición neutral, que lo previene a uno de las consecuencias de tomar una posición definida. Esto más bien y por el contrario, lo pone a uno en Su contra, pues la advertencia es exclusiva: es del todo necesario estar con Él. Si no se está con Él, se está en Su contra.
San Juan Crisóstomo advierte en la Catena Aurea una referencia al juicio contra quienes rechazan la soberanía de Cristo y niegan Su señorío; y lo menciona además en el contexto de la lucha contra las herejías como la de los marcionitas, que intentaban separar la bondad de Cristo de la justicia divina, negando la unidad del Padre y del Hijo. Esto dice Él para mostrar cuál es el castigo de aquellos que rechazan Su Reino. Los enemigos que rechazan el reinado de Cristo son conducidos a la condenación eterna, como manifestación de la justicia absoluta de Dios y recordatorio de que la paciencia divina tiene un límite.
San Agustín de Hipona, citado por Santo Tomas en la Catena Aurea, lo interpreta dentro de su contexto matiz escatológico. La «matanza» es interpretada como la condenación eterna (la segunda muerte). El «delante de mí» subraya que el juicio es presencial y directo bajo la autoridad de Cristo Rey. San Agustín vincula esto con la soberanía total que Cristo ejercerá en su Segunda Venida. Señala además el santo y doctor de la Iglesia, que esto pertenece a la venganza («Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor» Epístola a los Romanos, capítulo 12, versículo 19) que se manifestará al fin de los tiempos sobre los impíos. Pues son matos ante la faz del Señor quienes son separados de la vista de Su gloria por la condenación eterna. Pues así como el siervo fiel es recompensado con el gozo de su Señor, así los rebeldes son entregados a la matanza total; para manifestar la justicia absoluta de la Majestad Divina contra aquellos que, habiendo visto Sus milagros, persistieron aún en su enemistad (Mateo 12:24).
San Gregorio Magno en su Homiliae in Evangelia, Homilía IX advierte que aquellos que no quisieron volver a la vida, con justicia son conducidos a la muerte. Son enemigos quienes, por soberbia, desprecian someter su cuello al imperio del Rey. Por ello se manda matarlos ante sus ojos, para que quienes no quisieron seguir Su gracia mientras vivían, sientan Su poder al morir.
El contexto es la transición de la Era de la Gracia a la Era del Juicio. La mención de «degollarlos» (interficite) es la confirmación de que la paciencia divina tiene un límite: la soberanía de Dios se reconoce o por amor (gracia) o por fuerza (juicio).
El Umbral del Juicio: Donde la Gracia se encuentra con la Justicia
La modernidad nos ha vendido la peligrosa ilusión de un Dios que es solo «buenismo», un Rey sin corona y un Juez sin balanza. Pero la Tradición, a través de las voces de San Juan Crisóstomo, San Agustín y San Gregorio Magno, rompe ese espejismo con una claridad aterradora. La paciencia de Dios si bien es cierto es como un océano, también, pues como todo océano, tiene una orilla: el número de pecados que perdona y el momento de la muerte.
Si hoy la Iglesia parece haber cambiado el «Soli Deo Gloria» por el honor a las conquistas humanas, el fiel católico debe recordar que los dogmas no tienen fecha de caducidad. Aquel que «por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo», volverá no ya para ser escupido, burlado y juzgado, sino para juzgar.
La advertencia de Lucas 11:23 resuena hoy más fuerte que nunca: quien no recoge con Él, desparrama. No hay terreno neutral. O somos súbditos de la Gracia, o somos reos del Juicio. Al final, ante el trono del Rey de los Siglos, indefectiblemente, toda rodilla se ha de doblar: algunas, aquellas que no se doblegaron frente al mundo, lo harán ahora, pero rendidas frente al gozo de la salvación eterna. Otras, sin embargo, lo harán al reconocer tarde el peso insoportable y terrible de Su gloria, misma que han perdido por toda la eternidad.
Elegid hoy a quién servir, pues el tiempo de la paciencia se agota y el Rey ya está a la puerta.
